Cuando te hacen preguntas del tipo “¿Cómo te defines?”, sueles decir “novelista”. Sin embargo, tu libro más conocido, sobre todo en América Latina, es Como una novela, que suele ser clasificado como ensayo. El libro sobre el servicio militar con el que empezaste tu carrera también lo era.
No sé si Como una novela sea un ensayo, porque es cierto que se plantean varias tesis, pero también quise que hubiera mucho juego y narración en ese libro. Yo quería sobre todo narrar mis experiencias y mis reflexiones sobre la enseñanza y el aprendizaje de la literatura. El servicio militar ¿al servicio de quién? tenía mucho de panfleto, lo que no quiere decir que haya dejado de creer en lo que allí se plantea. Sobre todo, trato de que mis novelas sean novelas, no novelas de ensayos, y déjame decirte que el ensayo disfrazado de novela tiene una larga y aburrida historia en la literatura francesa.
Hace un rato dijiste que a veces pedías a tu mujer que te leyera en voz alta. En los libros de la saga Malaussène siempre hay alguien que cuenta historias en voz alta. Es lo mismo en Merci, cuando le dices al público “Cierren los ojos e imaginen que...”. También lo propones para una clase de literatura, hacer imaginar y a veces contar lo que se imagina, más que escribirlo.
Es el encanto del sonido de las palabras. No hablo español, por ejemplo, pero para mí el lenguaje es música y la música más bella del mundo es el español. Es como una droga. Cuando voy a ver películas de Almodóvar, jamás las veo en versión francesa. El sonido produce el sentido y en ningún idioma el sentido de una palabra es disociable de su sonido, lo que va completamente en contra de la tradición moderna de la lectura francesa, que es la lectura silenciosa. Estoy absolutamente en contra de ahogar los sonidos de las palabras. Muchos escritores franceses, y no sólo franceses pero pienso en Flaubert, leían sus textos en voz alta para someterlos a la prueba del sonido. Las frases debían ser musicales. A mí la música no me interesa mucho. Es por eso que cuando supe que escribías para Rolling Stone, pensé: “Ahora van a preguntarme acerca de música”. Un día, hablando con mi hija, que es músico y toca el piano, le pregunté qué pensaba ella de que yo nunca escuchara música. Dijo que tal vez escuchaba la música en la manera de hablar de la gente. Puede ser ésa la razón, que la lengua, el sonido que hace la lengua, sea francés, español, italiano, y como he vivido toda la vida en Belleville, el árabe, el chino, haya remplazado para mí la otra música.
Es muy de profesor lo de “leerles” a los demás. ¿Por qué dejaste el trabajo luego de casi 30 años?
Fue casi toda una vida como maestro. Sobre todo del 83 al 98 trabajé en un liceo con una directora con la que me entendía muy bien. Era un liceo que se ocupaba de adolescentes con problemas escolares, donde podía hacer las clases a mi manera y, a pesar de que teníamos todos los problemas del mundo por no cumplir estrictamente con el programa oficial, la directora entendía mi manera de llevar la materia de literatura. Luego ella se retiró, pasé cinco minutos con su sucesora y renuncié. Sin embargo, aún voy de vez en cuando como profesor visitante.
Como una novela salió de tu experiencia como profesor, y “Los Derechos del Lector” es el capítulo más comentado. Mucha gente, profesores incluso, adora citar el “Derecho a no leer” a la hora de decir que hay que enseñarles a los alumnos a leer el mundo, a leer la ciudad, no necesariamente a leer los libros. Esos profesores…
... son perezosos. El “Derecho a no leer” ha sido muy malinterpretado porque no tiene nada que ver con la idea general del libro. Lo que dije del “Derecho a no leer” no es acerca de no leer en sí, sino de respetar a la gente que no ha leído. Como profesor tienes el deber de explicarles a tus alumnos lo que se pierden, pero tengo muchos amigos que no leen y eso importa un carajo. No leen pero saben reparar una ventana rota y son personas increíbles. A veces me preguntan: “¿Qué has leído?” y yo les cuento las historias.
¿No tuviste nunca un buen profesor de literatura?
No. Ocasionalmente tuve buenos profes de matemáticas y filosofía, nunca un buen profe de literatura. Monsieur Blamard, el profesor del que hablo en Merci, que es también un poco el Monsieur Crastaing de Señores, los niños, fue un profesor de literatura que tuve cuando era muy pequeño. Era tan cruel en sus clases que podría decirse que como profesor era un asesino. Varias veces me han preguntado si su nombre real es alguno de los dos. Contesto que ellos son el profesor, pero no mantuve los nombres. Sería terrible utilizar la escritura como herramienta de venganza.
En la nueva edición de Merci incluyes esa especie de crónica que titulaste Les Italiennes [Las italianas] acerca de tu propio proceso para convertirte en actor de teatro. ¿Tienes ganas de volver a hacerlo?
Me gustó mucho no sólo el trabajo como actor sino todo el proceso del que hablas. “Convertirse” en algo en principio parecería sencillo, pero no lo es. De eso se trata Les Italiennes, de todo lo que ocurre desde que Jean Michel Ribes me propone llevar el texto al teatro sin mencionar siquiera que yo podría ser el protagonista, de cómo termina convenciéndome, de cómo paso semanas repitiendo de memoria el texto mientras camino por París y de mi primera aparición frente al público. Me encantó, pero la verdad no creo que vuelva a hacerlo.
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