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El Malpensante

Iceberg

Eso que no se ve

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El poeta Gonzalo Rojas, amigo de estas páginas desde la primera edición, ganó por estos días el Premio Cervantes en España. La siguiente nota fue escrita por nuestro colaborador en Colonia cuando se supo de la decisión hace algunos meses.

 
Hace cuatro años, por estas mismas fechas, en la radio alemana donde trabajaba entonces me tocó reseñar la concesión del Premio Cervantes a Jorge Edwards, y mi reacción fue preguntar lo siguiente: “Si la ruleta señalaba que en 1999 le tocaba por fin a un autor chileno, ¿cómo no tener en cuenta al más alto poeta vivo de la lengua castellana, al insigne Gonzalo Rojas, quien a sus 82 años sigue siendo un ejemplo de creación sin par?”. De manera que en esta ocasión, a sólo diez días de que Gonzalo cumpla sus juveniles 86, el día 20, festividad de santo Domingo de Silos, qué me queda por decir sino: ¡ya era hora!
 
He escrito Gonzalo a secas, y es que en nuestra casa Gonzalo Rojas es sencillamente Gonzalo. Desde hace muchos años. Desde que nos conocimos acá, en Bonn, cuando nos presentó el profesor Rafael Gutiérrez Girardot, y yo le hice una interviú para mi emisora, y él, al volver a Chile, le comentó muy extrañado a su esposa que en Bonn lo entrevistó un periodista que había leído a Paul Celan. En la casa de Gonzalo, en Chillán, estaba prendida la radio, y justo en esos momentos en que él se lo estaba comentando a Hilda comenzaron a retransmitir la entrevista que yo le había hecho. Y él lo consideró, y me lo dijo luego, una señal secreta.
 
Me lo dijo en Hamburgo, en el otoño del 86, durante un congreso de escritores iberoamericanos en el que también participaba Álvaro Mutis, gran amigo personal de Gonzalo y predecesor suyo en el Cervantes: lo recibió hace dos años. Quería la casualidad que ambos tuviesen que recitar en Colonia, a continuación del congreso hamburgués, de manera que nos vinimos para acá los tres en un tren superexpreso que, como todos los que circulan en Alemania, se identifica con un nombre. El nuestro se llamaba... Hölderlin. Otra señal secreta.
 
A partir de ese momento nuestra correspondencia ha sido siempre muy nutrida, y uno de los mayores tesoros que existen en mi archivo son los poemas de Gonzalo, que me iba enviando regularmente desde Provo, Utah, en cuya universidad él fue docente muchos años...

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