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Literatura

El golem

Traducción de Juan Gabriel Vásquez
La vida del golem, como la del libro, está inseparablemente ligada a la de su autor. Para ambos casos, esta receta vital de dependencia mutua.

Bela Lugosi como Ygor en El fantasma de Frankestein (1942) © Corbis

El más conocido –modelado con el barro del río Moldau, por el rabino Loew de Praga, para que fuera sirviente o protector del gueto– es el más sospechoso, pues ha sido concebido y popularizado por toda una serie de novelistas y cineastas a lo largo de los últimos cien años. El más antiguo es Adán, el pedazo de tierra original que recibió, en el sexto día de la creación, el soplo de la inspiración del Divino Nombre. Pero la historia del golem tiene cien variantes, del becerro de barro que, en Babilonia y hace dos mil años, fue llamado a la vida y prontamente devorado por dos rabinos hambrientos, Hanina y Oshaya, hasta refinamientos como el golem de retazos de von Frankenstein y el hijo de madera de Gepetto. Mientras trabajaba en mi novela Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, descubrí que la trama exigiría que el golem de Praga representara un pequeño pero crucial papel. En cuanto este sorprendente hecho me resultó evidente, me puse a buscar información sobre golems. Lo que encontré fue un perspicaz comentario sobre la escritura de novelas.

Todos los cazadores de golems terminan inevitablemente a los pies del brillante Gershom Scholem, cuyo ensayo “La idea del golem” explora con desalentadora profundidad las fuentes remotas y a veces abstrusas del perdurable tema del hombre de barro que viene a la vida por un encantamiento. El encantamiento, por supuesto, es obra del lenguaje; hechicería y charla. El golem cobra vida gracias a fórmulas mágicas, palabra por palabra. En algunas versiones, el Nombre de Dios queda inscrito en la frente del golem, y en otras está escrito en una tableta y escondido bajo su gris lengua muda. A veces la palabra mágica es el vocablo hebreo para verdad, emet; para matar al golem, en este caso –para desactivarlo– uno debe borrar la inicial letra aleph de su frente, y así dejar solo met: muerte.
Hay buenas razones para creer, según Scholem, que algunos recuentos de creaciones de golems son fácticos. Durante el apogeo medieval de la Cábala ciertos rabinos y adeptos –que dedicaban largo tiempo a considerar el Sefer Yetsirah o Libro de la Creación– culminaban sus estudios y probaban su ...

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