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La habitación iluminada

En muchos aspectos, Chéjov fue el primer narrador de veras moderno. Sus personajes, sacados sin contemplaciones pero con lealtad del maremágnum ruso, siguen siendo nuestros contemporáneos a poco más de cien años de distancia.

Al modo de los íconos de la Iglesia ortodoxa rusa, la imagen de Antón Chéjov preside el cuento contemporáneo. Los practicantes del género suelen tener una foto suya cerca del escritorio de los desafíos. Ya sea recostado en una escalera con un perro en brazos, viendo a la cámara con espejuelos en la etapa de Yalta o antes de llevar barba en sus años de estudiante de medicina (los rasgos tártaros más notorios), conserva una serena fotogenia. Sus retratos parecen entrañar una moral. Arte de la reticencia, el cuento no tuvo un profeta enardecido. Chéjov mira a través del tiempo como si recordara la transgresión sutil que buscó en sus historias: “una vida que ninguna circular prohibía, pero que no estaba permitida del todo”.

Conviene iniciar la revisión de sus cuentos con otra fotografía. María Vasílevna, protagonista de “En el carro”, conserva una imagen de su madre muerta, tan gastada que sólo se distinguen el pelo y las cejas. Ese desteñido talismán es su más valiosa pertenencia. Al final de la travesía que ocupa la mayor parte de la trama, ve la llegada de un tren. El ventanal de la estación reverbera; todo se inunda de un resplandor hiriente. En el andén de primera clase, María entrevé la silueta de su madre y recupera la “habitación luminosa y bien caldeada” en la que transcurrió su infancia. El tiempo perdido regresa en forma torrencial, como si la vie­ja fotografía volviera a revelarse. La trama —hasta ese momento la his­toria de un vacío— adquiere poderosa ilusión de vida. Una foto desdibujada y un tren en movimiento desatan una compleja red de sentidos. Antón Chéjov cuenta un cuento.
 
Al menos en otra ocasión el autor se sirvió de la frase “una habitación luminosa y bien caldeada” para ubicar el sitio del que surgen las historias. En “Iván Matveich” un hombre de letras aguarda la visita de su infructuoso secretario. Harto de sus retrasos, se decide a despedirlo. Cuando el joven finalmente llega, el letrado ve con desprecio sus ropas grasientas, la forma en que toma el té sin aguardar a que se enfríe, la voracidad con que come galletas y mete otras en los bolsillos. El protagonista emprende su dictado seguro de que será el último. El secretario lo interrumpe para hablar de lo que ha visto en el campo. Es un notable observador de la naturaleza, pero el sabio tiene otras cosas en mente. El relato continúa hasta el m...

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Juan Villoro

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