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Querellas en el viento

Con todos sus nombres y sin un rostro, el viento es un personaje al que resulta difícil trazarle un retrato. Rastreando las huellas de su paso, el autor dibuja un perfil muy personal de este viajero.

Ilustración de A. Savolainen

 

Hay unos adolescentes apostados en una esquina de una calle de Barranquilla esperando que la brisa le alce la falda a alguna mujer desprevenida. El viento levanta ráfagas de arena y los transeúntes caminan con la cara ladeada y los ojos achinados. Un calvo se agarra los tres pelos que hace un momento lamían su cráneo; trata de pegárselos de nuevo, pero la brisa burlona no se lo permite. Un muchacho corre detrás de unos papeles mientras sus amigos se ríen de él. Él también se ríe, pero de una forma triste y angustiosa.

Parece mentira que una cosa tan inasible como el viento, tan abstracta, le cambie el rostro a la ciudad, modifique el comportamiento de sus habitantes, desfigure sus modales, los arrincone en la ridiculez y que el responsable ni siquiera se pueda señalar con el dedo. Cuando llueve, al menos uno sabe por dónde pasarán los arroyos más peligrosos de la ciudad, en cambio el viento no sigue ningún cauce. Es caprichoso y extravagante. Cuando menos piensas te puede lanzar un pedazo de teja en la cabeza o desplumarte el único billete que tienes para el bus.

¿Cómo no asustarse cuando suena el mismo silbido aullador que se escucha en las películas del oeste cuando está a punto de llegar el villano? Aunque en este caso el villano y la brisa son la misma cosa, el mismo forajido que viene a sabotear el pueblo. En el caso de la lluvia, uno puede defenderse con un buen paraguas o un largo impermeable, pero en cambio nadie se ha inventado hasta ahora el “paravientos” o algo por el estilo. No queda otra que salir a la calle a la buena de Dios, con apenas la señal de la cruz o la bendición de la abuela, y a ver qué te espera en la calle, el golpe avisa.

Aunque llegan a refrescar el clima cruel de todo el año, los alisios pueden alzar tanto el oleaje que en la madrugada del pasado 8 de marzo mutilaron doscientos metros del muelle de Puerto Colombia, destecharon casas y un polideportivo, destruyeron paredes y postes, tumbaron torres de iluminación en un estadio de béisbol, arrancaron árboles de raíz y reventaron cables de energía con la facilidad con que se remueve una telaraña.

Alguna vez, cuando era niño, el viento fue un soplo divino y no ese bufido apocalíptico que terminó de arrasar a Mac...

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Paul Brito

Su libro El proletariado de los dioses (Collage Editores, 2016) estuvo nominado al Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. Colabora con El Tiempo, Arcadia, El Heraldo y El Malpensante.

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