La indecisión parece ser una marca del espíritu de nuestra época... Bueno... a lo mejor... quién sabe...
En el programa de humor norteamericano Saturday Night Live, Fred Armisen hace a veces un personaje fruto de ese trabajo de observación increíblemente agudo que distingue al buen comediante. El personaje se llama Nicholas Fehn, aparece en el segmento de parodia noticiosa “Weekend Update” y es un comentarista de actualidad. Usa ropa juvenil y parece tener todos los tics del opinólogo liberal, si es que eso significa algo. Pero Nicholas Fehn, que empieza a hablar cada vez con gran entusiasmo y una sana indignación por algún hecho político reciente, no puede terminar una sola frase de las muchas que empieza, porque se ve constantemente interrumpido por su propia incapacidad de priorizar. Pareciera que las palabras se agolpan en su cabeza y de camino hacia el exterior sufren un masivo accidente de carretera. No construye ningún argumento, ninguna opinión; aunque no al modo de esas personas distraídas pero geniales que van armando a retazos un discurso que se eleva como un árbol frondoso, con desvíos que son frutos, ramas, hojas verdes; un habla como una humareda, una escultura, como decía el cineasta Raúl Ruiz, que fantaseaba con que esa forma de hablar se podía fotografiar.
No es eso, que me parece magnífico. Nicholas Fehn le muestra la portada del New York Times a Seth Meyers y pone esa cara que es con los carrillos inflados, las cejas arriba y mirada de “pero cómo no te das cuenta”, “¿acaso te tengo que explicar?”, “pero si es obvio”. Cara de “ah, nooo”. Y balbucea: “Pero es que es insólito. Es que… Impresionante. Nooo… Oh, pero, uf. Es que… no”. Y no dice nada, nunca. El comentarista de televisión Nicholas Fehn parece tener opiniones tajantes sobre asuntos de fundamental importancia, tiene ese aspecto, ese tipo de expresividad corporal, pero nunca explica a qué se refiere, solo da a entender que es demasiado evidente para que alguien pueda tener alguna duda. Tiene tanta información, probablemente, o está tan seguro de lo que hay que opinar, que lo abruma la sola tarea de verbalizar cuál es la postura correcta en cada caso.
Tuve una vez una especie de minijefe que tenía una táctica inversa pero relacionada, una que con los años he llegado a admirar, o en todo caso a envidiar porque nunca me acuerdo de usarla. No he vuelto a ver algo que la supere. Es de clase mundial, realmente deberían enseñarla en los manuales de liderazgo. Digamos que teníamos unas reuniones de pauta en que había mucha gente brillante y todo el mundo tenía ideas muy buenas. En serio, esta parte no es parodia. Él era un jefe disfrazado de par, o un par que cobraba más que nosotros, o sea era el jefe, y no tenía tantas ideas, y a veces ninguna. Como suele ocurrir con las ideas realmente buenas, la mayoría, así a bote pronto, sonaban extrañas, locas, impracticables, en la mera frontera con la más profunda idiotez. Entonces se desplegaba la genialidad: mientras hablábamos, para no tener que decidir él si la idea era estupenda o francamente estúpida, para no quedar en evidencia delante de este grupo de temer, o porque realmente no lo sabía, en algún momento decía: “Mmm, mmm, ¿nos gusta?”, con lo cual todos nos apelotonábamos a opinar si sí o si no, y en pocos segundos el minijefe dilucidaba qué opinión prevalecía, sin haber dado él ninguna. Entonces recogía el hilo y cerraba la discusión, haciendo como que había decidido.
Y ya que hablé de tics a propósito de Nicholas Fehn, el comentarista entrecortado, hay uno en la crónica y en la ficción de escritores jóvenes (pero se puede ser escritor joven hasta los cincuenta años, gracias al menopáusico periodismo cultural) que hoy me irrita hasta sacarme sangre o matarme de tedio, pero que en algún momento fue novedoso y sonaba sincero, restaba solemnidad y sumaba naturalidad, esa infantil ilusión de que eso que nos están contando es verdad: es el fraseo del arrepentido, del inseguro. La línea corta, la carrera con obstáculos, el camino de vuelta, la estética del error. “Digo que es así. O no”. “Creo firmemente en... Bueno, no tan firmemente”. “Siempre he creído que... O quizás no”. “No voy a rendirme ante... Pero ya me rendí”. ¡Decídanse de una vez, por Dios, y déjense de joder!
No sé de dónde vino esta plaga del “o quizás no” en la que alguna vez también he caído. (¿Y por qué añadí un “probablemente” en el segundo párrafo, si sabía lo que quería decir?) No soy experta, nunca estudié literatura, mis lecturas son caóticas, pedestres, y lo que tengo no son lagunas sino lagos africanos de ignorancia; pero digo que, si en la crónica podría entenderse como una admisión de que no lo sabemos todo, de que las precisiones son necesarias, en la ficción quiero que me mientan, que me hagan daño –para eso leo–, y eso solo se puede hacer con mano firme, con pulso despiadado. En literatura yo quiero tu obsesión, guárdate las dudas, para eso ya tengo las mías.
Me dicen que son todas señales de inseguridad. La que a su vez es característica de nuestro tiempo. Pasó de moda que acapararan esa etiqueta del carácter los introvertidos, los débiles, los tímidos. Ahora todo el mundo es inseguro. El latoso insoportable, el figurín, el nazi moreno, la niña mimada, el jefe bravucón, el boca de tarro, la loba ambiciosa, el psicópata doméstico, el encantado de haberse conocido, el simpático patológico (y su desviación, el ultrasociable), el atrabiliario, la reina del frío. Todos ellos, sus actitudes desconcertantes, el doble fondo de su alma, su misterio, tienen explicación: lo que pasa es que es gente insegura.
Ver Comentarios[ Clic para desplegar ]
Para poder comentar, debe ingresar a su cuenta o registrarse aquí