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Contra el pensamiento complejo

A propósito de la visita del filósofo Edgar Morin a Colombia nos pareció importante darle a nuestros lectores un antídoto contra esta oleada de pensamiento complejo. Este artículo se publicó en nuestra edición número 80.  
Contra el pensamiento complejo
Edición N° 99

N° 99

Julio de 2009[ ver índice ]

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Finalmente, tenemos el cuarto componente del “paradigma simplificador de Occidente”, a saber: la lógica de la disyunción. Esta supuesta lógica funciona de varias maneras. Por un lado, es un razonamiento que divide la realidad en categorías excluyentes. Por otra parte, es la lógica que está implícita, según Morin, en la actual hiperespecialización de las disciplinas, la cual tiene como consecuencia una “compartimentalización de los saberes”, que impide que la gente, o por lo menos los científicos, pueda captar la globalidad de la realidad, los vínculos, los entrecruzamientos entre un saber y otro. Morin propone como remedio su idea de pensamiento complejo, un pensamiento que establece relaciones, vínculos, que pone el conocimiento en contexto, que reconoce la “multidimensionalidad” del hombre y de la naturaleza (esta forma de hablar se le va pegando a uno). Dice:

 
El ser humano es a la vez físico, biológico, psíquico, cultural, social, histórico. Es esta unidad compleja de la naturaleza humana la que está completamente desintegrada en la educación a través de las disciplinas y que imposibilita aprender lo que significa ser humano. Hay que restaurarla de tal manera que cada uno desde donde esté tome conocimiento y conciencia al mismo tiempo de su identidad compleja y de su identidad común a todos los demás humanos (Siete saberes).
 
Una sugerencia curiosa de Morin es que incluso la falta de solidaridad es una consecuencia de la especialización académica: “El debilitamiento de la percepción de lo global conduce al debilitamiento de la responsabilidad (cada uno tiende a responsabilizarse solamente de su tarea especializada) y al debilitamiento de la solidaridad (ya nadie siente vínculos con sus conciudadanos)” (Siete saberes).
 
 
En este punto hay que advertir varias cosas. En primer lugar, está el gusto de Morin por la combinación de ideas triviales y afirmaciones apresuradas. Por ejemplo, la idea expresada en la primera de las dos citas anteriores, según la cual el ser humano es a la vez físico, psíquico, biológico, etc., parece una perogrullada. ¿Realmente algún pensador del “paradigma simplificador” habría negado eso? En segundo lugar, la idea de la segunda cita es una tontería patente. ¿No conoce Morin especialistas que sean a la vez personas responsables? ¿Tampoco conoce especialistas compasivos y solidarios? Quizás le haga falta conocer un poco mejor a la gente. Claro, esto lo dice un simplificador-identitario-reduccionista.
 
De todas formas, la queja de Morin por los efectos nocivos de la hiperespecialización apunta en la dirección correcta. Es indeseable que, incluso dentro de una misma disciplina como la filosofía o la sociología, haya personas incapaces de comunicarse con el resto de su disciplina, y ya no digamos con el resto de la cultura. Pero eso no es un defecto del paradigma simplificador cartesiano, sino de la gente. De hecho, si ha habido personas capaces de abarcar un amplio conjunto de conocimientos, son precisamente figuras como Aristóteles, Descartes, Leibniz, Kant o Bertrand Russell, representantes notables del paradigma que Morin pretende desacreditar. Así que, nuevamente, Morin busca hacer una revolución allí donde el propio rey ha abandonado el trono. ¿Qué queda entonces? Sus propuestas para la educación del futuro. Aquí, otra vez, el tono es exaltado. Basta considerar el título: “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”. Vale la pena anotar que, aunque los pensadores complejos no se cansan de advertirnos que el futuro es incierto, impredecible, y que no puede haber un pensamiento que logre determinar con exactitud lo que va a pasar y los problemas a los que nos vamos a enfrentar, Morin nos dice en un tono bastante confiado cuáles son las claves para la educación del futuro. Veamos algunas de sus propuestas.
 
Al comienzo afirma que “es muy diciente el hecho de que la educación, que es la que tiende a comunicar los conocimientos, permanezca ciega ante lo que es el conocimiento humano, sus disposiciones, sus imperfecciones, sus dificultades, sus tendencias tanto al error como a la ilusión y no se preocupe en absoluto por hacer conocer lo que es conocer” (Siete saberes). En conclusión, propone que “La educación debe mostrar que no hay conocimiento que no esté, en algún grado, amenazado por el error y por la ilusión”. Es curioso que esta propuesta venga de alguien que está criticando lo que él mismo denomina “el ‘gran paradigma de Occidente’ formulado por Descartes”, ya que fueron Descartes y los filósofos modernos quienes hicieron más énfasis en la necesidad de identificar los obstáculos que nos impiden pensar con claridad y alcanzar el conocimiento. Precisamente la idea cartesiana y moderna de un método busca ofrecer una forma general y eficiente de percibir el error y la ilusión.
 
Adicionalmente, Morin y sus seguidores hacen énfasis en la importancia de la incertidumbre; en que por avanzado que esté el conocimiento científico, siempre queda un amplio espectro de dudas y confusiones; en que la ciencia no nos da un conocimiento absoluto de la realidad; etcétera. En consonancia con esto, Morin dice: “Las ciencias nos han hecho adquirir muchas certezas, pero de la misma manera nos han revelado, en el siglo XX, innumerables campos de incertidumbre. La educación debería comprender la enseñanza de las incertidumbres”. ¿Hace falta recordar que Morin nos está anunciando el descubrimiento de América, sólo que con unos pocos siglos de retraso? Y así siguen las propuestas “para la educación del futuro”. El propio Morin resume muy bien la esencia de sus planteamientos cuando dice:
 
La verdadera racionalidad, abierta por naturaleza, dialoga con una realidad que se le resiste. Ella opera un ir y venir incesante entre la instancia lógica y la instancia empírica; es el fruto del debate argumentado de las ideas y no la propiedad de un sistema de ideas [...] La racionalidad debe reconocer el lado del afecto, del amor, del arrepentimiento. La verdadera racionalidad conoce los límites de la lógica, del determinismo, del mecanicismo; sabe que la mente humana no podría ser omnisciente [...] Se reconoce la verdadera racionalidad por la capacidad de reconocer sus insuficiencias (Siete saberes).
 
No puedo imaginarme un listado de buenas intenciones más trivial y mal escrito.

 

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