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El taller de Gay Talese
Traductor
Andrés Hoyos
Edición N° 65

N° 65

Septiembre - Octubre de 2005[ ver índice ]

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¿Alguna vez hace entrevistas por e-mail o por teléfono?
No tengo e-mail, ni lo uso. Utilizo el teléfono para hacer citas, pero todas las entrevistas las hago en persona. Siempre voy personalmente a todas partes. Quiero ver a la gente a la que entrevisto, y quiero que me vean. Todo es visual.
 
 
¿Toma notas mientras conversa?
Siempre estoy anotando cosas que me parecen interesantes. Pero soy discreto. No uso libretas porque son demasiado voluminosas. En cambio, corto en tiras las cartulinas que traen las camisas cuando llegan de la lavandería y anoto en ellas. Siempre cargo un bolígrafo y algunas de éstas [Talese saca unas cuantas tiras de cartulina del bolsillo de su chaqueta].
 
 
¿Cómo hace entrevistas en lugares como China donde no habla la lengua?
La barrera lingüística no es realmente un problema porque, dondequiera que uno esté, lo que la gente dice no es en realidad tan interesante. De entrada, no dicen necesariamente lo que creen. Y lo que te dicen hoy no es lo mismo que te dirán después, cuando ya los conozcas bien. Las entrevistas del principio casi no tienen sentido. Todo lo que quiero es ver a la gente en su hábitat.
 
El idioma ni siquiera es importante cuando trabajo una historia en un país cuya lengua conozco. No me interesaba entrevistar a Sinatra para escribir “Frank Sinatra está resfriado”. Saqué más información de observarlo y de observar las reacciones de quienes lo rodeaban, que la que habría obtenido si hubiéramos conversado. Hace poco, cuando escribí para Esquire sobre el viaje de Muhammad Alí a Cuba, no hablé con él porque ya no puede hacerlo con claridad. Mi reportería es más visual que verbal. Mi reportería depende menos de hablar con la gente que de lo que he llamado “el fino arte de frecuentar”.
 
 
¿Qué tanto le importa el lugar de la entrevista?
Mucho. Me gusta estar allí donde la persona trabaja. O entrevistar a la gente donde la pueda ver interactuar con otros. No importa mucho quiénes: la mujer, la novia o una corista con la que está involucrado. Me gusta que haya diálogo. De nuevo, pienso en términos de cámara, que funcione visualmente. Quiero libertad para moverme y dar al lector cosas diferentes que mirar. No quiero puros primeros planos, como en un documental. Quiero interacción, conversación, conflicto.
 
 
En el libro que está escribiendo ahora, hay una escena en una convención de urólogos en Las Vegas en la que una uróloga y John Bobbit miran una película porno en su cuarto de hotel para saber si a él el pene le funciona.
Sí, es una escena estupenda en la que Suzanne Frye, una de las pocas urólogas de Estados Unidos, sostiene el pene erecto de John y habla sobre su flujo sanguíneo.
 
 
¿Montó usted esa escena?
Sí, la monté porque quería tener un personaje en la historia, fuera de John Bobbit y su pene, que en realidad es un actor más. A veces encuentro una historia y necesito un actor y una actriz para desempeñar los papeles de la historia. Yo hago de director.
 
 
¿En qué lugares específicos prefiere entrevistar a la gente?
Me encanta entrevistar a la gente en restaurantes, porque allí se relajan. Y, además, uno puede fisgonear un poco a los vecinos. Los aviones también son magníficos para una entrevista. Una vez volé con Joe DiMaggio desde San Francisco hasta el campo de entrenamiento primaveral en Fort Lauderdale. Estuvimos sentados juntos seis horas y hablamos de Truman Capote. Uno está ahí al lado. Hay gente alrededor. Sirven tragos y comida. Todo conduce a la conversación.
 
 
¿Le cuesta más trabajo escribir que reportear?
A mí me cuesta mucho trabajo escribir. Me encanta la reportería y creo que soy un reportero natural. Pero al escribir nada me satisface. Estoy lleno de ese sentido católico del fracaso, de la ineptitud, de la falta de merecimiento. No soy lo suficientemente bueno, podría ser mejor: ése es el mantra que me repito a cada rato.
 
 
Cuéntenos un poco cómo es su agenda diaria.
Me levanto a más tardar a las ocho. Duermo en el mismo cuarto con mi mujer pero no le hablo en la mañana. Nuestra alcoba matrimonial no contiene nada mío: ni mi ropa, ni mi cepillo de dientes, nada. En realidad es la alcoba de mi mujer, con su clóset, su escritorio, sus manuscritos, su ropa. Le pertenece a ella. Yo sólo duermo allí.
 
Dejo la alcoba conyugal y subo al cuarto piso, que es donde tengo mi ropa. Me ducho y me pongo chaqueta y corbata. Salgo a la esquina a comprar el New York Times, aunque no lo leo en ese momento. Pero si no lo compro por la mañana, se agota y odio eso. Luego bajo a mi oficina, que tiene una entrada del todo independiente de la de la casa.
 
Me hago el desayuno en la cocinita que hay, usualmente café y un muffin integral, y lo llevo hasta mi escritorio. En ese momento ya son tal vez las ocho y media. No tengo teléfono ni e-mail en mi oficina, de modo que nada me perturba. A las doce y media me hago un pequeño sándwich. Como comer arruina mi concentración, a la una y media voy al gimnasio.
 
En el gimnasio pedaleo en una estática mientras leo el periódico y luego hago otros ejercicios. Eso mata un par de horas. Hacia las tres regreso y a las cuatro subo a la casa por primera vez desde que bajé a las ocho de la mañana. Trabajo en mi escritorio del cuarto piso, contesto llamadas, miro el correo y pago cuentas. Vuelvo a bajar a la oficina a las cinco y miro lo que he escrito en el día. Trato de continuar escribiendo hasta las ocho de la noche.
 
Luego salgo. Me gusta salir. Todas las noches. Adoro los restaurantes. No necesariamente los sofisticados, sino cualquier restaurante. Trato de regresar a casa hacia la medianoche o un poco antes. Alcanzo a ver el fin de The Charlie Rose Show.
 
En los fines de semana voy a mi casa en Ocean City, donde vive mi madre de 95 años. Allá tengo una oficina idéntica a la de la ciudad, me levanto por la mañana y repito el proceso. O sea que no cambia nada en los siete días de la semana.

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