Tras once años de tumbos y retumbos, Sonido Bestial, el documental sobre Ricardo Ray y Bobby Cruz, fue estrenado en noviembre de 2012 durante el Festival de Cine de Cali. Sandro Romero Rey (codirector de la película junto a Sylvia Vargas) repasa la aventura de este rodaje al lado de los reyes de la salsa.
Hay dos razones por las cuales uno hace un documental: la primera, para contar una historia que uno se sabe de memoria y quiere compartir. La segunda, para tratar de averiguar un secreto. En el caso de Sonido bestial, el largometraje que realizamos con Sylvia Vargas y que por fin verá la luz en el Festival Internacional de Cine de Cali, las razones fueron múltiples pero, de repente, uno no las pone sobre el tapete sino mucho después, quizás once años más tarde, cuando la película ya se encuentra en las latas. Sí. Las latas. Suena un tanto anacrónico que un documental del tercer mundo exista en 35 milímetros pero, cuando empezamos a gestar este proyecto, en el año 2001, el cine se hacía de una manera y la convivencia entre el celuloide y la imagen digital era la de un matrimonio que se miraba aún con desconfianza. Hoy, gracias a las altas definiciones del destino, podemos decir que la imagen proyectada es una sola y ese desprecio entre los formatos cada vez se borra más, hasta el punto de que uno se encuentra, en los créditos de muchas obras audiovisuales realizadas en video, este encabezamiento galante: “Una película de…”.
Sonido bestial, la película, es, a no dudarlo, producto de una pasión. Richie Ray y Bobby Cruz se convirtieron en leyenda en mi ciudad natal, Santiago de Cali, desde que aparecieron por primera vez en una caseta en las ferias navideñas de 1968. El mundo no volvió a ser el mismo y el pedestal fue rápidamente construido. Regresaron un año después y fue más que suficiente. La literatura local los convirtió en mitos incuestionables, gracias a los libros de Umberto Valverde y de Andrés Caicedo. Un afiche callejero suplicaba en la ciudad para que los músicos regresasen a Cali. Pero esto ya no sería posible porque Dios les habló desde 1974, y quienes fuesen los reyes absolutos de la música latina entre 1963 y 1973 terminarían convirtiéndose en pastores de sendas iglesias evangélicas hasta el día de hoy. ¿Qué pasó con ellos? Esa era una de las primeras respuestas que queríamos obtener a través del documental. Pero, ¿por qué a través del cine? ¿Por qué no un simple artículo, una reseña, un pequeño relato, incluso una novela al respecto? La respuesta se encuentra en la curiosidad que genera el poder de las imágenes. Con el rock, la nostalgia de lo que no vivimos nunca ha sido grande. Al contrario, quienes éramos unos niños en l’âge d’or de los Beatles, o en la prehistoria de los eternos Rolling Stones, siempre tendremos una compensación puesto que sus batallas musicales fueron lo suficientemente filmadas y, aún hoy por hoy, siguen apareciendo momentos inéditos, a todas luces fascinantes. Pero con la salsa o, mejor, con la música antillana, el asunto ha sido a otro precio. Y con Richie y Bobby mucho más.
Cuando nos pusimos de acuerdo con Sylvia Vargas para hacer un documental sobre los dos músicos que habían empalagado mi juventud, tenía mucha desconfianza. Porque guardaba quizás el caprichoso prejuicio de que los mitos, para que sean mitos, hay que mantenerlos lejanos. En la época de sus legendarias presentaciones decembrinas, yo era un niño. Y los vine a conocer mucho después, en 1978, gracias a mi madre. Estuvieron en mi casa, fuimos a comer juntos y me parecieron muy amables, pero demasiado celestiales. Estaban rodeados de pastores, había que rezar antes y después de cada acontecimiento, y sus discos, a pesar de que yo seguía comprándolos religiosamente, cada vez me interesaban menos. La noche en que los tuve frente a frente, a mi hermana le dio un ataque de risa, porque en esa época le producían cosquillas las solemnidades y tuvo que salir corriendo. Por mi parte, oí pacientemente la historia de la conversión que Bobby nos contó con lujo de detalles y, al final de la velada (que terminó en desvelada), ambos músicos me firmaron las carátulas de los cincuenta y tantos acetatos que tenía en aquel momento. Uno piensa que unas cuantas dedicatorias son más que suficientes para el archivo de un fanático. Pero no. El fan fatal siempre quiere más, mucho más. En aquel tiempo, Richie y Bobby tocaron sus canciones religiosas en el Gimnasio El Pueblo, con un pésimo sonido, acompañados por la Gran Banda Caleña. Veinticinco años después, Rafael Quintero, el dueño de la desaparecida discoteca Convergencia, me regaló un caset que él mismo había grabado de semejante experiencia. Sí. Los fans de Richie y Bobby, a pesar de la conversión, estuvimos presentes en el evento, escondidos pero activos, porque nunca se sabe lo que pueda pasar.
En 2001, pocos meses antes de la odisea sin espacio de las Torres Gemelas, hicimos maletas para Nueva York: Richie y Bobby aceptaron la idea de que un par de cineastas colombianos se metieran en sus vidas. Nos propusieron empezar filmando el concierto que darían en el Carnegie Hall junto a Papo Lucca. Tengo el 20 de julio metido en mi cabeza, pero no sé si fue la fecha de nuestro viaje o la fecha del concierto. Escribo apoyado en mi mala memoria. Lo que sí recuerdo muy bien es la noche en la que llegamos al sitio de ensayos. Nos recibió un señor mayor, con una chaqueta azul y una gorra de beisbolista. Tardé un buen tiempo antes de darme cuenta de que se trataba del mismísimo Bobby Cruz. Habíamos ido con un camarógrafo norteamericano y capturamos las primeras imágenes. Yo había estado, en el lejano 1978, en un ensayo de Richie y Bobby en Cali, en una iglesia evangélica. Pero ahora el asunto era a otro precio: pasarían casi cinco lustros para que los dos músicos se dieran cuenta de que la salsa y la religión no iban en contravía. Y, mejor aún, que no había necesidad de cambiar “Agúzate” por “Arrepiéntete” para que las canciones cumplieran su misión. En Nueva York, los llamados reyes de la salsa tenían de nuevo en su repertorio “Sonido bestial” y “Gan Gan y Gan Gon”, “La zafra” y “Bomba camará”. Esa noche conocimos a Angie Ray y a Rose Cruz, las esposas de los músicos. Conocimos a Richie Viera, quien fungía por aquel entonces como mánager. Los músicos que los acompañaban, casi todos norteamericanos, eran los mejores exponentes disponibles para el concierto del Carnegie Hall. Esa noche comenzó a gestarse nuestro insomnio cinéfilo.
Al día siguiente, les hicimos extensísimas entrevistas en un hotel cercano al Lincoln Center. Esa noche grabamos como pudimos en el Carnegie Hall, luego de mil tropiezos e impedimentos. Comenzaba, sin que midiéramos las consecuencias, la pesadilla de los derechos de imagen. Para un documentalista del siglo xxi el problema radica, no en cómo se filma, sino en la estrategia para pagar los derechos de cualquier cosa. Y en Estados Unidos y sus satélites todo tiene derechos: el peatón que cruza, las butacas del Carnegie Hall, la marca de una gaseosa que consume un curioso frente a la cámara. Y la música. Sobre todo la música. Algún día habrá que escribir un libro sobre los derechos musicales de Sonido bestial. Pero volvamos a Ricardo Ray y Bobby Cruz, las sagradas razones de estas líneas.
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