Estimado señor Duarte:
Me causa alguna perplejidad que, cuatro meses después de la polémica con Nicolás Morales, usted decida revisar lo que dijimos y extraiga unas conclusiones verdaderamente asombrosas. Sin duda que en el cruce de correos Nicolás y yo manifestamos un punto de vista casi opuesto, y que él me lanzó algunas pullas y yo hice lo mismo. En su carta, por ejemplo, Nicolás lamentaba con el corazón roto que me hubiera convertido “en parte civil de un grupo de funcionarios y de algunos pautantes”, es decir, la medio pendejadita de que yo le hacía reparos no porque tuviera objeciones a su columna en Arcadia, sino porque buscaba granjearme el favor de algunas instituciones culturales. Por supuesto, es una afirmación gruesísima que ameritaría el respaldo de una prueba. No obstante, como la nuestra era una discusión entre pares, y como el sarcasmo es parte ineludible de las discusiones, ni se me ocurrió que allí hubiera algo digno del Código Penal. Desde el principio, en la breve nota que abrió el debate, advertí expresamente que no me interesaba promover “ni lapidaciones ni condenas”. Fiel a ese dictum, le aplaudí a Nicolás la gracia y lo insté a que, en vez de soltar frases subidas de tono, se concentrara en defender sus ideas. Hubiera traicionado el espíritu de esta revista –y en un sentido más amplio, el espíritu de los debates intelectuales– si me hubiera tomado a pecho su afirmación, amenazándolo con la espada de la injuria y la calumnia en caso de que no demostrara a qué funcionarios y a qué compañías estaba yo supuestamente favoreciendo.
Pues bien: eso es lo que usted me pide o, para llamar a las cosas por su nombre, lo que me pide la directora de Arcadia: retractarme por haber deslizado un par de ironías en la querella con Nicolás Morales. Dicho de otro modo, ustedes quieren llevar al terreno del derecho lo que siempre fue una discusión en el campo de la literatura.
Como no espero que los lectores conserven memoria del asunto, permítame repasar brevemente los hechos. El artículo al cual me refiero en el pasaje que usted cita es “¿Diplomacia para escritores?” y fue el tema central del número 3 de Arcadia. Bajo una gran foto, se podía leer en la cubierta de la revista un título de intención polémica:
“Santiago Gamboa aceptó representar a colombia ante la UNESCO. ¿Deben los escritores trabajar para un gobierno?”.
Adentro, Nicolás Ordóñez, un joven egresado de la Universidad de los Andes, intentaba absolver la cuestión entrevistando a siete autores colombianos y a dos españoles. El artículo no era precisamente concluyente; daba vueltas en la fronda de opiniones y de pronto, sin que viniera a cuento, soltaba que había casos admirables de escritores-diplomáticos, como Pablo Neruda, y casos lamentables como el de David Sánchez Juliao, “quien tuvo la casa por cárcel tras haber malversado fondos estatales en la India, mientras ejercía el cargo de embajador”.
Esas veinte palabras desataron todo el caos. Al enterarse, el autor costeño no solo llamó por teléfono a la directora de Arcadia, sino que envió una carta solicitando rectificar esa información. La directora lo invitó a un almuerzo, presentó disculpas y se comprometió a corregir el desliz en un siguiente número, cosa que efectivamente se hizo tres meses más tarde, en la edición número 6.
Por la época de estos hechos, aquí en El Malpensante quisimos hacer una nota sobre el episodio. Yo contacté a Sánchez Juliao y, entre otras cosas, le pregunté por qué, si Arcadia había aceptado el error, insistía en presentar una demanda. Su respuesta no fue muy directa; se limitó a decirme que la revista no le había cumplido con lo pactado –según él, la rectificación era inaceptable no solo por equívoca sino porque había sido presentada casi escondida en la revista y en un cuerpo tipográfico apenas legible–. En consecuencia –me dijo– la defensa de su buen nombre “lo obligaba a ir a los tribunales”.
Por economía, por elegancia de estilo, en el lenguaje suele ser común lo que técnicamente se llama “metonimia”, es decir, tomar la parte por el todo. Cuando uno dice “fumarse una pipa” es obvio que se refiere a fumar la picadura, no el objeto en que está contenida. Algo análogo le diría de mi frase. Cuando escribí: “El asunto desembocó en una demanda en contra de la revista”, estaba al tanto de que Sánchez Juliao había puesto la querella contra Nicolás Ordóñez, no contra Arcadia. Sin embargo, como se trataba de ser breve y como el párrafo en cuestión solo quería ejemplificar un caso desafortunado sin entrar en mayores detalles, opté por ese recurso metonímico. Me admira que usted lea de manera literal, abstrayendo el contexto, un giro estilístico tan común que no solo figura en la mayoría de los manuales de estilo, sino que se utiliza con notable frecuencia en casi todas las publicaciones del Grupo Semana.
Pero hay más. Al escribir la frase yo asumía implícitamente que una publicación es inseparable de su contenido. Es tan así que en las fajillas de los libros o en la conversación cotidiana el nombre del medio usualmente usurpa el de los autores. “El Tiempo dice que...”, “Número criticó a...” son frases que pueden oírse a menudo. Esa identificación llega a tal punto que Milagros Pérez Oliva, la defensora del lector en el periódico El País, siempre dice “cometimos este error”, aunque, naturalmente, ella no sea responsable de ninguno de los desaguisados. Mi frase iba exactamente en esa dirección. Usted sabe que la directora de Arcadia escogió el tema del artículo, se lo encargó a Nicolás Ordóñez, lo editó personalmente y luego decidió ponerlo como nota central en la tapa de la revista. Más aún, supongo que ella misma (porque esas cuestiones son delicadas) redactó las breves líneas rectificatorias publicadas en el número 6. ¿Me dirá que esto se transforma en “calumnia” cuando yo digo que la revista fue demandada por David Sánchez Juliao?
No ignoro que usted habla como abogado y que presenta un argumento de cara a los tribunales. Pero también esperaría que entendiera que yo hablo como un intelectual y que mis palabras no pretendían señalar una culpabilidad jurídica, sino discutir la importancia de los controles y de la veracidad en la información periodística. En otras palabras: qué papel nos corresponde a los editores en tan compleja tarea.
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