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Breviario

Una de disfraces

   

© Archivo familia Alvarado

 

Con los carnavales llegaba el desafío. Sonaba una campana en la cabeza de mi madre y salíamos disparados, llenos de determinación, a probar suerte en los centros comerciales de Maracaibo. Gastábamos horas y horas buscando la quimera del disfraz ideal. Los más populares, los que yo anhelaba, eran también los más caros. Los prohibidos: Batman, Superman, El Zorro. Mi madre sacaba cuentas y los números no le daban. “Mejor veamos otros”, decía.

Los “otros” disfraces parecían sacados de un catálogo de diversidad cultural. Había de todo: príncipe marroquí, bailarín celta con gorro de plumas, guerrero húngaro con bombacho de satén y sable. Obligado a escoger con prisa entre estos diseños, aturdido por la exhuberancia, yo era incapaz de preguntar. Por eso lo hago ahora: ¿De dónde salían tantas opciones estrafalarias? ¿Quién concebía esas identidades exóticas? Puede que hubiera, detrás de aquellas piezas pretendidamente exquisitas, un grupo secreto de diseñadores sobrestimulados, gente inconforme que trabajaba con presupuestos ridículos. Y su venganza creativa era precisamente esa: convertir insumos vulgares en fantasías delirantes.

Simples conjeturas. La verdad es que ignoro la verdad. Desconozco el rostro de mi verdugo. Lo único que sé, y lo recordaré siempre, es que tuve que ponerme aquellos engendros: fui príncipe, bailarín y guerrero. Fui la burla de todos mis amigos.

Cansado de esto elaboré luego un plan. En tercero de primaria, tratando de evadir mi destino, llegué a un acuerdo con mi amigo Hidalgo, el único que todavía me respetaba: juntos íbamos a disfrazarnos de vaqueros. Vaqueros de verdad, con pistolas y caballos si era posible. Pretendíamos irrumpir en el colegio a primera hora de la mañana, atravesar el patio cabalgando a pelo, tal vez secuestrar a alguna maestra bonita y, bajo la impunidad del factor sorpresa, evadirnos con alegría rumbo a la calle.

Ahora sospecho que este proyecto era una especie de revancha personal. Mi rebeldía empezaba a manifestarse, yo fantaseaba con un acceso de libertad y lo coronaría con un disfraz real y audaz. Nada de caricaturas. Yo no iba a disfrazarme de vaquero, yo sería uno.

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Sinar Alvarado

Su reportaje sobre el "comegente" de Táchira ganó en 2006 el premio Random House Mondadori.

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