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Loca carrera de los optimistas

Loca carrera de los optimistas
Edición N° 60

N° 60

Febrero - Marzo de 2005[ ver índice ]

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GANADOR

Mosca descendiendo

Juan Miguel Villegas

 

Si otro pedazo de materia en descomposición no estimula sus sensores, esta gorda mosca carroñera vagará al azar del viento un par de horas más y luego caerá fundida. Pero como siempre hay algo que se pudre y apesta, esta mosca, de súbito excitada, da un par de aleteos histéricos y logra remontar el viento tibio. Y así, elevada en ondas de aire y casi sin zumbar, se deja llevar hacia su presa.

Un poco absorta por los colores de las astromelias, más radiantes después de la dosis matutina de “Kzolov: la pastillita que te anima”, una señora riega las plantas con una jarra oxidada y sonrisa tensa. Algo como un arpa o un violín minúsculo le truena de pronto en el oído, le hace agitar su mano huesuda sobre la oreja, y la mosca verde y gorda se aleja un poco hacia las nubes. “Pequeña esmeralda voladora”, “diminuta porción de joya alada”, pien­sa, su atención ganada por la mosca, y estira una mano hacia ella, tan allá que cae fuera del balcón, y al impactar contra el cemento seis pisos más abajo sus huesos crujen, perturbando las actividades dominicales de algunos vecinos.
 
Ormenio, pintor negro que vive con su madre, traza un penacho involuntario entre las piernas desnudas de la mulata que pinta hace tres días, y cuando intenta decir “puta la vida” reconoce la gracia del detalle y queda sorprendido. Nina, trepada en los muslos de Jairo, y a punto de estallar como un balón de amor, no puede evitar mezclar el estruendo con la idea de una fractura en el palo que le sacude la vida y de un tirón lo deja expuesto al frío, se envuelve en una sábana y sale al balcón a exigir respeto.
 
Al primer vistazo no entiende, ¿qué hacen tantas flores allá abajo? Sobre el asfalto y las aceras vuelan pétalos morados, rosados, azules... Su mirada se estrella contra un bulto desbaratado en el que un brazo apunta al sur, otro al noro-riente, una pierna señala las cuatro y la otra describe una S. Y la única cabeza mira casi sobre el hombro.
Nina se agarrota. Esas tiras de pelo arisco, ese vestido de bolas púrpuras, ¿no pertenece todo eso a alguien conocido? Oye gritos confusos, ve a alguien acercarse y levantar del piso una sandalia de tela esponjosa, y entonces comprende: ese bulto es la señora del edificio del frente, la que riega las plantas con un gesto idiota y cocina guisos que apestan a diablo enfermo: “pobre mujer, tan inquieta desde que se le extravió el marido”.
 
Jairo gime bajo las sábanas, necesitado, Nina siente calambritos en “la vida”, da media vuelta, y vuelve a su hombre pensando en si la vieja habrá calculado fríamente que al caer arrastraría las materas de los cinco pisos siguientes y moriría con flores decorándole los huesos. Vieja loca. La mosca redobla su aleteo, y comienza un rápido descenso hacia la calle.

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