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Breviario: Una crisis de fe
Edición N° 38

N° 38

Mayo 1 A Junio 15 de 2002[ ver índice ]

Imagínense un cura que lleva quince años diciendo misa, echándose sus sermones, bendiciendo, confesando, y que un domingo por la mañana se despierta y siente que no cree en nada, que toda su vida ha sido una mentira, una farsa. Le reza a ese Señor o a esa Virgen a quienes les ha rezado desde niño y le parece que rezar es una pantomima, que está repitiendo de memoria un papel menor en una comedia imaginaria. El misterio de la Santísima Trinidad no le parece ni siquiera un misterio, le parece una bobada, y de repente no cree tampoco ni en los milagros ni en la vida eterna ni en la resurrección de la carne. Imagínense, pues, un cura que se vuelve ateo de la noche a la mañana, y para el que Jesús es tan Dios como Júpiter o Quetzalcoatl.

Pues eso mismo he sentido yo últimamente con relación a la literatura, una religión a la que le he dedicado 25 años de lectura permanente, 15 años de escritura pertinaz, una carrera, una tesis, talleres, babas, discusiones, mesas redondas, congresos, todas las misas concelebradas y las pedanterías que giran alrededor de la literatura. Todo eso y de repente me doy cuenta de que semejante montaje es más o menos una farsa, y sobre todo que alrededor de los sumos sacerdotes de la literatura —vivos y muertos— se ha montado una gran mentira, se han erigido unos pedestales ridículos, una enorme operación de marketing como la que se haría con cualquier queso o con cualquier mermelada.

Mis padres eran personas de poca fe; para ellos las novelas eran unas bobadas y bobos los que perdían el tiempo leyendo novelas. Como ustedes saben la adolescencia consiste en llevarles la contraria a los padres y a mí la adolescencia me duró hasta antier, pero ahora estoy dispuesto a apoyar lo que decían ellos. Creo que la literatura es una actividad menor y para cerebros no particularmente agudos. Se le da una importancia excesiva y los escritores tienen un prestigio injustificado (que sin embargo siempre les parece poco). Por lo menos algunos. En realidad la mayoría de los escritores están medio jodidos, y les toca vegetar en los periódicos, en las notarías o en las editoriales. Algún día voy a hacer una tipología de los escritores que va a sonar más o menos así:

Hay “escritores muertos-de-hambre”, que viven medio borrachos y tienen en la cabeza varias obras maestras; hay “escritores pavosreales”, que se pasean mostrando las plumas por los vestíbulos de los hoteles de quince estrellas y viajan despatarrados en sillas de primera clase; hay “escritores cursis”, que son la mayoría; y hay “escritores que no escriben”. Entre estas categorías (los muertos-de-hambre, los pavos, los cursis y los que no escriben) ¿cuál es la que mejor me sienta? Voy a introducir otra categoría, la de “los camaleones”, que son los escritores que se acomodan, que se mimetizan con el ambiente en el que están, y a veces son cursis, a veces pavos, a veces muertos-de-hambre y a veces se hacen los que están pasando por una terrible crisis de incapacidad creativa.

Pero todo esto no son más que estrategias que tienen los escritores para llamar la atención y para intentar que los tomen en serio. Porque en el fondo los escritores saben, y los profesores de literatura saben, y los críticos saben, y ustedes saben, que la literatura no es otra cosa que un juguete al que se le subieron los humos. Una novela consiste en algo tan fácil como hablar y contar algo y todos ustedes habrán visto que hasta los niños y los anormales y los bobos y los fronterizos hablan y cuentan cosas. Los escritores son bobos con prestigio que no le han hecho ningún aporte importante a la humanidad. Se dan muchos aires y miran por encima del hombro y conceden entrevistas en las que opinan sobre todo lo divino y lo humano (sobre el aborto, sobre la clonación, sobre la democracia, sobre el liberalismo, sobre el neoliberalismo, sobre Aznar, sobre Chechenia, sobre el psicoanálisis, sobre el agua en el mundo, sobre el clítoris de las mujeres de Somalia, sobre las ballenas del Pacífico, sobre el agujero de ozono, sobre internet, sobre la inteligencia artificial). El mundo del arte está lleno de pavos reales y de impostores, pero yo no he visto impostores más grandes que los escritores, porque como hablan más o menos bien y escriben más o menos bien, entonces no los para nadie.

Claro que toda esta impostura no es denunciada por los profesores, porque hay una cantidad de gente que vive de esta mentira, empezando por los mismos profesores de literatura. Es así como los expertos en los saberes del gremio custodian celosamente un secreto: que la literatura es una actividad menor y sin mucha importancia. Esto es verdad, pero no se puede decir, así como el curita ateo de Unamuno no les decía a sus feligreses que no creía en Dios porque a la gente hay que conservarle sus ilusiones. Ni los profesores ni los críticos ni los editores (esas categorías profesionales que viven de chuparles la sangre a los escritores vivos o muertos) pueden denunciar esta impostura porque si lo dijeran ellos, que son los expertos, entonces habría que creerles y los políticos les cerrarían las facultades donde trabajan, las bibliotecas de las que viven, les quitarían los fondos para sus viajes y sus congresos, cancelarían las partidas para los hoteles de todo el mundo por donde se pasean inventando grandes palabras, cometiendo adulterio y envolviendo en conceptos complejísimos ideas elementales. Por cada escritor muerto de hambre de la historia de la literatura hay por lo menos cien profesores de literatura en todo el mundo que reciben un sueldo, van a congresos, escriben ponencias, cometen adulterio, reciben viáticos y al fin se retiran con una jugosa jubilación, y todo por hablar y hablar de un escritor que se murió de hambre, alcoholizado e ignorado por todo el mundo por el simple hecho de que tenía los zapatos rotos, olía mal y decía mentiras.

Los escritores pavosreales y los profesores de literatura y los críticos literarios se pasean por todos los cafés y los aeropuertos y los hoteles del mundo diciendo ridiculeces, pontificando y hablando como libros. No hacen más que competir a ver quién se sabe listas más largas de obras y de escritores, y citas y más citas que más o menos vienen a cuento. Les parece que son muy importantes porque te recitan todos los nombres y todos los títulos de los autores de la vieja Austria, cada una comentada con un apunte ingenioso, pero en realidad esta habilidad (que tiene y que da tanto prestigio) no es más ardua intelectualmente ni más compleja que la de saberse de memoria los nombres de los jugadores de fútbol y recordar sus mejores jugadas, la estrategia del entrenador en el campo, y no es más meritoria que repetir de corrido y sin respirar los resultados de todos los partidos del campeonato de liga o los campeones de todos los mundiales de fútbol. Esa memoria exhaustiva de nombres y de temas y de personajes y de técnicas, esa retahíla de títulos y analogías y referencias es tan sólo otra manifestación de la manía humana por el coleccionismo, nada más.

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