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Retrato sanguinario de un editor

Gordon Lish ha sido, alternativamente, el editor más admirado y más aborrecido en la historia reciente de la literatura norteamericana. Aquí, un antiguo estudiante del Capitán FIcción emerge ileso de uno de sus legendarios talleres de escritura.

Retrato sanguinario
Traductor
Christopher Tibble Lloreda
Ilustrador
Brian Taylor
Edición N° 134

N° 134

Septiembre de 2012[ ver índice ]

El 9 de agosto de 1998 la revista dominical del New York Times publicó un artículo de D. T. Max según el cual los primeros cuentos del hoy difunto Raymond Carver fueron más o menos escritos por su editor, Gordon Lish. Al margen de que Lish haya jugado el rol de Svengali (o de Rasputín) con Carver, el artículo de Max retrata al canoso ex editor de Knopf como su escritor fantasma. Yo admito haber conocido a ese fantasma. Y sé que en los ochenta su situación era distinta. Lish era un hombre fuerte, había sido editor de ficción en Esquire y luego trabajó como editor en Knopf. Su lista de escritores era impresionante y en ese entonces me parecía aún más impresionante: Raymond Carver, Barry Hannah, Cynthia Ozick, Harold Brodkey, Joy Williams, Amy Hempel. Lish era el autoproclamado “Capitán Ficción”.

Ahora, los ochenta fueron una caricatura, por si no se acuerdan. Fue la década de Ronald Reagan versus el Imperio del Mal, de Mr. T y de la lucha libre profesional. También fue la década del Capitán Ficción. Los ochenta le pertenecieron a Reagan, a Mr. T y a Gordon Lish.

Pese a que la prensa fue avinagrando la figura de Lish hacia el final de la década, él todavía tenía poder. De todas formas, a los hombres poderosos les sienta tener enemigos. En el caso de Lish, sus principales detractores fueron antiguos estudiantes de su célebre taller de escritura, quienes publicaron notas relatando sus experiencias con el Capitán. La característica principal de los talleres de Lish –que se llevaban a cabo en los apartamentos de mujeres adineradas– era su costumbre de dejar que los estudiantes leyeran sus cuentos en voz alta. Si no le gustaba la primera oración, detenía al lector y lo ridiculizaba enfrente de sus compañeros. “Para”, le dijo al redactor de la revista GQ, Neal Karlen, quien asistió a uno de sus talleres y luego escribió al respecto a finales de los ochenta. “Karlen, no creo necesario saber qué sigue para seguir viviendo”.

Con el transcurso de las semanas, Karlen –que en ese entonces estaba escribiendo su primera novela– no logró leer más de una oración. En las páginas de GQ, Karlen condenó el taller. Yo mismo tuve la oportunidad, en 1991, de leerle a Gordon Lish una de mis oraciones. Llevaba años leyendo sobre él y sonaba como un cretino. Pero era el cretino de Knopf. Y cuando le mandé una carta pidiéndole que leyera el manuscrito de mi primera novela, me respondió con una palabra: “Mándelo”.

Entonces se convirtió en mi amado cretino.

Le mandé el manuscrito por correo, esperé dos semanas, después le envié una grabación que contenía un monólogo de cinco minutos sobre por qué él y Knopf deberían publicar mi libro. Al día siguiente recibí mi manuscrito de vuelta. Una semana después, Lish me mandó una nota diciendo que le había impresionado mi monólogo. Que él podría hacer algo de mí. También me mandó un volante donde se anunciaba que estaría dictando un taller en Bloomington, Indiana.

Ahora bien, en ese entonces yo no creía necesitar ningún maldito taller. Pero cuando eres un escritor inédito, no importa cómo te ganes la vida: te sientes inválido hasta lo más profundo de tu ser. Así que ¿por qué no intentar lo que sea? El taller de Lish sonaba como una buena idea. Por 600 dólares, yo recibiría el equivalente a cuatro meses y a 2.500 dólares de estética lisheana en apenas dos semanas. Por otra parte, ¿cuándo más tendría un motivo para ir a Bloomington? Así que fui.

Yo no sabía que la razón por la cual el taller tendría lugar en Bloomington era que Lish quería supervisar la transferencia de sus papeles personales a la Biblioteca Lily de la Universidad de Indiana. Simplemente me instalé en un hotel de las afueras y fui a sus clases cinco veces al día durante las dos semanas. Esto fue lo que escribí en mi diario:

El taller de Lish se reúne en un pequeño living forrado con tapetes turcos y amurallado con bibliotecas y ventanales. Hay cardenales coqueteando constantemente entre los árboles. Somos dieciséis personas. La mayoría de los hombres están entre los treinta y cincuenta años. Muchos usan shorts todos los días. Las mujeres están en sus cuarenta. Muchas son malgeniadas. Estas mujeres malgeniadas tienen el mismo pequeño mentón apretado y el mismo aburrido peinado a lo paje. La mayoría parece estar encabronadísima.

Las clases consistían (y supongo que todavía consisten) en que Lish hablaba sin parar por lo menos durante tres horas. Los estudiantes no podían hacer preguntas. Lish acabó la primera jornada diciendo: “Les advierto, ni intenten acusarme. Yo estuve en el manicomio dos veces y en la cárcel una. Resiento de aquellos que usan la crítica para nivelar una situación. Les advierto. No usen nada de lo que les digo para acusarme después”.
También dijo cosas como: “Nunca sean sinceros, la sinceridad es la muerte de la escritura”. Y: “Tecleen contra la muerte, escriban todo el tiempo”.
 

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