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De Polifemo a Cleopatra en una copa de vino

Quizá la bebida alcohólica más antigua y sofisticada, la que más polémicas desata, es el vino. Aquí, un poeta venezolano, viejo devoto de Dioniso, hace un perfil del amado caldo.

A Erin y Jean-Louis

 
Los catorce grados alcohólicos de aquel tinto eran la única defensa con la que contábamos, Eileen y yo, cuando en el restaurante El Galeón, de Valencia (Venezuela), nos disponíamos a desmontar la firme y brillante estructura de aquel cochinillo segoviano que desplegaba sus olores y armonías frente a nosotros. Las oscuras tonalidades del vino, sus complejos aromas a frutas rojas y cacao, así como la profusión de sus sabores, sostenidos por robustos taninos y efímera acidez, eran nuestro escudo de Aquiles ante la amenaza de aquel despliegue de colesteroles tan suculentos como peligrosos. Mientras me detenía en conjeturas sobre el resultado de aquella épica confrontación entre las alargadas moléculas lipídicas y nuestro Mas Julien Coteaux-de-Languedoc 1998, recordé algunos momentos de la agitada historia del Languedoc. No me refiero a la limpieza étnica de la cruzada en contra de los albigenses, sino a otra manifestación de extremismo no menos doloroso. En efecto, en el año 92 de nuestra era, el emperador Domiciano ordenó que fuera arrancada la casi totalidad de los viñedos plantados en la región de Languedoc-Roussillon. Domiciano no sólo fue el terror de las plantaciones meridionales de uva, los mismos habitantes de Roma conocieron su despotismo. Al menos así lo recuerda Tácito: “Bajo Domiciano, la principal miseria era ver y ser visto: nuestros suspiros servían de materia de acusación; aquel rostro cruel hacía que se volviesen pálidos los de tantas personas, así como el color encendido con que se defendía contra la vergüenza”. Su muerte asesinada el 18 de septiembre del 96 parece no otra cosa que un acto de justicia. Los viñedos de Languedoc-Roussillon apenas serían restaurados en el año 270, cuando el emperador Probo ordena la replantación. Mas, a pesar de esta acción agradecida, Probo conoció un fin no muy distinto al del detestable Domiciano.
 
Las primeras vides fueron llevadas al Languedoc en el siglo VIII a. C. por los griegos. Esto es, mientras en Grecia se componían los cantos homéricos, en Cuma se construía el templo de Apolo, bajo la dirección del gran Dédalo, y se establecía el culto de la sibila. El insuperado Gibbon, en pocas y envidiables líneas, nos ha dejado la crónica de este itinerario: “En tiempos de Homero, la uva crecía en forma silvestre en Sicilia y, muy probablemente, en el continente, pero no cultiv...

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