Estamos en Cartagena a finales de enero de 2012. La ciudad no ha acabado de despedir a las hordas de turistas europeos y cachacos que un par de semanas atrás invadieron las playas, bailaron en las plazas y dejaron recuerdos de su paso por la Ciudad Heroica en murallas, plazas y esquinas. Muchos siguen dando vueltas y tumbos por la ciudad amurallada y otros tantos se han sumado con un afortunado pretexto: la sexta versión del Hay Festival apenas comienza.
Mientras trata de mantener una sonrisa, en medio del corre-corre habitual que la organización de un evento de estas dimensiones implica, la directora del Festival, Cristina Fuentes La Roche, recibe una sorprendente noticia: su padre, a quien ella supone a un océano de distancia, está ahí, en Cartagena, y está preguntando insistentemente por ella.
Le urgen ir al hotel a encontrarse con él. Un par de minutos después descubre, con risa y con alivio, que ese a quien todos identifican como su progenitor es en realidad el escritor mexicano Carlos Fuentes.
La anécdota no pasaría de ser un incidente más entre los muchos de un festival de literatura. Sin embargo, es importante porque revela de un modo extraordinario la mentalidad de cientos de colombianos: para nosotros, una persona dirige un evento de importancia no porque sea capaz y extremadamente eficiente, sino porque es el hijo, o la hija, de alguien. Cristina Fuentes está a cargo del Hay no porque sea una extraordinaria gestora, sino porque su papá es uno de los grandes novelistas del boom latinoamericano.
Debería darnos vergüenza.
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