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El Malpensante

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Estampitas regionales

   

San Pedro de Urabá y Arboletes

San Pedro de Urabá fue el corazón de las Autodefensas Unidas de Colombia y el eje de su expansión en la última década. Dicen que hay montones de cadáveres fertilizando las tierras de las fincas y que la amenaza comunista fue extirpada para siempre. Pero es falso, el terror bolchevique rueda por las trochas rojas que conectan a San Pedro con Arboletes. Son los camperos UAZ, diseñados y fabricados en las orillas del Volga, y gran orgullo de la industria soviética. En San Pedro todo el transporte rural se mueve en estos carros estalinistas. No hay Toyotas, ni Jeeps, ni camperos Nissan.

A falta de otro vehículo, tomé un UAZ con destino Arboletes. Era plateado con techo rojo y capacidad para seis pasajeros. Íbamos catorce contando al conductor. Nueve adentro con un cilindro de gas y cinco en el techo, acompañados por unas gallinas, las maletas, dos bultos de cal y unas mangueras. El monstruo ruso pudo con todo, atravesamos barriales de medio kilómetro, dejamos atrás burros, mulas y a uno que otro campesino en moto con poncho y walkie-talkie. Del barro terracota pasamos a la gravilla y de la gravilla al pavimento. En este ambiente civilizado el UAZ pierde la gracia y el viaje se convierte en un esfuerzo por no morir de un shock térmico o del tedio que produce andar a veinticinco kilómetros por hora oyendo vallenatos y conversaciones ajenas.

Ya en Arboletes olvidé el interior plastificado del UAZ y la estufa humana que me sudó encima todo el camino. Después de verificar que por mis piernas todavía fluía sangre, me bañe y caminé por la playa hasta llegar a un cráter lunar lleno de barro color plomo. Es la gran atracción del lugar: el volcán de lodo, trofeo fotográfico de todas las familias paisas y lugar de trabajo de las masajistas del pueblo. Nadar en ese barro caliente y con olor a petróleo es –como diría Enrique Iglesias– casi una experiencia religiosa. Lo que sí no es muy místico es salir del cráter cubierto de baba gris. Una baba pegachenta y resbalosa que hace imposible ponerse de pie sin parecer un bocachico recién pescado.

Después de disfrutar de las bondades terapéuticas de la fangoterapia caminé hasta el pueblo, visité las tres guacas arqueológicas que tienen en la casa de la cultura, vi un poco de televisión peruana y me tomé una cerveza con Eduardo Cetré, mi amigo local. Eduardo, lleno de orgullo, me d...

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Columnista de la revista online La Silla Vacía.

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