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El Malpensante

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En busca del silencio

Traducción de Juan Carlos Garay
En vía de extinción, el silencio es ya una rareza que pocos ambientalistas han volteado a mirar. En puntas de pie, la autora de este texto acompaña a Gordon Hempton en su fantástica tarea de hallar los espacios que aún sobreviven a la imparable expansión de los sonidos humanos.

Gordon Hempton capturando el silencio en el parque natural Olympic en 1990 • © Matthew Mcvay | Corbis

 

La lluvia golpea contra la puerta del baúl de mi camioneta, que abrí para cubrirme del peor momento de la tormenta. El agua escurre de los abetos hacia la hierba. Las gotas saltan entre los troncos de los arces, salpicando la zarza naranja y la acedera silvestre. Me encojo bajo mi impermeable, me echo el morral al hombro y arranco a saltar entre los charcos del aparcadero. La lluvia campanea en los automóviles, retumba en mi capucha, me golpea los hombros y tamborea en la bolsa plástica que cubre mi morral. Contra todo instinto, voy a acampar en este ventarrón del Pacífico Norte que hace castañetear los dientes. Voy en busca del silencio.

No es fácil encontrar silencio en el mundo moderno. Si la definición de un lugar tranquilo es aquel en el cual, durante quince minutos en horas del día, uno no oiga sonidos creados por el hombre, entonces ya no quedan lugares tranquilos en toda Europa. Tampoco existen ya en ningún punto al oriente del río Mississippi. ¿Y en el oeste americano? Unos doce quizás. Uno de ellos es el bosque tropical templado a orillas del río Hoh en el parque natural Olympic.

Al inicio del camino que bordea el río, donde la senda desaparece bajo la sombra de los cedros rojos y los pinos oregones se cubren de liquen, me encuentro con Gordon Hempton. Está calmado y seco bajo su paraguas, y se le ve cómodo en ropas de lana y algodón, materiales escogidos por su silencio. Es un cincuentón bronceado y ágil, y su misión es grabar los sonidos naturales del mundo antes de que se ahoguen en medio del ruido humano. Durante años ha buscado los lugares donde todavía puedan oírse claramente una cascada de agua o el canto de un abadejo. Este fin de semana me lleva a uno de los pocos parajes silenciosos que quedan en Estados Unidos.

Gordon me guía hacia el bosque tupido, donde la lluvia y el viento son silenciados por el musgo. Aun así, de camino a ese lugar callado, los sonidos naturales son ensordecedores. “En un bosque tropical como éste”, dice acercándose a mi oído, “una gota de lluvia puede golpear veinte veces antes de caer al suelo, y cada impacto –contra una rama de cedro, contra una hoja de arce– produce su propio sonido”. Se acu...

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Es ensayista y profesora de filosofía de la Universidad Estatal de Oregon. Su último libro se titula The Pine Island Paradox.

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