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El Malpensante

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Los empresarios y la cultura

La relación entre la cultura y la empresa privada puede ser nula, distante o provechosa para ambas partes. El autor repasa el caso mexicano, en una reflexión pertinente para lo que vivimos en el país.

 

© Camilo Mahecha

Milton Friedman regañó alguna vez a los empresarios por distraerse de su misión social: hacer dinero. Crear empleos, mejorar el ambiente o cualquier otro objetivo le parecían «puro socialismo» («The Social Responsibility of Business is to Increase its Profits», The New York Times Magazine, 1970/09/13). Sin embargo, el concepto de empresa socialmente responsable se extendió, como puede verse en la Harvard Business Review y en la moda de establecer principios de acción empresarial (mission statements). Una cosa es creer en el mercado como la solución más práctica para infinidad de cosas, y otra es tenerle fe como remedio teórico ideal para todo.

Si todo fuera mercantil, y el mercado fuera perfecto; si todos los valores pudieran expresarse como precios, y la satisfacción de todos maximizarse comprando y vendiendo competitivamente, el valor agregado por las operaciones lucrativas sería la suma de todo lo humanamente valioso. Las utilidades de cada empresa serían el reflejo exacto de su aportación al bien común. Lo mejor para todos sería el lucro máximo.

Pero el desarrollo del bien común ni está peleado con el lucro ni puede reducirse a lucrar. La vida económica es parte de una vida más amplia: personal, familiar, social, política, cultural y religiosa, lo mismo en las tribus nómadas que en la vida moderna. Un empresario, como todo ser humano, es mucho más que un Homo economicus. Tiene aficiones, entusiasmos, sueños de realización personal y de vida en común que rebasan el ámbito lucrativo. Limitarse a lo que es negocio sería una mutilación del desarrollo personal y social. En la práctica, los empresarios actúan como líderes sociales en un sentido amplio. Los ejemplos abundan. El más notable ha sido el de los Medici, que hicieron grandes negocios y pasaron a la historia como promotores del Renacimiento.

Claro que también existe el empresario miope ante la historia, el interés social y hasta sus propios intereses. Se atribuye a Lenin una burla sobre la tontería de no ver más que la ganancia inmediata: los capitalistas nos venderán las sogas con que vamos a colgarlos...

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