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Ensayo

La prensa suicida

Periódicos: dos visiones inconformes

Traducción de Patricia Torres

Alrededor de la actual crisis de los periódicos se han acuñado un montón de lugares comunes ampliamente aceptados. Estos dos puntos de vista –uno desde Estados Unidos y otro desde Colombia– amplían las perspectivas, redibujan los motivos y plantean sugerentes alternativas para el periodismo impreso. 

Ilustración de Diego Patiño

 

Si uno quisiera definir el momento preciso en que la prensa norteamericana quedó en estado de observación debido a sus tendencias suicidas habría que decir que fue hace poco más de tres años. Ahí fue cuando, durante la cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, Stephen Colbert pronunció un monólogo en el cual acusó a sus anfitriones de ser unos simples taquígrafos que, en esencia, habían permitido que la Casa Blanca de Bush quedara impune después de cometer múltiples asesinatos (o, al menos, ser responsable de la guerra en Irak). Para probarlo, y gracias a C-Span, es posible ver al periodista, muy elegante en el salón de baile del Hilton de Washington, adulando a los potentados del gobierno; en algunos casos, a las “fuentes” mismas que suministraron todos esos datos ficticios sobre las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein.

Sin embargo, el discurso de Colbert no tuvo consecuencias fatales. Según el Washington Post, “no surtió el efecto deseado”. El Times ni siquiera lo mencionó al comienzo. Pero para desconcierto del Establecimiento, el ingenioso discurso de Colbert se difundió como un virus en cuestión de horas y llegó a convertirse en el video más popular de iTunes. La desconexión cultural entre el establecimiento periodístico y el público al que aspira a servir no podría haber quedado retratada de manera más patente.

Desde entonces, las malas noticias acerca de la industria periodística han ido en aumento. La circulación y los ingresos de los diarios van en caída libre. Desde Los Angeles Times hasta The Philadephia Inquirer, legendarios medios están tambaleándose. La compañía del New York Times amenazó con cerrar The Boston Globe si sus empleados no accedían a hacer sacrificios sustanciales en términos de salarios y beneficios laborales. Otros periódicos sencillamente han desaparecido. El número de periodistas que trabajan en medios nacionales y locales se está reduciendo. Uno se da cuenta de que la cosa está grave cuando el Senado se siente obligado a intervenir, como sucedió en días pasados, promoviendo audiencias sobre “El futuro del periodismo”.
Sin embargo, no todo pinta tan mal para el Titanic. La bacanal de los corresponsales de la Casa Blanca tuvo lugar el pasado 9 de mayo. Y esta vez nadie podía acusar a los invitados de no tratar de sintonizarse con los jóvenes que acogieron masivamente el video de Colbert en iTunes y Facebook tres años atrás: importantes periodistas de moda sorprenden ahora a sus seguidores con mensajes de 140 caracteres que aparecen en Twitter. O lo hacían. Porque tan pronto las grandes firmas de los medios de Washington comenzaron a usar de manera ostentosa Twitter, Nielsen informó que más del 60% de los usuarios de Twitter se retiraron después de un mes.
Las causas de la caída del periodismo –algunas autoinfligidas y otras que están fuera de nuestro control (la crisis económica mundial)– son bien conocidas. Para viajar en el tiempo hasta el comienzo del aspecto tecnológico del desastre hay que buscar en YouTube un informe aparecido en 1981 en un noticiero de la cadena KRON, acerca del uso de internet por parte de los dos diarios del área de San Francisco (el título exacto del video es “1981 primitive internet report on KRON”). El video muestra un fragmento de un noticiero de una cadena de San Francisco emitido hace 28 años, en épocas anteriores a la web, en el cual la presentadora anuncia un “rebuscado” experimento realizado por los dos periódicos de la ciudad, The Chronicle y The Examiner, para llevar las noticias hasta las casas de los lectores que tuvieran computadores, a través de primitivos módems que funcionaban con la línea telefónica. Aunque en ese momento había, a lo sumo, 3.000 personas con computadores en su casa en el área de San Francisco, cerca de 500 contestaron el cupón solicitando el servicio solo a The Chronicle. Pero, tal como asegura la presentadora al final, teniendo en cuenta que bajar la información al computador tomaba unas dos horas (a cinco dólares la hora), “el nuevo diario computarizado no le hará mucha competencia a la edición de veinte centavos que se compra en la calle”.
El resto es una historia irreversible. Este rebuscado experimento periodístico se desvaneció rápidamente, incluso en San Francisco, la puerta de entrada a Silicon Valley. Hoy día The Examiner, que alguna vez fue el diario insignia del gran imperio periodístico de William Randolph Hearst, existe solo de nombre y es un tabloide gratuito. The Chronicle está bajo amenaza de muerte.
Pero este autodestructivo alejamiento de la innovación no es nuevo en la historia de las comunicaciones en Estados Unidos. En la última revolución tecnológica anterior al surgimiento de internet –el nacimiento de la televisión a finales de los cuarenta–, el patrón de los acontecimientos fue notoriamente similar. La industria del entretenimiento se refería a la televisión como “el monstruo” y en 1951 el editor del diario de la industria, Variety, tenía miedo de que el monstruo terminara “devorando prácticamente toda la industria del entretenimiento”. Una generación antes, el cine había acabado con el vodevil. Este nuevo electrodoméstico amenazaba con eliminar a la radio, al cine, al teatro de Broadway, a los clubes nocturnos y al circo. Y a los periódicos también: “El noticiero Today de la cadena NBC, atacado por los diarios por considerarlo competencia”, decía en grandes letras un titular de primera página de Variety en 1952.
Las empresas vulnerables de todos estos campos se enloquecieron. La mayoría de los estudios de cine rechazaron el futuro y se negaron a venderle a la televisión sus películas viejas y a permitir que sus estrellas aparecieran en televisión. Pocas aprovecharon la oportunidad de producir programas para el nuevo medio. En lugar de eso, algunos magnates trataron de competir con la televisión mediante la exhibición de eventos deportivos a través de circuitos cerrados en teatros de cine. En 1952 y 1953, el Cinerama, el cine en tercera dimensión y el Cinemascope recibieron amplia promoción para tratar de retener al público que iba a cine. Pero ninguna de esas desesperadas estrategias de resistencia pudo detener la revolución del video. Los noticieros que pasaban en cine, los palacios del cine, las radionovelas y comedias radiales y los periódicos vespertinos, entre otros productos básicos de la canasta familiar cultural de Estados Unidos, quedaron condenados a morir.
Y, sin embargo, en 2009 los estudios de cine de Hollywood, la radio y el teatro de Broadway todavía sobreviven, aunque reducidos y muy cambiados. Aprendieron a adaptarse y a colaborar con el monstruo.

En la era de internet muchos sectores de la industria de los medios en Estados Unidos han vuelto a adoptar ese mismo comportamiento al principio complaciente y luego marcado por el pánico de hace sesenta años. Muchos miembros de la industria del entretenimiento solo vieron el cáncer digital que se estaba expandiendo por sus obsoletos modelos empresariales cuando el hábito de compartir archivos vía Napster comenzó a diezmar la industria de la música. El periodismo no es el único que está luchando por encontrar un camino para sobrevivir. Pero, con el debido respeto por la industria del espectáculo, el periodismo sí es el único esencial para el funcionamiento de la democracia. Y no solo porque Thomas Jefferson lo haya dicho, como nos recuerdan una y otra vez.

Sí, los periodistas han cometido miles de errores y siempre será así. Pero sin su trabajo y esfuerzo, para citar unos cuantos ejemplos recientes significativos, no nos habríamos enterado de las miserables condiciones de nuestros veteranos en el hospital Walter Reed, de las interceptaciones ilegales del gobierno, de las estafas en Enron o de la presencia de esteroides en el béisbol.
El acto de buscar e investigar la noticia no se debe confundir con el de escribir columnas de opinión o hacer pomposas disertaciones (como este texto, por ejemplo). Las opiniones pueden ser estimulantes y, para el público de Fox News y MSNBC, hasta catárticas. Podemos pasar horas navegando entre los comentarios de los blogueros que nos gustan o que despreciamos, algunos son verdaderas joyas, al tiempo que nos sentimos tentados a escribir nuestros propios blogs sobre restaurantes locales o documentos del gobierno que estudiamos obsesivamente en línea.
Pero dar una opinión, aunque sea muy lúcida o provocadora, y aparezca publicada en línea, o en letras de molde, o en televisión en los horarios de mayor audiencia, es barato. Mientras que investigar las noticias puede ser costoso. Algunos trabajos periodísticos –por ejemplo, la supervisión de la entidad local encargada de la educación– pueden y son adelantados por periodistas “ciudadanos” voluntarios, que disponen de tiempo, integridad y un sitio web. Pero no podemos contar con opiniones serias sobre el papel de Estados Unidos en la guerra contra los talibanes en Pakistán, a menos de que un corresponsal valiente y bien informado (que cuente con una seguridad que lo proteja) nos cuente en tiempo real qué es lo que de verdad está sucediendo allí. No podemos saber qué es lo que está ocurriendo a puerta cerrada en las instituciones corruptas y difíciles de penetrar de Washington o Wall Street si un equipo de periodistas, armados con el conocimiento técnico apropiado y contactos desarrollados a lo largo de mucho tiempo, no está indagando allí noche y día. Esos periodistas tienen que comer y pagar el arriendo, ya sea que trabajen para la prensa escrita, para una cadena de televisión, para una empresa de internet o para alguna nueva entidad periodística que todavía no nos podemos imaginar.
La forma de acceder al fruto de su trabajo –ya sea a través de un diario, o de una pantalla de computador, o de un BlackBerry, o de un Kindle o de un podcast– es irrelevante. Pero alguien –y ciertamente no debe ser el gobierno, con todos sus conflictos de intereses– debe pagar por ese contenido y hacer todos los esfuerzos posibles por vigilar su exactitud e imparcialidad. Si perdemos las últimas empresas periodísticas dedicadas a la investigación y la búsqueda de noticias que todavía quedan en pie, ya no habrá noticias que poner en Google News, a menos que Google desembolse un dinero para reemplazarlas. Pero no lo va a hacer.
Uno de los comentaristas más refrescantes sobre el tema de la cultura en internet, Clay Shirky, ha escrito, con razón, que nadie sabe en realidad qué forma tomará el periodismo en la cambiante era posterior a los periódicos. Al mirar en retrospectiva los impredecibles cataclismos causados por la invención de Gutemberg, Shirky escribe: “Estamos viviendo como en 1500, cuando es más fácil ver qué está dañado que ver lo que lo reemplazará”. Entonces, ¿quién hará el trabajo periodístico pesado? “No importa, lo importante es que funcione”. Hay que intentar todos los experimentos, tanto en el ámbito profesional como en el aficionado, ya sea por parte de instituciones como el Times o por “algún jovencito de 19 años del que casi nadie ha oído hablar”.
Pero lo que no se puede reinventar es el sistema comercial. El solo hecho de que la información quiera ser gratuita en internet no significa que siempre pueda serlo. La publicidad en la web nunca será tan rentable como para sostener una ambiciosa red de investigadores y periodistas. Si el público al que no le importa gastar dinero en el envío de mensajes o pornografía no paga la cuenta de los buenos reportajes, todo está perdido.
Esa es la razón por la cual el debate que adelantan los periodistas acerca de las posibles formas de pago (a través de suscripciones, o donaciones al estilo de las que sostienen la organización de estaciones de radio públicas de Estados Unidos, o el pago de tarifas muy bajas al estilo de iTunes, o apoyo de fundaciones) es demasiado específico y, en últimas, irrelevante. Al igual que los mordaces ataques entre los medios viejos y los nuevos medios. La pregunta, en realidad, le corresponde al público, no a los periodistas. ¿Están dispuestos a pagar por las noticias, sea cual sea el medio que se imponga?
Es un asunto de prioridades. No hace mucho tiempo nos reíamos de la idea de pagar por ver televisión. La televisión gratuita se consideraba uno de los derechos inalienables de los ciudadanos de Estados Unidos (que a su vez era pagada por los anunciantes). Pero luego la televisión satelital y por cable se volvieron la norma nacional.
Burlémonos a toda costa de los medios establecidos que se acicalan para celebrar todos juntos en un salón de baile de Washington. Condenemos el periodismo amarillista que, como las cucarachas, siempre va a existir. Pero si también queremos contar con un amplio servicio de noticias interesantes y verdaderas, pronto llegará el día en que tengamos que pagar u olvidarnos del asunto. Sea cual sea la forma que tome el periodismo en Estados Unidos, estén seguros de que, al final, siempre obtendremos exactamente aquello que pagamos.

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Comentarios a esta entrada

Elizabeth Sad

¿donde dice Establecimiento quiere decir "establishment"?

Su comentario

Frank Rich

Es un antiguo y destacado columnista del New York Times.

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