En 1878, Lockwood Kipling, director del Mayo College of Art en Lahore, llevó a su hijo de doce años a la Exposición Universal de París. Lockwood participaba en la sección hindú de artes y manufacturas; le dio al joven Rudyard dos francos diarios para comida, un pase para la exposición y todo el tiempo para hacer lo que quisiera. El muchacho, a quien siempre le había gustado ver cómo se hacían las cosas, estaba fascinado con “todas las maravillas de todos los mundos que salían de sus cajas”. Se convirtió, como escribiría más tarde, “en el moscardón tolerado de ese carrusel de colores, aromas y vistas, girando en torno a la incesante metralla de martillos y máquinas”.
Una de sus visitas favoritas era la cabeza de la Estatua de la Libertad de Bartholdi, que pronto embarcaría con destino a Nueva York como atrasado presente por el centenario de la república americana. Por cinco céntimos, o con un pase, uno podía subir por la escalera interior hasta el domo del cráneo y ver el mundo a través de los ojos vacíos de la estatua. Rudyard subió con frecuencia y en una ocasión un viejo francés sabelotodo le dijo: “Ahora tú, joven inglés, puedes decir que has visto a través de los ojos de la mismísima Libertad”. Cincuenta y cinco años después, el viejo Kipling recordó este oráculo convenientemente oportuno y decidió corregirlo: “Dijo algo menos que la verdad. Fue a través de los ojos de Francia que comencé a ver”.
¿Kipling y Francia? Kipling y la India, sin duda. Kipling e Inglaterra, Kipling y el imperio, Kipling y Sudáfrica, Kipling y Estados Unidos, Kipling y la odiada Alemania (el hogar verdadero, de acuerdo con el análisis de Orwell, de esas extraviadas “razas menores sin ley”). Pero, ¿Kipling y Francia? No resulta tan evidente. Francia y los franceses no ocupan un lugar sobresaliente en su obra publicada. Y tampoco se podría esperar que este popular, pragmático autodidacta defensor del imperio británico se ocupara mucho de los orgullosos y teoréticos habitantes del rival más cercano del imperio británico. No obstante, esa primera visita de 1878 fue el comienzo de algo que continuó hasta la muerte de Kipling en 1936. Como su hija Elsie observó con sencillez luego de la muerte de su padre: “Siempre fue feliz en Francia”.
Con toda seguridad fue feliz en Francia, pero Francia no siempre lo tuvo tan contento. Ya entrado en años, Kipling prefirió hacer aparecer su relación con el país como una relación de felicidad sin costuras. Pero en las décadas de los ochenta y noventa del siglo XIX, cuando las rivalidades imperiales estaban en su punto álgido, Kipling fue un decidido antifrancés. Desde la India escribió apasionadas defensas periodísticas de Gran Bretaña en “lo que concebí entonces como parodias de la prosa más extravagante de Victor Hugo”. La guerra de los boers, en la cual los franceses no estaban, como es evidente, del lado británico, empeoró las cosas. Kipling escribió un cuento burlón, “The Bonds of Discipline”, en el cual la tripulación de un crucero británico se aprovecha de un espía francés que viaja de polizón. Los franceses, por su lado, tomaron represalias concediendo el premio Goncourt de 1902 a Dingley: L’illustre écrivain, de los hermanos Tharaud. Como la armonía del epónimo sugiere, éste era un ataque a cierto autor inglés imperialista y su entusiasmo por la guerra en el Transvaal.
Este momento de frialdad geopolítica terminó con la Entente Cordial de 1904, después de la cual no hubo pretexto para mirar por encima del hombro a Francia. Pero ello coincidió además con la aparición de un medio ideal para que el novelista pudiera renovar su pasión y profundizar su conocimiento del país: el automóvil. Como Edith Wharton, Conrad y Ford Madox Ford, Kipling se entusiasmó con el primer gran invento del nuevo siglo. En el otoño de 1899 alquiló un auto que ya en el nombre llevaba la penitencia: Embryo. En el verano siguiente compró un automóvil a vapor estadounidense llamado Locomobile. El siguiente fue un Lanchester, entregado en propia mano por el mismísimo Mr. Lanchester.
En marzo de 1910, Kipling se encontraba en Vernet-les-Bains, el spa pirenaico donde su mujer Carrie tomaba año tras año baños de aguas sulfurosas. Claude Jonson, coadministrador de Rolls & Amp, Co., y asimismo primer secretario del Real Club del Automóvil (RAC), le hizo entonces una oferta que Kipling no pudo rechazar: “Voy a mandar mi auto de vuelta a París, vacío. Si usted quisiera hacerse cargo del traslado, lo pongo a su disposición”. Como el coche tenía “toda la fuerza de los Caballos del Sol”, además de un chofer “que había estado en la Marina Real y conocía el mundo con amplitud y detalle”, Kipling estuvo encantado. El Silver Phantom los llevó desde Banyuls-sur-Mer, “donde recogimos narcisos en un campo y la glicina estaba en flor”, a través de Perpignan, Narbonne, Montpellier, Nîmes, Arles, Avignon, Tournon, St. Etienne, Moulins, Nevers y Montargis, hasta Fontainebleau y París. Fue durante este viaje que Kipling quedó fascinado por primera vez ante la ciudad fantasma de Les Baux —“un Gólgota vasto y mineral, inconcebiblemente desquiciado, grotesco y patético”—, que descubrió asimismo los caminos de Francia —“rectos, amplios, parejos, perfectos”—, un juicio que más tarde le exigió ciertos matices, y quedó prendado del Rolls-Royce. El año siguiente se compró el suyo y ya nunca cambió de marca. (En Bateman’s, su casa en Sussex, uno puede examinar su último Rolls azul oscuro de brillo desvaído.) También por esos días comenzó su costumbre de viajar en automóvil por Francia todos los años, costumbre que prolongó, salvo la interrupción provocada por la Gran Guerra, hasta finales de la segunda década del siglo XX.
En 2001, Tim Farmiloe, director editorial de McMillan, halló seis pequeñas libretas forradas en cuero cuando escombraba los papeles de su oficina después de haber trabajado cuarenta años en la empresa. Esas libretitas resultaron ser los diarios de las excursiones automovilísticas de Kipling, entre 1911 y 1926, los únicos diarios sobrevivientes del autor, aparte del fragmento de un diario de la India de 1884. Aún no han sido publicados, pero la trascripción, que casi alcanza las 100 páginas, transmite vívidamente la mentalidad de este escritor-viajero.
Para algunos de estos primeros automovilistas literarios, como Edith Wharton, el automóvil era con creces el medio para alcanzar un fin, fin que consistía en gente lejana y vastos monumentos culturales no menos distantes. Ella disfrutaba la excitación del viaje en auto, a pesar de ignorar todo acerca de su características específicas al igual que de sus secretos técnicos; el carro era un destacado sirviente mecánico, pero si se ponía pesado, su chofer y marido Teddy era el encargado de lidiar con él. Por su parte, Kipling, quien por las mismas fechas deambulaba por toda Francia, hallaba que el medio no era menos interesante que el fin que proporcionaba.
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