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Papelones de antología

INTRO: Según la leyenda los escritores la pasan bomba, pero según la cruda realidad la vida literaria está llena de momentos vergonzosos. El editor y poeta Robin Robertson pidió a un grupo de autores anglosajones que describieran algún episodio bochornoso que les hubiera tocado padecer. A continuación Rodrigo Fresán hace una presentación del libro resultante y en seguida se incluyen tres relatos en traducción.

 

 

 

Para empezar a discutir este oscuro asunto, una cosa está clara: la práctica de la literatura es una actividad privada, solitaria, secreta. El lector —el espectador de la cuestión— no tiene por qué saber mucho sobre el escritor. No hace falta. Y si se siente especialmente curioso, ahí están las biografías o internet. A diferencia de lo que ocurre en otras ramas de la cultura y del arte, en la literatura la obra aparece muy separada del obrero. No hace falta que el mago haga una reverencia luego de haber realizado su magia blanca o negra. Y tampoco es que haya mucho para ver: una persona inclinada sobre papel o pantalla, con mala postura y más o menos buenas intenciones.

Aun así —de un tiempo a esta parte, y cada vez con mayor intensidad— se le pide al escritor más y más veces (algunos contra­tos con editoriales llegan a reclamarlo como cláusula inviolable) que aparezca, se muestre, opine, sea una figura pública porque los alquimistas del marketing han dictaminado que un escritor fácil de reconocer es más fácil de vender —de ahí que por estos días un escritor muerto “valga menos”— y ya no es suficiente la distante familiaridad de la foto de solapa. Ahora hay que presentar libros propios y ajenos, participar en congresos y en rectangulares mesas redondas, escribir en los medios sobre no-ficciones para volver más atractivo lo ficticio y, si se puede, conseguir un papelito en una película o casarse con una estrella de cine.
 
Tal vez la culpa de todo la tenga el inventor de la fan­tasmada en cuestión, Charles Dickens, quien —cualquier excusa era buena para no estar en casa con una esposa a la que detestaba— se embarcaba en continuos tours y lecturas en las que, de algún modo, se convertía en actor de sus propios libros ovacionado por multitudes. El que semejante esfuerzo acabara matándolo —un contemporáneo diagnosticó su muerte como “suicidio por lectura en público”— no significa que Dickens lo hiciera mal. Todo lo contrario: parece que era genial —hacía llorar hasta a los candelabros— al leer el fragmento de The Old Curiosity Shop en que se descubre que la pequeña Nell ha muerto. Lo que no impide, claro, que no abunden los escritores como Dickens. Y es que, por lo general, los escritores no suelen pasarla bien en los auditorios (a menos que esta actitud se profesionalice hasta extremos patológicos: ya hay profesores de actuación especializados en escritores, que los prep...

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Rodrigo Fresán

Buenos Aires, 1963), escritor argentino radicado en Barcelona.

Septiembre de 2004
Edición No.56

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

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