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Columnas

Inmortalidad bufa

 La “reciente revelación” del verdadero rostro de Bolívar es solo un capítulo más en su mitificación como héroe. ¿Qué viene después?

Columna Gutiérrez Sanín
Edición N° 133

N° 133

Agosto de 2012[ ver índice ]

En días pasados, chávez pudo por fin darse el lujo de presentar una suerte de holograma de un Bolívar que inverosímilmente es capaz de combinar la solemnidad de la estatua ecuestre con el mohín del galán de telenovela. Esa era, nos contó, la verdadera expresión de Bolívar (cosa que no me extrañaría). Además, una comisión de médicos convocada específicamente para dirimir el asunto avisó al público –por medio de un comunicado que tuvo mucha menos difusión entre nosotros que el holograma– que el Libertador no había muerto de sífilis, sino de neumonía. Ahora, por más que el lector sienta animadversión por el caudillo venezolano, tendrá que admitir que una tosecita es algo mucho más presentable y decente que una sífilis. Imagínese conversando con sus tías acerca de un amigo ausente. “No, no pudo venir –dice el lector, levantando la taza y con cara de circunstancias– porque su sífilis se empeoró”. Desmayos, sales... Ahora cambie en la cláusula el nombre de la desdichada enfermedad por, digamos, gripa, y verá cuánto mejora todo.

En realidad, todo había comenzado en 2007, cuando Chávez –en medio de una aguda crisis entre los gobiernos de Colombia y Venezuela– hizo públicas sus sospechas de que el Padre Fundador no había muerto como establece la historia convencional, sino que había sido asesinado por Santander y la oligarquía bogotana. En medio de un cuadro que recordaba vagamente a csi, con varias personas en bata blanca a bordo, los televidentes oyeron asombrados cómo era posible encontrar la evidencia para apoyar el aserto del presidente, y el fiscal manifestó con su expresión de máxima alarma –más o menos la que se siente obligado a usar el tendero cuando su hija le cuenta por primera vez que tiene novio– que se trataba “de algo muy serio”. Uribe, que se había emperrado –a costa de los intereses de los colombianos– en contestar como una víbora a cualquier movida del vecino que oliera a provocación, esta vez guardó silencio. ¿Sería porque él y los suyos estaban confrontando en ese entonces a la “oligarquía bogotana”, que se preocupaba a la manera “santanderista” por las fiestas que su gobierno hacía con la Constitución y la ley? Como fuere, el tema se agitó ocasionalmente, pero con el advenimiento de Santos al poder cambió el panorama y, ya ven, las conclusiones del equipo csi patriota han sido tan moderadas y razonables que permiten ahora conversar con las tías sobre la muerte de Bolívar. Un efecto civilizador que no tiene nada de despreciable (digo esto sin la menor ironía).

Por otra parte, el peso del “mito bolivariano” –como lo bautizara de manera tan previsora, por allá en la década de 1960, el notable historiador venezolano Germán Carrera Damas– no da muestras de ceder. Los otros días, algún personaje –si la memoria no me falla, un miembro de la Academia de Historia de Venezuela– descubrió que Capriles, el candidato de la oposición de ese país, era algo así como sobrino nieto de Bolívar en séptimo grado. Lo podía atestiguar después de un detallado estudio. Lo más encantador es que Capriles estaba dispuesto a olvidar este dato extraordinariamente relevante, porque él (Capriles) no descendería a usar sus vínculos de sangre con fines electorales. Es claro pues que la campaña venezolana se adelantará a la sombra de una figura grande y compleja, que murió hace mucho tiempo de un ataque de tos. A primera vista, esto se me antoja un poco extraño (hay que decir que visto más de cerca se vuelve menos raro y más interesante). Pero la pasión por los fundadores y los referentes históricos no está ni de lejos limitada en estos años a Venezuela o al bolivarianismo, aunque este posiblemente constituya el caso principal. En Argentina, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner declaró su adhesión ni más ni menos que a Juan Manuel Rosas. Yo leí Amalia cuando era muy joven y por tanto más bien impresionable, y la novelita me dejó una marca indeleble que en el fondo no he podido borrar. ¿Ahora los buenos son los siniestros mazorqueros de Rosas? Vaya, vaya... Claro, cuando uno empieza a ver las cosas con más cuidado, termina por comprender que la larga y socarrona digestión histórica rara vez puede ponerse en términos de buenos y malos. Pero esto aplica para ambos lados.

También en Colombia se ha apelado a las referencias históricas para leer, ilustrar o desarrollar la coyuntura política. Sectores de la izquierda han usado la Carta Bolivariana, que en nuestro contexto es totalmente suicida (basta echar una ojeada a los sondeos de opinión). Pero el campo político más prolífico en este particular ha sido el uribismo. Sin embargo, no ha podido generar una visión consistente (“bolivariana”, “rosista” o “santanderista”), como observé en una columna de El Espectador por las fechas de nuestro fallido bicentenario. Las razones son complejas, pero la primera es que sus intelectuales orgánicos no han podido forzarse siquiera a respetar los códigos de pseudorespetabilidad de la inmortalidad bufa. Los otros días, José Obdulio Gaviria se quejaba de que lo habían atacado por ser “un pirobo santanderista” (aunque la expresión está entre comillas en su columna, no queda claro si fue pergeñada por el poeta que la inserta o si se la atribuye a alguien más). Esa incorporación del lenguaje de arrabal a la pretensión de interpretación oracular y en gran estilo de la historia es la proverbial gota que rebosa la copa: a partir de allí ya no se puede contener la risa, y la ilusión estalla. Bienvenida, por lo tanto. Esta ya no es una lectura degradada de Amalia o de la correspondencia entre Bolívar y Santander, sino un detrás de escena de Sin tetas no hay paraíso. Espero que no sea cierto que cada sociedad tiene las ridiculeces que se merece.
 

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