Alan Turing fue el precursor indiscutido de la informática. No solo por eso vale la pena celebrar sus cien años de nacimiento.
En la pasada columna, defendí la figura de la vicepresidencia pero de una manera digamos festiva, con tan mala pata que, un par de semanas antes de que se publicara, Angelino Garzón enfermó gravemente y estuvo a punto de morir. No se trató pues de una irreverencia de pésimo gusto, sino de una coincidencia lamentable. Entiendo que el vice aún no se ha recuperado del todo, lo que deploro de veras. Espero poder aplaudir pronto su pleno regreso a las canchas.
Dedicaré en contraste esta columna a una figura del pasado, no para curarme en salud, sino para contribuir con mi proverbial granito de arena a lo que creo constituye una gran conmemoración: el centenario del nacimiento de Alan Turing, el británico –aunque de identidad escocesa y en realidad nacido en la India– que contribuyó decisivamente a establecer al menos tres áreas de investigación: la ciencia de la computación, la criptografía y la inteligencia artificial. Las tres tienen en común las siguientes características. Primero, mantienen intacto todo su dinamismo. Segundo, algunas de sus más apasionantes preguntas de investigación permanecen abiertas. Tercero, han transformado tanto nuestra vida cotidiana que esta es inconcebible sin lo que ellas nos han aportado. De pronto la inteligencia artificial siga siendo la excepción...No la criptografía, ciertamente, cuyo nombre de hobby abstracto e inútil sirve de tapadera a un conjunto de herramientas sin las cuales montones de cosas que tomamos por dadas –comenzando por internet– no podrían funcionar.
La trayectoria vital de Turing es relativamente bien conocida. Gozó de talento precoz, y en 1936 escribió ya un artículo de gran importancia sobre las proposiciones indecidibles. Durante la Segunda Guerra Mundial aplicó sus conocimientos y su talento a romper el código por medio del cual la Alemania nazi transmitía sus informaciones internas. Después volvió a actividades académicas más tranquilas y rutinarias. Sin embargo, cuando su homosexualidad quedó más o menos al descubierto, su vida se rompió en pedazos. En ese entonces, ser homosexual era un delito en la Gran Bretaña, y sus contribuciones durante la guerra no le sirvieron a Turing para que alguna autoridad piadosa decidiera mirar para otro lado (por entonces era simplemente inconcebible que se pensara en cambiar la absurda legislación vigente. Era el oscuro mundo de antes de los Beatles...). Aparentemente se suicidó en 1954, a los 42 años, una edad a la que muchos de nosotros estamos decidiendo qué hacer con lo que nos resta de vida. Aparte de un trágico fin causado por una intolerancia estúpida, el que se permitiera las inofensivas excentricidades que se supone hacen parte necesariamente de la personalidad de un profesor distraído, y el que además de ser brillante científico destacara en el deporte (era un fondista de primera), han hecho que su vida termine llamando mucho más la atención que su obra. Me imagino que hay todavía un factor ulterior, como son las barreras a la entrada que implican el carácter abstracto y técnico de esta.
Pero esta, la obra, es todavía más interesante que la biografía. Turing imaginó un dispositivo abstracto de cómputo –la llamada máquina de Turing– que es el padre del computador moderno. En este caso, se ha cumplido plenamente la prescripción de nuestro Indio Uribe, según la cual son las ideas las que cambian el mundo; los ingenieros y las gentes prácticas vienen después. Junto con otros gigantes, como Gödel, encontró que hay límites al conocimiento humano. Lo vio muy bien desde su propio ángulo: hay conjuntos de instrucciones –algoritmos– sobre los que no podemos decidir si alguna vez se detendrán o no. Sin embargo, de todas sus obsesiones la que más me atrae es la pregunta por la inteligencia. Pues de alguna manera Turing fue a la inteligencia lo que Ahab a Moby Dick. Su punto de partida es muy simple: ¿en qué consiste la especificidad de la inteligencia humana? Como muchas cosas que en principio parecen obvias, esta resulta difícil de aprehender. Típicamente, Turing la resolvió con una puesta en escena que ha venido a conocerse como el test de Turing. Consiste en lo siguiente. Un juez humano establece una conversación a ciegas con dos entidades. Digamos que el juez y cada una de las entidades están en sendos cuartos, y se comunican a través de un dispositivo que transmite sus declaraciones por escrito (por tanto, no se oyen voces ni se ven caras, ni se tiene ninguna pista de ninguna clase sobre la naturaleza del interlocutor, salvo sus declaraciones). El juez interroga a cada una de ellas, pero no puede hacer preguntas directas sobre su identidad. Digamos que la conversación dura media hora. De las dos entidades, una es un humano, y otra es una máquina. La máquina pasa el test si el juez es incapaz de diferenciarla del interlocutor humano. Pasar es, según Turing, la definición de inteligencia.
Quien a mi juicio se acerca de manera más realista a cumplir el criterio es hal, el computador matón de esa fabulosa fantasía científica que es 2001: odisea del espacio. Ignoro si Kubrick tuviera algún conocimiento, así fuera de oídas, de la obra de Turing. Pero pareciera. Quien haya visto la película recordará que no son los poderes, sino las reacciones sobrecogedoramente humanas de hal las que asustan. Pasa el test, porque decide matar. De lo cual el lector proclive a la depresión podrá sacar todas las conclusiones que quiera. El hecho es que en la vida real estamos muy, muy lejos de cualquier prototipo que siquiera se acerque a lo que exige el test de Turing. La pregunta crucial de Turing sobre la naturaleza de la inteligencia –y nuestra capacidad para reproducirla– sigue tan abierta como cuando la formuló. Lo que permitiría plantearse la siguiente hipótesis: el tipo murió joven y de manera trágica, en medio de una terrible humillación, pero en compensación tuvo muy pocas oportunidades para aburrirse.
Y ese es otro motivo fundamental para celebrar su centenario.
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