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Unas cuantas precisiones y algunos interrogantes

Para algunos, la política del actual gobierno americano es mentirosa, cínica y no está muy lejos del totalitarismo. Nuestro colaborador habitual enumera catorce razones para calificarla así.

El requisito para que las noticias se vuelvan noticias en Estados Unidos sigue siendo un misterio. Entre las revelaciones que dieron pie al más reciente escándalo en torno al equipo Bush y la guerra en Irak no había ninguna que no fuera de conocimiento público desde hace meses o años; no obstante, se sigue corriendo sobre ellas el velo de la negación, las recriminaciones y el ocultamiento deliberado. Los funcionarios de la administración recurren a la turbia excusa de Rick en la película Casablanca (“me informaron mal”), mientras que los halcones y los llamados halcones liberales echan mano del viejo truco de escoger los más pintorescos de entre los argumentos de sus opositores para refutarlos. Veamos unos cuantos hechos evidentes.

1. La invasión de Irak fue una prioridad del equipo Bush desde el comienzo. (El 27 de enero de 2001 escribí que una de las “preocupaciones primordiales” de la nueva administración sería el “regreso a Irak”. Mi fuente de información privilegiada fue el New York Times). Las solemnes e incesantes advertencias sobre amenazas inminentes, terrorismo y armas de destrucción masiva eran apenas un plan de mercadeo —como lo admitió Paul Wolfowitz—, de una línea de acción concebida con mucha anticipación. (De no haber mediado los acontecimientos del 9/11, es posible que la invasión se hubiese llevado a cabo en el invierno de 2001/2002, como maniobra de distracción para esconder el colapso de la economía y como remedio para la enorme im-popula­ridad de Bush, un incompetente que se robó las elecciones).
 
2. Irak no tenía armas de destrucción masiva. El cruce de acusaciones mutuas basadas en el “quién sabía qué” no es más que una forma de cortar por lo sano en un año de elecciones. En cuanto a las armas químicas/biológicas, el equipo Bush escogió lo que quería oír de los informes de la CIA, al tiempo que acusaba a la agencia de subestimar la amenaza. (Ahora se quejan —y también es una falacia— de que la CIA sobreestimó la amenaza). Para hacer contrapeso a la información que no les acomodaba, Rumsfeld tomó la inau­dita decisión de crear su propia oficina de inteligencia dentro del Pentágono para que confirmara sus engaños. Todas las fuentes de inteligencia (incluyendo a los israelíes) tenían claro que Irak carecía de armas nucleares y que ni siquiera contaba con los rudimentos de una...

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