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Cartas a un exiliado

El pasado 3 de semptiembre murió en Medellín el columnista y editor Alberto Aguirre. Pese a ser un personaje ampliamente reconocido, su obra publicada podría dar la impresión de que no era un escritor muy prolífico. No pasa lo mismo con su obra epistolar, amplia, diversa e inédita, de la cual publicamos estas tres piezas dirigidas a Héctor Abad Faciolince.

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Fotógrafo
Jorge Mario Múnera
Edición N° 134

N° 134

Septiembre de 2012[ ver índice ]

Medios

Imágenes

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La imagen más generalizada de alberto Aguirre lo muestra muy entrado en años y casi siempre asociado a las columnas que publicó en medios como El Espectador y El Colombiano.

Menos conocida es la cara que revelan estos retratos, tomados por Jorge Mario Múnera en la oficina de Aguirre, en 1981. Tampoco es tan difundida la inquieta personalidad que solía alejar al abogado paisa de su librería –punto de encuentro de escritores– para acabar en tareas tan disímiles como fotografiar pueblos de Antioquia, oficiar como comentarista del Mundial de Fútbol México 70, convertirse en “representante legal” y en una especie de mentor para los nadaístas, fundar la Liga Nacional de Tenis de Mesa –en la que además fue entrenador– y dedicar muchas horas al placer de escribir y leer cartas, producto de una intensa relación epistolar con diversos corresponsales. “No saben lo que se pierden los que no saben escribir cartas. Y los que no saben leerlas”, escribió a su amigo Héctor Abad Faciolince en una de ellas.

A pesar de estar activo durante más de cinco décadas como un agudo comentarista de la vida nacional, la producción firmada por Alberto Aguirre que llegó a publicarse en forma de libros es mínima. En 1984, una selección de sus columnas apareció con el título Cuadro. En 1997, escribió la introducción de una antología de la revista Antioquia. Además fue el primer editor de El coronel no tiene quien le escriba y de las Obras completas de León de Greiff. Lo demás gira en torno al género epistolar: prólogos para compilaciones de misivas ajenas y dirigidas a él. La primera, Las cartas de Ripol, es la correspondencia entre Fernando González y el sacerdote catalán Andrés Ripol. La segunda, Cartas a Aguirre, reúne las que Gonzalo Arango le envió entre 1953 y 1965.

Las cartas que aquí publicamos se conservan inéditas –mecanoscritas en hojas membreteadas de la Librería Aguirre– y son producto de la extensa relación entre el columnista paisa y el entonces joven escritor Héctor Abad Faciolince, a quien conoció en Medellín, en los años ochenta.

Abad apenas comenzaba su carrera como periodista cuando fue expulsado de la Universidad Pontificia Bolivariana por haber publicado un irreverente artículo en contra del papa. Aguirre se enteró de la noticia y se solidarizó con él escribiendo una columna en su defensa. A partir de entonces los acercó una amistad que se prolongaría por casi treinta años y que fue inmune a los exilios que ambos padecieron y a las muchas y gozosas discusiones en que se enfrascaron.


26 de febrero de 1984

Mi querido Héctor:

No jodás, que vivir en un país donde aparecen titulares de estos (“Su vida: un poema de 72 años”) es una verdadera hazaña. Y dolorosa. Y donde se tolera que un poeta escriba este verso: “Por mi sangre circula la palabra Colombia, en tres colores”. No solo se lo toleran, sino que se lo recitan y se lo dicen a uno impunemente en cualquier café o en cualquier esquina, por parte de cualquier borracho o de cualquier poeta bisoño. Bisoño y joven, que es la desgracia. ¿Y sabés por qué es una hazaña? Porque en un sótano, lleno de bacinillas viejas y de telarañas, no se puede respirar: ese verso, ese titular, dan testimonio de un país avejentado, que aún vive en el siglo XIX: nuestro signo nacional es el anacronismo. Aquí se siente uno en una agujada, viviendo entre fantasmas de capa y de verso tendido. Y la aspiración de modernidad, eso de vivir en la actualidad, se siente sofocada, se ve restringida. El espíritu se comprime por la presión de un mundo exterior anacrónico. Y es mentira (tal vez ya te lo había dicho) que en el país de los ciegos el tuerto sea rey: todo lo contrario, es un réprobo, porque ha tenido, aun a medias, la insolencia de la luz y la tentación de la claridad. Los ciegos no soportan al que ve o al que intenta ver: lo lapidan, porque su sola presencia les enrostra su dimisión y su oscuridad. ¿Qué hacer? ¡Ah!, la pregunta más insidiosa, puesto que parte de un supuesto: es preciso hacer. Cuando la mayoría de los mortales se afanan, desde chiquitos, en no hacer: como la planta –determinada por el código genético incorporado en la semilla–, el ser humano crece, se desarrolla y muere por necesidad y no por convicción (y menos aún por voluntad). O sea que no hace, sino que se deja hacer: no tiene más remedio que vivir, pero no determina su vida, sino que la lleva –se deja llevar de ella– según los códigos establecidos: tú, hijo de tu papá, que fue gobernador de Antioquia y eminente político, amigo de los más grandes, serás abogado, tendrás esposa e hijos, automóvil y lote en La América, prosperarás en tu bufete, tendrás figuración en la política, serás ministro de Estado y, quizás, candidato a la Presidencia de la República, tendrás finca en La Ceja, hacienda en Mutatá, vientre poderoso, nietos como querubines y un entierro prolijo. ¿Qué hacer? De pronto sentí que había que hacer algo, y rompí el código en su doble sentido: ese, el código genético de la semilla genealógica, y el Código Civil. ¿Y luego? Porque romper (unos códigos) no es un hacer sino un deshacer. ¡Ah!, me defiendo (al amparo del maestro Hegel): para hacer algo hay que deshacer algo. Lo que pasa es que en esta agujada que se llama Colombia uno se pasa la vida deshaciendo: son tantos los entuertos. Bueno, pero es un hacer (radical): armarse hasta los dientes y pelear como un endemoniado. Armado de todas las armas, todos los escudos, y todos los trucos. Inclusive, el de simular la ceguera total. Pero abriendo el ojo –el bueno, claro– para asestar el mandoble en el sitio justo. Como ves, en la forma más delicada posible, estoy hablando de mí mismo. Ese es el hacer posible: pelear. Solo que a veces se tiene la sensación del que clama en el desierto. O del que pelea contra molinos de viento. En fin, el todo es esgrimir la lanza y encasquetarse el yelmo, aunque sea un bacinico (sería tan feo, aquí, decir bacinilla). Si fuéramos más… Recuerdo el poema de César Vallejo, que te copio de memoria, sin señalar los versos, porque el río de la memoria –como todos los ríos, empezando por el de Heráclito– es continuo: “Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: no mueras, te amo tanto. Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Se le acercaron dos y repitiéronle: no nos dejes, valor, vuelve a la vida. Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Se le acercaron millones de individuos con un ruego común: quédate, hermano. Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Entonces todos los hombres de la tierra le rodearon, les vio el cadáver, triste, emocionado, incorporose lentamente, abrazó al primer hombre, echose a andar”. Bueno, tú le pones la rima y el metro y el acento. Y, claro, la emoción.

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