Invitado Festival Malpensante 2009
Odio la “música clásica”. No la música, sino el término, que aprisiona un arte tenazmente vivo en una especie de parque temático del pasado. El término cancela la posibilidad de que una música al estilo de la de Beethoven pueda crearse todavía. Desvanece en un limbo el trabajo de miles de compositores activos que tienen que explicarles a personas que saben de otros temas cómo es que se ganan la vida. Ese nombre es una obra maestra de la publicidad negativa, y me gustaría que hubiera otro. Envidio a la gente del jazz, que habla simplemente de “la música”. Algunos aficionados llaman también al jazz “la música clásica estadounidense”. Yo propongo un trato: quédense con lo de “clásica”, yo me quedo con “la música”.
Durante un siglo al menos, la música ha estado apresada por un elitismo mediocre que confecciona su autoestima aferrándose a fórmulas vacías de superioridad intelectual. Consideren algunos de los nombres alternativos que circulan: música culta, música seria, gran música, buena música. Claro, la música puede ser grande y seria, pero la grandeza y la seriedad no son las características que la definen. También puede a veces ser estúpida, vulgar o alocada. La música es un medio demasiado personal como para sostener una jerarquía absoluta de valores. La mejor música es aquella que nos persuade de que no hay otra música en el mundo. Esta mañana, para mí, fue la Quinta sinfonía de Sibelius; anoche fue “Sad-Eyed Lady of the Lowlands” de Bob Dylan; mañana podrá ser algo completamente nuevo. No puedo clasificar mi música favorita como no puedo clasificar mis recuerdos. Sin embargo, algunos creen que la música debe ser vendida como un artículo de lujo, que suplanta un producto popular inferior. Nos dicen, en efecto: “La música que te gusta es basura; escucha mejor esta música culta y grandiosa”, y gesticulan hacia los cielos, pero hablan con el lenguaje de un agente de finca raíz. No logran obtener muchos conversos porque olvidan definir la música como algo que puede amarse. Si tú la puedes amar debe ser grande, y no necesitas decir nada más.
Cuando la gente oye decir “clásica” piensa en algo muerto. La música es descrita en términos de su distancia en el tiempo o de su resistencia a las masas, lo cual es falso. Vemos revistas con listados de “Música popular” en una sección y “Música clásica” en otra, así que esta última se convierte, por definición, en música impopular. No es extraño que las historias de su muerte inminente sean un lugar común. La página web Arts Journal presenta un archivo con el nombre deliberadamente ridículo de “La muerte de la música clásica”, cuyos artículos reciclan una letanía de problemas familiares: las disqueras están reduciendo sus divisiones clásicas, las orquestas encaran el déficit, ya no hay música en la educación pública, es casi invisible en televisión, es ignorada o ridiculizada por Hollywood. Pero la misma historia se hubiera podido escribir hace diez años, o veinte. Una versión completa de la muerte de la música clásica se remontaría al siglo XIV, cuando las melodías sensuales del ars nova fueron señaladas como el final de la civilización.
La audiencia clásica es vista como una multitud de viejos, blancos, ricos y aburridos. Las estadísticas del Fondo Nacional de las Artes sugieren que la situación es menos deplorable. Sí, la audiencia es más vieja que la de cualquier otro arte (la edad promedio es 49), pero no es la más pudiente. Los musicales, el teatro, el ballet y los museos obtienen las mayores tajadas de ese pastel de 50 mil dólares o más al año. Si quieres ver un despliegue descarnado de cuentas bancarias suizas, asómate a los palcos reservados en un concierto de Billy Joel... si los encargados de seguridad te dejan. Tampoco es cierto que la audiencia clásica envejezca más rápido que el resto. La música podrá no ser aplastante, pero es de dimensiones grandes. Las orquestas en Estados Unidos venden cerca de 30 millones de boletas al año, y nuevos talentos están llenando la escena. Los músicos de la augusta Filarmónica de Berlín son, en promedio, una generación más jóvenes que los Rolling Stones.
La música está siempre muriendo, en constante final. Es una diva sin edad en medio de una gira de despedida que no acaba, siempre anunciando que esta vez será su última aparición. Es difícil de nombrar porque, para empezar, nunca existió, en el sentido de que no pertenece a un solo tiempo ni lugar. No tiene genealogía ni origen étnico: los compositores más importantes de hoy provienen de China, Estonia, Argentina y Queens. La música es simplemente lo que los compositores inventan: una hilera de notas a la que se apegan varias tradiciones interpretativas. Encierra lo elevado y lo bajo, lo imperial y lo subterráneo, la danza, la oración, el silencio y el ruido. Los compositores son parásitos geniales: se alimentan vorazmente de la materia de canciones de su tiempo para engendrar algo nuevo. En los últimos cien años han tenido que afrontar obstáculos externos (Hitler y Stalin fueron aficionados a la crítica musical), así como problemas de su propia invención (“¿Por qué será que a nadie le gusta nuestra música dodecafónica?”). Están en el borde de un improbable renacimiento, y la música puede adquirir una forma que hoy nadie reconocería. Pero por ahora son como el preludio de Debussy “La catedral sumergida”: una ciudad que canta bajo las olas.
El crítico Greg Sandow escribió recientemente que nosotros los partidarios de lo clásico debemos hablar más desde el corazón. Admite que es más fácil analizar el ardor que expresarlo. La música no facilita las mismas historias generacionales que, digamos, el Sgt. Pepper de los Beatles. Puede que haya adolescentes allá afuera que perdieron su virginidad con el Concierto para piano en Re menor de Brahms, pero no quieren contar la historia y nadie quiere oírla tampoco. La música atrae a esa fracción reticente de la población. Es un arte de grandes gestos y vastas dimensiones que se toca para las pandillas de los callados y los tímidos. Es un paraíso para pasivos-agresivos, adictos a la sublimación y otras reliquias del mundo freudiano.
Yo soy un estadounidense blanco de 36 años que empezó a escuchar música popular a los 20. En perspectiva, soy algo extraño: tal vez “fenómeno” no sea una palabra demasiado fuerte para mí. Y sin embargo todo me parecía natural en su momento. Siento como si no hubiera crecido en los setenta y ochenta, sino durante los treinta y los cuarenta, las décadas de juventud de mis padres. Ellos se hicieron adultos en una época en que la música tenía un lugar en la cultura muy diferente al de hoy. En aquellos años, en lo que hoy pareciera ser un mundo de los sueños, millones de personas escuchaban a Toscanini dirigiendo la Orquesta Sinfónica de la NBC a través de la radio nacional. Walter Damrosch hacía un programa para niños explicándoles los clásicos. La NBC podía transmitir el partido Ohio vs. Indiana una tarde y un recital de Lotte Lehmann al día siguiente. En mi casa se oía la transmisión de la Sinfónica de Boston, seguida por el juego de los Redskins. No era conciente de esa brecha del tamaño de un bostezo.
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