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El Malpensante

Política

Diez alternativas en la guerra contra las drogas

En tiempos en que la guerra gringa contra las drogas ha generado más problemas que resultados y la legalización unilateral resulta políticamente imposible, ¿qué nos queda por hacer? Un experto en el tema plantea respuestas.

© Rick Barrentine. Corbis

El fracaso de la guerra contra las drogas ya es parte del saber popular, no solo en Estados Unidos sino en gran parte del mundo. Es ampliamente reconocido el hecho de que este fracaso no se dio solo en el pasado y sigue dándose en el presente, sino que además continuará en el futuro. En ningún otro lugar del mundo esta afirmación es más verdadera que en América Latina, donde continuamente están explotando disidencias y regándose a lo largo de cada vez más regiones a una velocidad mayor de lo que pueden ser contenidas.

Las discusiones tradicionales sobre el tema de las drogas, que se daban entre los hacedores de políticas y los expertos en las Américas, solían terminar con un discurso estándar: acuerdo mutuo para cooperar en la disminución del suministro de drogas en el Sur, aminorar la demanda en el Norte, respetar la soberanía y asegurarse de que el tema recibiera una prioridad muy reducida y que permaneciera a gran distancia de asuntos bilaterales más cruciales. Este discurso persiste, pero cada vez suena más hueco.
Observen la evidencia. Solo en la última década, Estados Unidos ha gastado miles de millones de dólares, ha encarcelado a millones de personas, ha decomisado toneladas de drogas ilícitas y ha erradicado, en forma directa o indirecta, cientos de miles de hectáreas tanto en América Latina como dentro de sus fronteras. En un esfuerzo por justificar todo esto, los funcionarios del gobierno nortea­mericano señalan una disminución del número de personas que admiten ser consumidoras de cocaína o marihuana, ignorando en forma cínica la evidencia de que persiste un grave abuso de drogas y otros problemas relacionados con ellas –muertes por sobredosis, nuevas infecciones de VIH y hepatitis, sin mencionar los daños sociales y de salud asociados con la guerra antidrogas–, a niveles mucho más elevados que aquellos que se observan en otros países industrializados.
Hace algunos años los funcionarios del gobierno de Estados Unidos se ufanaron también de los descensos dramáticos de la producción de coca en Bolivia y Perú, a pesar de que los productores colombianos compensaron inmediatamente esa diferencia. Ahora están jactándose de bajas en la producción en Colo...

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Es el fundador y director ejecutivo de la Alianza para una Política de Drogas.

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