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Literatura

De los nombres no natos

Detrás del título escogido se esconde una multitud de intentos abortados por el autor, por el azar o por la mano de un editor sensato. ¿A dónde van a dar los nombres que no acaban por nombrar nada?

Ilustración de Jordi Elias © Corbis

Carson McCullers escribió un cuento que se titula “Sin título” y que empieza con un joven que “no sabía ni el nombre ni el emplazamiento de la ciudad donde se encontraba”.

Me fascinan los títulos abortados. Los títulos que dejaron de serlo. Los títulos que en vez de evidenciar su ausencia (“Sin título”) fueron sustituidos y, por tanto, obviados. La tensión que se crea entre el título escogido y el desechado; entre el título final, el publicado (público), y el que solo fue una opción, el nombre de una carpeta, de un fardo de hojas, de un documento de Word, el título de trabajo (privado). La vida misma se trama mediante links que unen lo descartado con lo decidido, lo existente con lo que solo fue existencia en tanto que proyecto: dos amores, dos lecturas, dos películas, dos acciones: por lo general, una perece antes de nacer. Y se impone la otra, con una luz radial, en cuyo centro está el rastro de una sombra.
Baudelaire dudó entre Los limbos, Las lesbianas y Las flores del mal. Cortázar entre Mandala y Rayuela. Speak, Mnemosyne fueel título cultista que Vladimir Nabokov quiso ponerle a sus memorias, que finalmente se llamaron –editor mediante– Habla, memoria. Mercé Rodoreda también se dejó aconsejar por su editor, Joan Sales, acerca del nombre de su obra maestra, que ella llamaba Colometa en su fuero interno. Entre Juan Villoro y Jorge Herralde convencieron a Roberto Bolaño de que Lluvia de mierda debía derivar hacia Nocturno de Chile.Junto a las lesbianas de Baudelaire (la provocación descarada) o el mandala de Cortázar (¿lo sacro que no es lúdico o lo lúdico que también es sacro?) o la madre de las musas de Nabokov o el nombre de la protagonista de La plaça del Diamant o la lluvia inmunda de Bolaño, cómo no ver una sombra poderosa, una ausencia de luz. Cómo no ver en esas traducciones, en esas adaptaciones, en esas metamorfosis una versión idiomática de la segunda ley de la termodinámica. La energía no se crea ni se destruye, se transforma, pero algo se pierde en esos procesos de transformación.
Carson McCullers llamó The Mute, durante años, a la novela que finalmente se tituló –de nuevo a causa de un editor– El corazón es un cazador solitario. En sus memorias a medio escribir cuenta cómo le llegó la iluminación –la clave de la novela, el título provisional–. Se percató de que el centro del relato era un personaje que no respondía a los estímulos que recibía, que no contestaba las preguntas que se le formulaban. Es sordomudo, decidió. O descubrió. Era sordomudo: no se había dado cuenta hasta entonces. Por tanto, el silencioso protagonista ya no podía seguir llamándose Harry Minowitz; lo rebautizó como John Singer. El nombre descartado del protagonista quedó en el limbo, como después lo haría The Mute, el título provisional de la novela. “El mudo”, en cambio, se llamó un texto en que McCullers describió la escritura y la teoría de su propia novela, años más tarde. Porque sus dos palabras se quedaron, latiendo, en silencio, bajo las seis definitivas.
Dónde irán los nombres que nunca se encarnan. Los nombres de varón que ya estaban decididos, pero nació una niña. Los nombres de los inventos que jamás llegaron a inventarse. Los noms de plume de los escritores que jamás editaron. Los nombres registrados que nunca se llenaron de contenido. Continentes vacíos: huérfanos.
En la sede de una secta de Brasilia me dijeron que entre sus virtudes contaban con una lista de nombres para los niños que nacían muertos. Había de nombrarse a los abortos para aligerar el duelo.
Entre el nombre presente y el latente hay una corriente de magnetismo y una promesa de existencia. El presente, de hecho, lleva un attachment con la lista de los nombres latentes; uno de ellos en negrita, en primer lugar, en cuerpo 20, en tipografía distinta. El otro del nombre. Los títulos de las novelas rusas de Nabokov traducidos al inglés, por ejemplo. Roberto Bolaño dijo que su cuento “Sensini” tenía, en su reverso invisible, una novela río –por ejemplo–. El amigo invisible es eso: nuestro otro, la cruz de nosotros mismos. Todo tiene su doble, su replicante, su attachment, su reverso. Antes de descubrirse, Australia era llamada “Terra Australis Incognita”. Nadie la había visto, pero por la ley universal de compensación de los cuerpos debía existir. Y debía estar, aproximadamente, donde estaba en realidad. Linneo se decidió en el siglo XVIII por la denominación “Homo sapiens” para nuestra especie; pero dudó. Dudó en titularnos de otro modo: “Homo diurnus”. Hombre diurno. Porque él estaba convencido de que existía otra especie, ignota, de visión en la oscuridad; el “Homo nocturnus”. Nuestro otro, nuestro doble inverso. Existente, como Australia hasta que fue descubierta (des-cubierta) solo en la imaginación (las imágenes).
El otro día llamé a Córdoba, donde vive buena parte de mi familia, y me respondió una voz desconocida. Una mujer mayor, cuyo nombre no recuerdo, que en vez de vivir en Santaella, como mi tía y mis primos, vivía en Espejo. Me acordé entonces de que en la memoria del cuatrienio 1994-1998 de la Universidad Pompeu Fabra, en la lista de licenciados, justo antes de mi nombre, Jorge Carrión Gálvez, aparecía el de Jorge Carrión Espejo. Llamé entonces a mi madre. Me aseguró que ella tenía muy claro que yo, al nacer, solo podía llamarme Jorge. En la guardería me empezaron a llamar Jordi. Pero yo, durante toda mi infancia, quise llamarme Carlos.
No, no es tan sencillo: me llamo Jorge porque mi madre se enamoró de ese nombre el día que conoció a su primo Jorge, que fue criado por mi abuela cuando mi madre aún no había nacido. Apenas vio una vez a su primo, poco tiempo antes de emigrar para siempre a Cataluña.
No, no es tan sencillo: dice mi hermano que era él quien quería llamarse Carlos.
Yo, supongo, con la duda entre Jorge y Jordi tuve –siempre– suficiente.
Quién sabe.
Quién sabe: el final del relato “Sin título” de Carson McCullers es una pregunta acerca del topónimo, el nombre del espacio: “Estaba medio borracho cuando me apeé del autobús. ¿Cómo se llama este lugar?”.
Invitado Festival Malpensante 2009

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Jordi Carrión

Desde 2006 es codirector de la revista Quimera. Es el autor de 'Ene', 'TeleShakespeare' y 'Norte es sur'.

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