Por ejemplo, habiendo ordenado lomo contra lomo libros de Marguerite Duras y de Jean Dutourd, he constatado numerosas veces sobre la fila un desbarajuste alfabético, habiéndose escapado los volúmenes y deslizado en medio de libros de Duby, de Duhamel, de Dumézil, de Dumas, etc. Y fue Troya cuando, después de haberse probablemente peleado, dos obras beligerantes cayeron de la biblioteca. He rehecho el orden intercalando La representación, de Dûrrenmatt y el Cuarteto de Alejandría, de Durrell, entre los Duras y los Dutourd. Mi consejo: si usted no tiene ni a Dûrrenmatt ni a Durrell para separar a Duras y a Dutourd, no dude en llamar al buen Alejandro Dumas, simpático a todo el mundo. Sí, seguro, el alfabeto no pone a Dumas aquí, pero si queremos la paz en la literatura, es necesario saber acomodarse con las letras.
Es patente que libros que no han sido ni prestados ni robados desaparecen de las bibliotecas y abandonan por sus propios medios el apartamento o la casa en los que habitan. Esas fugas, bastante raras, que prueban, si todavía es necesario, la autonomía de movimiento de los libros son debidas bien sea a violentas querellas de vecindad –no puedo más, me largo–, bien sea a humillaciones insoportables. Un libro puede sentirse humillado si nadie lo abre nunca, si ha sido relegado sobre un anaquel inaccesible donde la mirada de su propietario-lector no lo ha desflorado desde varios años atrás, si el polvo se acumula sobre él...
El Proceso verbal, de J. M. G. Le Clézio, ejemplar dedicado, ha desaparecido de mi casa. Ha huido. Sin una palabra de explicación. A menudo consentido, bien acomodado en mi biblioteca, estaba colocado entre una novela de Guy Le Clec’h y los poemas de Leconte de Lisle, vecinos agradables, sin historia. ¿Entonces? Primera novela de Le Clézio, premio Renaudot en 1963, El Proceso verbal no ha soportado, en mi opinión, ser suplantado en mi afecto por Desierto, su hermano diecisiete años más joven, del que he proclamado las bellezas y dicho que era el mejor libro del escritor de Niza, y que he colocado en sus cercanías, en los cuarenta centímetros de libros de Le Clézio. Celoso, decepcionado, El Proceso verbal me ha dejado, ha partido...
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