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Periodismo portátil

(O cómo sobrevivir escribiendo historias por el mundo)

No tener jefes parece una opción estupenda, pero la independencia también tiene su costo. Un veterano del periodismo freelance reflexiona sobre su modo de ejercer la profesión.

Periodismo portátil
Edición N° 74

N° 74

Noviembre - Diciembre de 2006[ ver índice ]

Cada vez con más frecuencia me preguntan: ¿conviene ser un periodista freelance? Y siempre, irremediablemente, aunque sea en la cafetería de una ciudad helada o en una playa tibia, digo claramente que no. No conviene, amigo. Y lo digo seriamente.

Desaliento a los periodistas de redacciones cansados de sus jefes, de sus editores que les cortan textos sin leerlos, de los sueldos bajos, de sus caras azules de tanto reportear por teléfono y no salir a la calle salvo cuando hay un amago de incendio. Desmoralizo a los estudiantes de periodismo que sueñan con una vida de viajes, aventuras, mujeres vaporosas, carreras de autos y guerras crueles en países exóticos, y que ven en el reportero independiente una suerte de último héroe en tiempos dominados por los grandes multimedios.
 
No sólo eso. Les cuento que en este negocio se paga poco, mal y tarde. Que no hay contrato fijo (hasta los periodistas de redacciones cada vez tienen menos contratos en blanco). Que se vive de lo que se produce (con el terrible peligro de mercantilizar tu vida). Que trabajar sin horarios equivale, finalmente, a estar todo el tiempo conectado. Y a los nuevos, que se creyeron eso de que la era digital —con tecnología al alcance de cualquier mano— democratizó los medios, les recuerdo la frase base de la economía de hoy: el grande se come al chico. Y el periodista independiente, por mucho trabajo que tenga, siempre será el insignificante dentro de un océano de tiburones. Les advierto que no sólo van a tener que escribir, sino que deberán aprender a buscar temas, producir historias, vender artículos, financiar reportajes, negociar una buena paga, y además cobrarla. Y para cobrarla no sólo deberán tener paciencia (algunos, especialmente en Latinoamérica, llegan a tardar más de un año en cancelarte), sino que también deben tener una adecuada cuenta de banco, facturas internacionales (el freelance suele trabajar para varios países) y hasta un código swift para los reembolsos en otras monedas.
 
Les recuerdo que todas esas actividades juntas (las periodísticas y administrativas), las deberán hacer por lo menos una vez a la semana: no hay en toda habla hispana un medio que te pague un trabajo con lo suficiente para vivir un mes. Les agrego que la mayoría de la gente trabaja con horario de oficina, así que por las tardes se sentirán solos. Que las cuentas llegan cada 30 días, y que no te esperan. Les digo que en muchos casos serán tratados con la óptica del inmigrante ilegal: si no te gusta, te jodes.
 
Y otra vez cae del cielo la pregunta: ¿uno es freelance por opción, o porque no quedó otra alternativa? Será que uno elige conscientemente vivir lejos del amparo contractual de un gran medio, o es que finalmente las circunstancias —políticas, económicas, religiosas y sociales, por nombrar las más obvias— son las que nos llevan a estar en la industria, pero desde un costado.
 
La misma pregunta se le podría hacer a cualquiera que viva al margen: ¿estás fuera porque quieres o porque no te dejan entrar? Y curiosamente es posible, muy posible, que el aislado responda lo mismo que muchos periodistas freelance: por las dos razones. Y las dos al mismo tiempo.
 
Siempre las dos al mismo tiempo. El periodista independiente no tiene jefe, y tienes muchos a la vez. Es dueño de su tiempo, y es esclavo del reloj. Es el mercenario pragmático, y es un romántico sin remedio. Es un afortunado que tiene tiempo para viajar, y es la carne de cañón que tenemos para las emergencias. Es libre, y está atrapado.

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