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Alquimia para sibaritas

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El martini es un trago contundente. Con uno pesan las piernas, con dos pesan las piernas y la lengua, con tres se conoce la clave del universo, que será olvidada después de la cena o, acaso, durante el sueño. Con tres paro la cuenta, porque el cuarto martini no existe: luego del tercero está uno tan colocado que pueden poner aguarrás en la copa glamorosa y adornar con un mamoncillo, y no se notará la diferencia. Al respecto, la frase de la encantadora Do­ro­thy Parker es ya casi emblemática: “Lo mío es un mar­tini. Dos a lo más. Con tres estoy debajo de la mesa. Con cuatro, debajo de mi anfitrión”. Por eso Noël Coward decía que “no hay virginidad que resista tres martinis”. Por eso la mezcla debe tomarse a sorbos muy cortos, intentando que pase más por la nariz del bebedor que por su boca.

Para los lectores poco atentos, aclaro en este punto que estoy hablando del dry martini, el coctel por antonomasia (muchos letreros de neón que anuncian la venta de cocteles utilizan su silueta: copa cónica, de pie alto, adornada por una aceituna), y no del aperitivo dulcete que toman los italianos bronceados de los comerciales, con hielo y un trocito de limón de cáscara amarilla, en vaso corto. Si quiere uno la ya emblemática mezcla de ginebra con vermut seco coronada por el fruto del olivo debe pedir dry martini y no martini a secas, al menos en locales no especializados.
 
El hermano de mi padre, a quien todos en la familia llamábamos El Maestro, cargaba siempre en la cajuela de su viejo Mercedes del 59 una botella de ginebra. Se daba tragos largos cada tanto durante el día, directamente del gollete. Frente a él, que la miraba con delectación, vi por primera vez una copa de dry martini, mientras esperábamos el almuerzo en un restaurante. Le daba sorbos cortos, contraviniendo su costumbre con la ginebra, lo cual me parecía extraño. Además, yo podía advertir que cuando el almuerzo se hacía esperar y él tenía tiempo para dos martinis, su conversación se hacía más graciosa, nos dejaba callados a todos con sus chistes filosos y sus historias condimentadas con gestos, silencios, miradas.
 
Alguna vez, al ver que yo miraba de hito en hito su copa, me alargó un trago mientras me decía que sólo untara los labios. Encontré un sabor que nunca había conocido a mis 12 años, candente, picante, que nunca fue olvidado. Pero creo que uno llega al completo gusto del martini después de los 30, cuando...

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Camilo Jiménez Estrada

Fue editor de 'El Malpensante', y jefe de redacción de la revista 'SoHo'. Desde 2007 administra el blog de contenido literario El ojo en la paja.

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