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Coda

¿Quién lo siente ahora?

Desde que las disculpas políticas se inventaron, no todo el mundo queda bien. George W. Bush, por ejemplo, anda enredado dando disculpas que nadie le cree.

Vivimos en tiempos de disculpas. Cuando ocurre una crisis o se destapa un escándalo, el primer instinto de los personajes públicos de hoy es echar a volar torrentes de arrepentimiento. Estas inextinguibles fuentes de contrición desembozada han generado expectativas entre todo el mundo: las víctimas —reales o presuntas— exigen no sólo justicia sino penitencia; y los periodistas les dan gusto. Así fue como la comisión para la investigación de las fallas en la seguridad pública de Estados Unidos se transformó en una telenovela. ¿Seguiría Condoleezza Rice el pie que le dio Richard Clarke y expresaría un telegénico “lo siento” por haber permitido que todo aconteciera? ¿Cómo se “vería” ella si se disculpaba en toda la línea? Y —todavía más interesante para los medios— ¿cómo se vería si se negaba a hacerlo?

La doctora Rice es una Asesora de Seguridad Nacional mediocre pero resulta hábil en términos tácticos. Al rehusarse a expresar remordimiento (“no sería bueno para las víctimas o para el país que yo pidiera perdón por permitir que el 9/11 pasara. Eso sería enredarse en el pasado”, según le explicó al periodista Ed Bradley en el programa 60 Minutes), ella pagó una leve multa en el concurso de la cordialidad, al tiempo que lograba apartar la atención del periodista de lo que realmente importa. Los protagonistas eran los sentimientos presentes de Condoleezza, no sus acciones pasadas. Antes solíamos prestar atención a lo que las figuras públicas hacían y a lo que pensaban. Ahora sólo nos interesa saber cómo se sienten. Y todos, del presidente para abajo, nos complacen con entusiasmo.
 
Se trata de un desarrollo reciente. En el pasado, los políticos por lo general se hacían los desentendidos frente a las malas noticias. En vez de contar cómo se sentían sobre algo desagradable en lo que podría caberles responsabilidad, se reducían a negarlo de plano: “Nunca pasó”. Más tarde, cuando la negación se tornaba imposible, rebajaban la importancia del hecho: “Bueno, sí pasó, pero no fue tan grave como dicen”. Y todavía más tarde, cuando la escala del crimen o del escándalo era evidente para cualquiera, concedían que “bueno, sí pasó y es tan grave como dicen, pero fue hace mucho tiem...

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Tony Judt

Profesor especializado en estudios europeos e historia, es el director del Instituo Remarque de la Universidad de Nueva York. Entre sus libros se encuentra The Politics of Retribution in Europe: World War Two and its Aftermath (2000).

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