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El taller de Gay Talese
Traductor
Andrés Hoyos
Edición N° 65

N° 65

Septiembre - Octubre de 2005[ ver índice ]

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Y la propia rutina de escribir, ¿cómo es?
Comienzo con una libreta amarilla a rayas y un lápiz. Lo primero que hago es que intento imprimir una oración. Ojo que digo intento imprimir una oración, e imprimir, no escribir. Uso grandes letras mayúsculas. En seguida le echo un vistazo, la cambio, la reescribo, y trato de lograr otra. A veces me toma un par de días tener cinco o seis oraciones en grandes mayúsculas. Éste es el inicio de una pieza.
 
Cuando tengo por ahí cuatro o cinco páginas en mayúsculas, las paso a máquina a triple espacio en una máquina eléctrica. Luego edito y reescribo esas oraciones una y otra vez hasta que tengo una única página a máquina que me satisface.
 
Después tomo esa página y la pego a la pared con un alfiler. Tengo paneles de icopor para el efecto. Luego repito todo el proceso otra vez, escribo otra página y la pego a la pared al lado de la anterior. Son como piezas de ropa en un tendedero. Tengo cuatro o cinco paneles de icopor, de modo que puedo poner hasta treinta y cinco páginas seguidas en tres filas.
 
 
¿Por qué las pega a la pared?
Porque me ayuda a tener una perspectiva diferente: puedo ver cómo se mueven las escenas, cómo funciona el lenguaje, cómo fluyen las oraciones. Me pierdo cuando reescribo y quiero volver a ver el material. Quiero verlo con ojos frescos, como si otra persona lo hubiera escrito. Solía pegar las páginas a la pared, luego sentarme en una silla al otro lado de cuarto y de ahí mirarlas con binóculos. Pero mi oficina de ahora es demasiado estrecha para eso.
 
 
¿Y ahora cómo logra la perspectiva diferente?
Me inventé otro sistema. A cambio de los binóculos, hago dos copias empastadas del libro en proceso. La primera es de tamaño regular. La segunda contiene las mismas páginas de la primera, pero reducidas en un 67% por la fotocopiadora. La misma encuadernación, los mismos números en las páginas, pero como la copia es mucho más pequeña, se ve muy diferente. Así logro el mismo efecto de distorsión que lograba con los binóculos.
 
 
¿Usa este método sólo para proyectos grandes?
No, lo uso para todo: 50 palabras, 500 palabras, 5.000 palabras, no hay diferencia. Para todo. Es por eso que no puedo aceptar encargos de revistas o reseñas. Diablos, ni siquiera un titular lo puedo hacer rápido. Un editor me llama y me dice: “Te sientas y lo sacas de un tirón”. ¡Pero yo nada lo puedo hacer de un tirón! Si acepto una reseña, ahí mismo se esfuma un mes y medio de mi agenda. Claro, cumplo con la fecha de entrega. Pero siempre apenas; es algo que aprendí cuando escribía para el Times.
 
 
¿Se exige una cierta cantidad de palabras diarias?
No, yo no trabajo así. Una vez le oí decir a Tom Wolfe que su estándar eran doce páginas al día. ¡¡¡Doce páginas al día??? ¡Me noqueó con eso! ¡Me asombró! Yo apenas hago lo mejor que puedo todos los días. No me importa si me toma un mes lograr una sola oración. Todo cuanto importa es llegar a un punto en el que pueda decir: “No lo puedo hacer mejor. Gay Talese no lo puede hacer mejor. Tal vez Philip Roth lo pueda hacer mejor, tal vez León Tolstoi lo pueda hacer mejor, pero yo no lo puedo hacer mejor”. Y de ahí paso al texto siguiente.
 
 
¿Reescribe mucho a medida que pasa el tiempo?
Muy poco. Cuando una de mis páginas está lista, está lista. Yo no desbarato el material para reubicar pasajes al final. El tejido es demasiado apretado para poder mover pedazos. No se trata de un borrador, es un texto definitivo.
 
Soy como un sastre que cose y cose y cose. No escribo en grandes saltos. Escribo un poquito a la vez y construyo de forma incremental. Me gustaría ir en línea recta, pero no puedo evitar los giros y los desvíos. Sólo que no veo que haya tomado por un desvío hasta que he avanzado más por el camino. Soy como un ciego que maneja un camión a través de un túnel sin luces. No puedo ir rápido porque las luces son opacas y el túnel es estrecho. A veces giro y voy en otra dirección. Pero entonces tengo que retroceder para encontrar el camino.
 
 
¿En cuántos proyectos trabaja a la vez?
Sólo puedo hacer una cosa a la vez. He estado trabajando en mi actual libro desde cuando publiqué el último en 1992. No he firmado nada importante en una década. El único reportaje largo que escribí fue sobre la visita de Muhammad Alí a Castro en Cuba. Seis revistas lo rechazaron hasta que Esquire se decidió a publicarlo.
 
No soy de aquellos que por el camino pueden escribir reseñas, columnas y hasta artículos de revista. Porque quiero concentrarme de veras en lo que estoy haciendo. No quiero quitarle tiempo a mi libro. Claro que hay mucha gente que demuestra que estoy equivocado. John Updike puede escribir diez novelas en el tiempo en que yo no he hecho nada. Me gustaría ser sobrehumano como él, pero no lo soy.
 
 
¿Qué clase de tono busca?
Busco un tono circunspecto, un tono gracioso que haga que todo parezca fácil. Como cuando DiMa-ggio corría detrás de un fly de grandes ligas en el jardín central y parecía atraparlo siempre justo a tiempo. No estoy diciendo que lo logre, pero es lo que yo busco.
 
Este tono proviene de mis escritores favoritos, todos con voces maravillosas: Guy de Maupassant, el primer autor de ficción que leí en inglés. También están John Fowles, William Sty-ron (que escribió una parte de Las confesiones de Nat Turner cuando vivía aquí conmigo), John O’Hara e Irwin Shaw. Los diálogos de O’Hara, que en muy pocas palabras era capaz de plantear una situación. El primer Irwin Shaw, como en su cuento “Las chicas y sus vestidos de verano”, tan bellamente escrito. Yo crecí leyendo a Fitzgerald y a Hemingway.
 
 
Antes de La mujer de tu prójimo, usted raramente aparecía en sus escritos. ¿Por qué?
Si voy a aparecer en un texto, más vale que haya una razón poderosa para ello. Antes de La mujer de tu prójimo, el material no lo exigía. Un libro como Honrarás a tu padre trata de Bill Bonanno, con quien yo me identificaba. Teníamos la misma edad y los mismos antecedentes. No había razón para mi presencia, dado que él estaba allí y podía representarme.

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