Así pues, mi oficio no es nada fácil, como podría parecer, sino todo lo contrario. Y eso porque no hay nada que penda más pesadamente sobre el mundo que la palabra escrita. Copio para la Cancillería de la ciudad todo tipo de documentos y no se me permite el menor error porque los papeles que yo compongo sostienen y consolidan un modo de vida que los de aquí vienen respetando desde hace siglos. También copio novelas de caballería, libros populares, cuentos y toda clase de escritos sagrados y tampoco aquí se me perdona un fallo porque a nadie se le permite meter baza en obras de creación ajena. Únicamente mi libro (en realidad, estas pocas líneas) sufrirá mientras viva un continuo cambio. Jamás lo consideraré concluso. La primera redacción, ésta de ahora, tendré que revisarla docenas o centenares de veces, buscando un ideal de perfección. Quizá tampoco llegue a ser un libro sino tan sólo un breve cuento. Estoy tratando de escribir algo sobre mí, aunque los acontecimientos que valga la pena de exponer sean pocos. He rebasado los cuarenta años, ahora es el momento idóneo para ello. Más tarde, la mano me temblará y mi mente empezará a llenarse de telarañas. ¿Hay acaso algo más importante en el mundo que la propia vida de uno? Nada más personal pero casi siempre en beneficio de otros. Vivimos sólo lo que nos dejan. O lo que logramos esconder.
Si bien lo pienso, creo que sobre mi juventud no hay gran cosa que decir. Pero voy a intentarlo. Me parece que va a ser una experiencia interesante, comparable, tal vez, a la de un pintor que, para plasmar una imagen, tuviese que utilizar nada más que el color blanco. Seguramente tampoco en los años de madurez habré vivido acontecimientos fuera de lo común, sólo mi vida interior ha sido más profunda. Aún quedaría la niñez. Desde pequeño estaba destinado a la escritura. Mi padre también había sido calígrafo, igual que mi abuelo materno. Casi podría decirse que habría sido antinatural que me hubiesen preparado para otro menester. Mis primeros recuerdos están ligados a unas letras de madera tan grandes como una pieza normal de ajedrez. Las habían tallado especialmente para mí con la intención de que me familiarizase con ellas, de la misma forma que a otros se les acostumbra desde tierna edad a andar por un alambre o a hacer juegos malabares con bolas. Ya desde entonces se me unció al carro de la escritura ...