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El Malpensante

Artículo

Del crimen nefando

Raramente florece la literatura en los juzgados. Pero cuando el acusado es Oscar Wilde y el objeto del juicio es su propia literatura, el intercambio puede ser perdurable. Y explosivo.

La historia de los tres juicios que la justicia inglesa le adelantó a Oscar Wilde por su relación con lord Alfred Douglas es la más clara ejemplificación de lo que en el argot popular se conoce como “ir por lana y salir trasquilado”. La historia es la siguiente: lord Alfred Douglas, hijo del octavo marqués de Queensberry, conoció a Oscar Wilde una tarde del verano de 1891. En el momento, Wilde tenía 38 años y lord Douglas apenas 22. Wilde ya era reconocido en los círculos londinenses como un conversador agudo y tenía alguna fama como poeta y escritor de ficción, aunque no se había ensayado plenamente como dramaturgo. Wilde llevaba un tiempo casado y tenía dos hijos. “Bosie”, como llamaban los amigos a lord Douglas (en realidad una contracción de un viejo apodo con el que su madre se dirigiera a él: “Boysie”, que quiere decir literalmente “niñesco”), era aún estudiante de Oxford y entre sus cualidades se destacaba un naciente talento para escribir malos versos (José Emilio Pacheco dirá de Bosie que llegó a los 75 años de edad sin jamás aprender a escribir en lengua inglesa), una belleza que el mismo Bernard Shaw llamaría “como de flor” y un esnobismo rampante. La figura de lord Alfred Douglas es una de las más corruptas de toda esta historia. Luego de los juicios, Douglas se refugió en Francia y nunca tuvo la delicadeza de escribirle una sola línea a Wilde durante su reclusión. Unos diez años después se convirtió al cristianismo y aseguró no saber nada de las “tendencias” de Wilde, aunque escribió varias obras sobre su relación con él, las cuales le permitieron al menos seguir siendo mencionado en algunos círculos literarios.

Los dos hombres se conocieron en un té en la casa de Wilde. La amistad fue inmediata y quizá pueda uno imaginar con razón que este encuentro no difirió de algunos pasajes de El retrato de Dorian Gray en los cuales se narra el primer encuentro entre el pintor Hallward y Dorian. En todo caso, los resultados sí que se asemejaron a los narrados en la novela. Wilde se sintió enormemente atraído por la belleza de Douglas, por su alta posición social y, claro está, por su esnobismo. Douglas también tenía algo que ganar con la amistad: ser visto en compañía de uno de los más prometedores hombres de letras de Londres no era despreciable, y Wilde simplemente lo divertía. La amistad de Wilde muy pronto se convirtió en halago y obsesión. Como lo confesaría lord Douglas después de los juicios: “[Wilde] continuamente me estaba invitando a almorzar o a cenar; me mandaba cartas, notas y telegramas. Me halagaba, me daba regalos, en pocas palabras, hacía lo que podía para agradarme. Me regaló copias de todos sus libros con dedicatorias. Escribió un soneto para mí y me lo entregó una noche en un restaurante. Todo esto apenas seis meses después de haberlo conocido”.
 
Es apenas comprensible que John Sholto Douglas, octavo marqués de Queensberry y padre de Bosie, no estuviera especialmente entusiasmado con la nueva amistad de su hijo. El marqués era un personaje curioso, por decir lo menos. Estaba a una pizca de merecer la etiqueta de “desequilibrado mental”, según las descripciones de quienes lo conocieron de cerca. Entre sus aficiones se citan la cría de caballos y perros (a los que seguramente conocía mejor que a los miembros de su propia familia), el cultivo del ateísmo y del boxeo, y un mal genio heroico, específico, escocés. Tras la primera reunión de Bosie con Wilde, no pasó mucho tiempo antes de que el marqués tomara nota de la amistad y amenazara con dejar a su hijo sin su mesada si no renunciaba a Wilde. Bosie se negó a dejar la amistad. A pesar de que los tres hombres se encontraron casualmente hacia el final de 1892 en el Café Royal y almorzaron juntos, la animadversión del marqués hacia Wilde no cesó. En abril de 1894 escribió a su hijo: “Tu intimidad con este tal Wilde debe cesar o me veré en la obligación de desheredarte y cortar todo suministro de dinero. No voy a tratar de analizar esta intimidad y no hago acusaciones; pero en mi mente posar como una cosa y ser esa cosa son igualmente malos. Con mis propios ojos los he visto a ambos en la más lasciva y repugnante de las relaciones, según pude deducir de tus modales y tus gestos. Nunca en mi vida había visto algo tan horrible. Con razón dice la gente lo que está diciendo. También me han llegado noticias de que Wilde se está separando de su esposa ya que ella lo acusa de sodomía y otros crímenes, aunque esto bien puede ser falso. ¿Es eso cierto o no sabías nada al respecto? Si llego a saber que es verdad y el asunto se vuelve público, me sentiré en todo mi derecho de dispararle [a Wilde] apenas me lo vuelva a encontrar”.
 
Esta efervescente misiva fue respondida por Bosie con un telegrama de una sola línea que decía: “¡Qué pequeño y gracioso hombrecito eres!”,lo cual acabó de retorcer el carácter bilioso del marqués. Éste decidió entonces frecuentar los restaurantes y hoteles en los cuales se reunían Bosie y Wilde, advirtiendo siempre a los meseros de antemano que si se llegaba a cruzar con la esperada concurrencia no sería dueño de sus actos. Para ese entonces, Wilde ya se estaba viendo afectado por estas amenazas indirectas que interferían con su intensa vida social y con la tranquilidad que necesitaba para concentrarse en su obra. A través de una firma de abogados, exigió al marqués una disculpa por las amenazas y por las acusaciones de sodomía que le había hecho en la carta que escribió a Bosie. El marqués respondió a los abogados que no se disculparía ante Wilde por algo que había escrito a su hijo. Los días que siguieron a este incidente pasaron más bien en silencio de ambos lados. Wilde salió de Londres buscando tranquilidad para terminar su obra más importante, La importancia de llamarse Ernesto; de Queensberry no se escuchó nada por un tiempo. A mediados de 1894, cuando Wilde acababa de llegar de su retiro literario, Queensberry decidió visitarlo en su propia casa. De la breve y tensa conversación que sostuvieron, quizá el núcleo se pueda resumir en la pregunta de Wilde y en la respuesta del marqués: “Lord Queensberry, ¿es seria la acusación de conducta impropia que le hace tanto a su hijo como a mí?”. A lo cual Queensberry respondió luego de una larga pausa: “No digo que lo son, pero parece como si lo fueran y tienen la pose de los que lo son, lo cual es igual de malo que serlo. Si los llego a pescar juntos en cualquier sitio público voy a acabar con ustedes”.Parece que una de las cosas que más le molestaba a Queensberry de toda esta situación era la “pose” de Wilde y de Bosie. Si “lo eran de verdad” o no, no le interesaba mucho. Para el marqués, lo importante era guardar las apariencias.

 

Ahora era el momento de Wilde para enojarse. Procedió a instruir a su abogado para que iniciara un proceso penal contra lord Queensberry, ante lo cual el abogado sólo tenía tres posibilidades: la primera, que quizá hubiera sido deseable para que todo el asunto no terminara en la encar­celación de Wilde, era haberle aconsejado a su cliente que desistiera de los cargos. La otra era dejarle el caso a otro abogado, y la tercera, que en efecto siguió, era asumir las instrucciones de Wilde e iniciar la querella. El abogado defensor de Wilde, el señor Edward Clarke, no tenía ni idea de hasta qué punto su cliente era vulnerable a las acusaciones que lo conducirían al final del proceso a la cárcel de Reading.

El proceso de Wilde contra el marqués no prosperó. Y no sólo no prosperó; ante la intensa negativa de Queens­berry a pagar una multa o a ofrecer disculpas, y ante la tosca terquedad de Wilde para dejar el país por un tiempo, como lo había propuesto el abogado de Queens­berry a manera de arreglo extra juicio, a los acusados por Wilde no les quedó más remedio que actuar. Co­mo en tantos otros procesos, la estrategia de los abogados fue defender a su cliente —el marqués— acu­san­do al supuesto ofendido. Así, Wilde terminó siendo acusado. La habilidad y experiencia legal del señor Edward Carson, el abogado del marqués, no se dejaron sentir al comienzo del primer juicio, ya que optó equivocadamente por tomar el cuchillo por el lado cortante y comenzó a atacar a Wilde en un terreno que pocos manejaban como él: el literario. Carson, como bien se puede apreciar en la selección que he hecho, toma apartes de la obra de Wilde, trazos de sus teorías estéticas e intenta demostrar que son inmorales. La idea aplastante de Wilde, no obstante las acusaciones, era que no hay pensamientos inmorales, sólo emociones inmorales. Una verdadera obra de arte expresa pensamientos, no emociones ni puntos de vista particulares, y en este orden de ideas tiene un contenido universal, no susceptible de una degradación maniquea. Los testigos presenciales del juicio parecen coincidir en que el público, que llenó la sala el día del interrogatorio, opinaba que Wilde se anotó unos puntos significativos contra Carson. Pero Carson también se dio cuenta del suceso y muy rápidamente pasó a acusar a Wilde en un terreno personal: sus hábitos de vida, sus compañías masculinas y demás. En este campo, inevitablemente, se vio a un Wilde más temeroso, más vacilante, más contradictorio.
 
Luego de tres juicios en los que la acusación de inmoralidad va escalando y en los que el pleito inicial queda cada vez más en la penumbra, a Wilde se le acusa de delitos contra la segunda sección de la enmienda a la ley criminal de 1886. Hasta ese momento, a la ley inglesa no le interesaban las “indecencias que hombres adultos pudieran cometer entre ellos en privado”, aunque las indecencias públicas siempre habían sido consideradas punibles. Pero la enmienda en cuestión introduce la idea de que sí era compentencia de los jueces castigar las indecencias privadas entre personas adultas. Para la violación de la ley se establece una pena de un máximo de 12 a 24 meses de prisión. El acta del jurado, en una de las secciones finales de su extensísimo texto, dice literalmente: [encontramos que] las obras El camaleón y El retrato de Dorian Gray subvierten la moralidad y estimulan el vicio antinatural y que el señor Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde ha corrompido y arrancado brutalmente de su moralidad a varios jóvenes, entre ellos, a lord Alfred Douglas...”.
 
El juez del caso, el señor Wills, no demoró en dar su sentencia: Oscar Wilde, Alfred Douglas, el crimen que ustedes han perpetrado es tan malo que uno se tiene que contener para no describir, en un lenguaje que prefiero no usar, los actos cometidos. Estos actos deben ofender a cualquier hombre de honor que ha escuchado los deta­­­­lles del caso... Las personas que pueden hacer este tipo de cosas deben tener muerto cualquiersentido de la vergüenza y uno no puede esperar que la justicia tenga efecto sobre ellos. Es el peor caso que me ha tocado. No hay duda de que usted, señor Wilde, ha sido el centro de un círculo de corrupción que se extiende entre los hombres jóvenes. Bajo tales circunstancias, pasaré la sentencia más severa que la ley me permite, aunque debo decir que se queda corta para este caso. La sentencia es que cada uno de ustedes se irá a prisión por un lapso de dos años y hará trabajo forzado por la extensión de ese plazo”.Los documentos legales aclaran que Wilde pidió la palabra después del juicio, pero Wills hizo un ademán con la mano para que los guardias se llevaran al reo. Lo que Wilde había de decir en ese infortunado día quedó en el misterio, tanto como el secreto final del fantasma de Canterville.
 
La selección que he hecho cubre sólo una pequeña fracción de los documentos totales del juicio. Como en cualquier proceso, hay muchos testimonios vacuos, muchos interrogatorios que van por caminos infructuosos, entre otros pormenores que suelen presentarse. He tratado de evitar estas distracciones y me centré en uno solo de los tres momentos en los que interviene Wilde: el citado intercambio en que Carson lo interroga en materia literaria durante el pri­mer juicio. Lo que viene inmediatamente antes y después del fragmento escogido carece de valor más allá del juicio porque se refiere a eventos específicos y quizá insignificantes de la vida de Wilde: qué y con quien comió tal día, por qué le regaló una cigarrillera de plata al botones de tal o cual hotel y otras pequeñeces en las cuales se centró Carson para mostrar la supuesta inmoralidad de Wilde.
 
Sin embargo, por fragmentario que pue­da ser el texto, creo que reviste un valor esencial por varias razones: en primer lugar, hasta donde yo sé la totalidad del juicio de Wilde es un docu­men­to que no ha sido traducido al espa­ñol. Aquí valdría la pena mencionar que los pasajes de El retrato de Dorian Gray leídos durante el juicio no aparecen en las ediciones posteriores de la obra (fueron “recortados” como se menciona en el juicio) y por ende no están en las ediciones en español. La edición inglesa del juicio fue publicada por William Hodge & Co. y recoge en un solo tomo (titulado The Trials of Oscar Wilde) los documentos de los juicios con dos introducciones asombrosamente claras sobre el tema y seis apéndices contextuales sobre la época y los personajes involucrados. En segundo lugar, vale la pena tener en cuenta que las respuestas de Wilde no forman parte de un contexto más amplio, como una obra escrita. Fueron pronunciadas in situ, y en el momento mismo de las preguntas, lo cual, a mi modo de ver, confirma una faceta importante de la obra de Wilde: su lively wit, para usar la expresión inglesa. En tercer lugar, diría que el texto es importante simplemente porque es completa la ignorancia que envuelve el juicio a Wilde entre nosotros. Esto, claro está, es parcialmente un resultado de la falta de una traducción. Todos los que alguna vez nos hemos topado con El fantasma de Canterville o con El retrato de Dorian Gray sabemos que Wilde fue acusado y llevado a la cárcel y que este hecho tenía algo que ver con sus preferencias sexuales, pero no sabemos mucho más que esto. Por último, el caso tiene un tinte de lo que los politólogos llaman “coyuntura nacional”. Mientras que en la Inglaterra de Wilde un proceso judicial era susceptible de convertirse en obra de teatro, en Colombia la obra de cuatro ex presidentes —que recientemente defendieron ante el Senado el derecho a ejercer lo que en la Colonia se llamaba “el crimen nefando”— parece que puede tener alcances judiciales. Pero dejemos que los documentos hablen por sí solos.

 

DOCUMENTOS DEL JUICIO

 
Oscar Wilde: [...] No pienso que un libro o una obra de arte hayan tenido jamás efecto alguno sobre la moralidad.
 
El señor Carson [abogado de la fiscalía]: ¿Estoy en lo correcto al decir que usted no tiene en cuenta el efecto de crear moralidad o inmoralidad [en el público]?
Ciertamente, no lo tengo en cuenta.
 
En lo que concierne a sus obras, ¿asume usted la pose?de no estar preocupado por la moralidad o inmoralidad?
No sé si usted está usando la palabra “pose” en un sentido particular.
 
Esta es, en todo caso, una de sus palabras favoritas, ¿no es así?
No asumo ninguna pose en este asunto. Al escribir una obra de arte o un libro estoy pensando exclusivamente en la literatura, esto es, en el arte. No estoy haciendo ni el bien ni el mal, estoy tratando de hacer algo que tenga alguna calidad de lo bello.
 
Escúcheme bien, señor. Esta es una de las Frases y filosofías para el uso de los jóvenes que usted ha aportado al público: “El mal es un mito inventado por la gente buena para dar razón de la curiosa atracción que pueden ejercer ciertas personas”. ¿Cree que esto es verdadero?
Rara vez pienso que algo de lo que escribo sea verdadero.
 
¿Dijo usted “rara vez”?
Sí, dije “rara vez”. Pude haber dicho “nunca”. Las cosas que escribo “nunca” son verdaderas en el sentido habitual del término “verdadero”.
 
“Las religiones mueren cuando se demuestra que son verdaderas”. ¿Es esto cierto?
En efecto, eso es lo que yo sostengo. Esta es una sugerencia encaminada a desarrollar una filosofía que explique la absorción de las religiones por la ciencia, pero ése es un asunto de mucha envergadura para entrar en él ahora.
 
¿Piensa usted que éste era un axioma seguro como para ser propuesto en una filosofía para los jóvenes?
Es al menos muy estimulante.
 
“Si se dice la verdad, lo más probable es que a uno lo pesquen tarde o temprano”.
Esa es una paradoja placentera pero no albergaría esperanzas de que pueda ser tenida como un axioma.
 
¿Es buena para la juventud?
Cualquier cosa que estimule el pensamiento a cualquier edad es buena.
 
¿Así sea moral o inmoral?
No existe tal cosa como un pensamiento moral o inmoral. Sólo hay emociones inmorales.
 
“El placer es la única cosa por la cual uno debe vivir”.
Pienso que la realización personal es uno de los objetivos primordiales en la vida y ciertamente realizarse a través del placer es más elegante que realizarse a través del dolor. En este punto estoy completamente del lado de los antiguos, de los griegos. Esta es sin lugar a dudas una idea pagana.
 
“Una verdad deja de ser verdadera cuando más de una persona cree en ella”.
Exactamente. Esa es mi definición metafísica de la verdad; es algo tan personal que una misma verdad nunca puede ser apreciada por dos mentes distintas.
 
“La condición de la perfección es el ocio; el propósito de la perfección es la juventud”.
Oh sí, eso es lo que creo. Al menos la mitad de ello es cierto. La vida contemplativa es la más elevada forma de vida y así lo reconocen los filósofos.
 
“Hay algo trágico acerca del enorme número de jóvenes hombres ingleses de nuestro tiempo que comienzan la vida con perfiles intachables y terminan por adoptar una profesión útil”.
Me gustaría pensar que los jóvenes tienen suficiente sentido del humor.
 
¿Cree que eso es gracioso?
Pienso que es una paradoja divertida, un divertido juego de palabras.
 
¿Qué cree que podría pensar la gente acerca del efecto de las Frases y filosofías para el uso de los jóvenes tomadas en conjunto con “El sacerdote y el acólito”1?
Indudablemente fue esta idea que el público se pudiera formar lo que hizo que me opusiera tan enfáticamente a la historia en cuestión. De inmediato me di cuenta de que las máximas carecían de sentido, eran paradójicas o como usted las quiera llamar si se leían al unísono con “El sacerdote y el acólito”.
 
¿Luego de las críticas que se le hicieran a Dorian Gray, lo modificó usted considerablemente?
No. Hice algunas adiciones. Un comentario específico —no se trataba de un comentario de un periódico o algo por el estilo sino del único crítico cuya opinión tengo en alta estima, el señor Walter Pater— me señaló que cierto pasaje probablemente estaba mal construido e hice una adición.
 
¿Es esta su introducción a Dorian Gray?: “No existen libros morales o inmorales. Los libros simplemente están bien escritos o mal escritos”. ¿Es este su punto de vista?
Mi punto de vista sobre el arte, sí.
 
¿Entonces asumo que no importa qué tan inmoral sea un libro; si está bien escrito, es, en su opinión, un buen libro?
Sí, si está bien escrito de tal manera que produzca una sensación de lo bello, que es la más alta sensación de la que es capaz un ser humano, entonces es un buen libro. Si está mal escrito no produce más que una sensación de disgusto.
 
Entonces, ¿un libro bien escrito que presenta puntos de vista morales pervertidos puede ser un buen libro?
Ninguna obra de arte presenta puntos de vista. Los puntos de vista pertenecen a las personas que no son artistas.
 
¿Una novela pervertida puede ser un buen libro?
No sé lo que quiere decir con novela “pervertida”.
 
Entonces sugiero que Dorian Gray es susceptible de ser interpretada como una novela tal.
Sólo lo puede ser para los brutos e iletrados. Los puntos de vista de los filisteos sobre el arte son incalculablemente estúpidos.
 
¿Quizá una persona iletrada que lea Dorian Gray la pueda considerar una novela tal?
Los puntos de vista de los iletrados sobre el arte son inenarrables. Yo estoy interesado sólo en mi visión del arte y no me importa en lo más mínimo lo que otros puedan pensar sobre ella.
 
¿La mayoría de las personas entran en su definición de filisteos e iletrados?
He encontrado excepciones maravillosas.
 
¿Cree usted que la mayoría de la gente puede llevar una vida acorde con las posiciones que usted nos está presentando?
Ciertamente no.
 
¿Cree usted que el amor y el afecto del artista de Dorian Gray puedan llevar a un individuo común a creer que hay allí una cierta tendencia?
No tengo conocimiento alguno acerca de los puntos de vista de los individuos comunes.
 
¿Intentó usted evitar que el individuo común comprara su libro?
Ciertamente nunca los disuadí.

 

1. Breve cuento aparecido en una publicación editada por lord Alfred Douglas que llevaba por título El Espíritu de la Lámpara. Una revista literaria, estética y crítica y que cuenta la relación homosexual entre un sacerdote y su acólito. El cuento fue erróneamente atribuido a Wilde.

El señor Carson entonces procede a leer extractos de El retrato de Dorian Gray en los cuales el pintor Basil Hallward le narra a lord Henry Wooton sus primeros encuentros con Dorian Gray. Las citas son sacadas de la versión original de la obra tal como apareció en el Lippin­cott’s Monthly Magazine en julio de 1890.

 
“... La historia es simplemente la siguiente. Hace dos meses asistí a una reunión en la casa de lady Brandon. Usted sabe que los pintores tenemos que presentarnos en sociedad de cuando en cuando para recordarle al público que no somos salvajes. Con un frac y una corbata blanca, tal como usted me lo recordara alguna vez, cualquiera, hasta un corredor de bolsa, puede ganarse la reputación de ser civilizado. Pues bien, había estado en la habitación por unos diez minutos conversando con viudas nobles sobrecargadas de ropa y académicos tediosos cuando de repente tomé conciencia de que alguien me observaba. Di media vuelta y vi a Dorian Gray por primera vez. Al encontrarse nuestros ojos me sentí palidecer. Un curioso instinto de terror me sobrecogió. Sabía que estaba cara a cara con alguien cuya personalidad era tan fascinante que, si se lo permitía, absorbería toda mi naturaleza, toda mi alma y hasta mi arte. Yo no deseaba una influencia externa en mi vida. Usted sabe Harry lo independiente que soy por naturaleza. Mi padre me había destinado para el ejército. Yo insistí en ingresar a Oxford. Fue entonces cuando me hizo ingresar mi nombre en el Middle Temple. Antes de que yo hubiera alcanzado a comer media docena de comidas, renuncié al bar y manifesté mi intención de convertirme en pintor. Siempre he sido dueño de mí mismo, o al menos lo fui hasta que conocí a Dorian Gray. Entonces..., pero no sé cómo explicarle esto. Algo me dijo que estaba al borde de una terrible crisis en mi vida. Tuve la extraña sensación de que el destino me tenía reservadas dichas y dolores exquisitos. Supe que si hablaba con Dorian quedaría absolutamente devoto a él y que por lo tanto no debería hacerlo. Me asusté y decidí abandonar el salón. No fue mi conciencia lo que me hizo obrar así: fue la cobardía. No me enorgullezco por haber intentado escapar.
 
—Conciencia y cobardía son en el fondo lo mismo, Basil. Conciencia es el nombre comercial de la firma. Eso es todo.
—No creo lo mismo, Harry. Sin embargo, cualquiera que fuese mi motivo —puede haber sido el orgullo ya que solía ser muy orgulloso—, lo cierto es que me costó un gran esfuerzo llegar a la puerta. Allí, naturalmente, me encontré con lady Brandon. ‘No piense que se va a escapar tan pronto, señor Hallward’, gritó. Ya conoce usted su voz horrenda y chillona.
—Sí, es un pavo real en todo menos en la belleza —dijo lord Henry deshojando la margarita con sus dedos largos y nerviosos.
—No me pude librar de ella. Me presentó a la realeza, personajes con estrellas y charreteras, ancianas con tiaras gigantes y narices en forma de gancho. Habló de mí como de su amigo más querido. Sólo la había visto una vez antes pero se empeñó en presentarme. Creo que en ese momento ya uno de mis cuadros había tenido un gran éxito y se murmuraba acerca de él en los diarios amarillistas, que como usted sabe son los estándares de inmortalidad del siglo XIX. De repente me encontré con el joven cuya personalidad me había estremecido de manera tan estrepitosa. Estábamos muy cerca, casi tocándonos. Nuestros ojos se encontraron de nuevo. Fue una locura para mí, pero le pedí a lady Bran-don que nos presentara. Quizá no fue una locura después de todo. Fue simplemente inevitable. Nos hubiéramos hablado sin que nos presentaran, estoy seguro de eso. Dorian me lo confirmó posteriormente. Él también sintió que estábamos destinados a conocernos.
—Cuéntame más acerca de Dorian Gray. ¿Con cuánta frecuencia se veían?
—Todos los días. No estaba contento si no lo veía todos los días. Claro está que era por unos pocos minutos. Pero pocos minutos con alguien que uno adora significan mucho.
—¿Pero realmente lo adoras?
—Sí, lo adoro.
—¡Qué extraordinario! Yo pensaba que nunca te interesarías por cosa alguna que no fueran tus pinturas, tu arte. Arte suena mejor. ¿No es así?
—Él es todo mi arte ahora. A veces pienso, Harry, que sólo hay dos eras importantes en la historia del mundo. La primera es la aparición de un nuevo milenio del arte y la segunda es la aparición de una nueva personalidad para el arte. Lo que la invención del óleo fue para los venecianos o la cara de Antonio para los escultores griegos, eso es Dorian Gray para mí. No es simplemente que yo pinte para él, dibuje para él o lo use como modelo. Todo esto lo he hecho. Ha modelado para mí como Paris en su armadura brillante y como Adonis con su capa de cazador y su lanza. Coronado con retoños de loto se ha sentado en la proa de la embarcación de Adriano mirando a lo lejos hacia el verde y turbio Nilo. También se ha inclinado sobre las quietas aguas de un pozo en algún bosque griego para observar en el plateado silencio del agua su propia belleza. Pero él es más que esto para mí. No te diré que no estoy satisfecho con lo que he hecho de él, ni que su belleza es tan abrumadora que el arte no la puede capturar. No hay nada que el arte no pueda expresar y estoy seguro de que el trabajo que he adelantado desde que conocí a Dorian Gray es un buen trabajo. Pero de alguna manera —no sé si me entiendas— su personalidad me ha abierto toda una nueva forma de ver el arte, una nueva forma del estilo. Veo las cosas de una manera diferente, las pienso de una manera diferente. Ahora puedo recrear la vida de una manera que era desconocida para mí antes. ‘Un sueño sobre la forma en días de reflexión’, ¿quién solía decir esta frase? No me acuerdo, pero esto es lo que Dorian Gray ha sido para mí. La mera presencia de este muchacho —porque parece ser apenas un muchacho aunque realmente tiene más de 20 años—, la mera presencia y aspecto de este muchacho, ¡ah! Me pregunto si puedes comprender todo lo que esto significa. Inconscientemente él describe para mí los lineamientos de una nueva escuela, una escuela que ha de tener toda la pasión del espíritu romántico, toda la perfección del espíritu griego. ¡Qué intensa armonía del alma y del cuerpo! En medio de nuestra locura, hemos separado estas dos cosas, y hemos inventado un realismo que es bestial, un idealismo que es vacío. ¡Harry! ¡Harry! Si sólo supieras lo que Dorian Gray es para mí. ¿Te acuerdas de ese paisaje mío por el que Agnew me ofreció una gran suma y que yo no quise vender? Es una de las mejores cosas que he podido hacer porque mientras lo estaba pintando Dorian Gray se sentó a mi lado.
—Basil, es maravilloso, debo conocer a Dorian Gray”.

 

 

[Continúa el interrogatorio] Ahora le pregunto, señor Wilde, ¿considera usted que la descripción de este sentimiento de un hombre por un joven apenas mayor de edad es un sentimiento propio o impropio?
Pienso que es una perfecta descripción de lo que un artista sentiría al encontrar una bella personalidad que era de alguna manera esencial para su vida y para su arte.
 
¿Piensa usted que este es un sentimiento que un hombre joven debe albergar por otro hombre?
Sí, si se trata de un artista.
 
[El consejo comienza a leer otro pasaje del libro de Wilde. El testigo pide una copia y se le entrega una versión original de la obra]. El señor Carson [le indica al testigo la parte de la obra que se leerá]: Creo que esta parte se dejó por fuera en la edición posterior que fue recortada.
No me gusta llamarla “recortada”.
 
[Sr. Carson] Sí, lo sé, pero ya veremos.
 
 
“—Sentémonos, Dorian —dijo Hallward pálido y en un tono grave—. Sentémonos. Yo me sentaré en la sombra y tú en la luz. Así son nuestras vidas. Contéstame esta sola pregunta. ¿Has notado en tu retrato algo que no te guste, algo que quizá no notaste al principio pero que se te reveló de repente?
—¡Basil! —gritó el joven aferrándose a los brazos de la silla con manos temblorosas mientras lo miraba con ojos de asombro y locura.
—Veo que sí lo notaste. No hables ahora. Espera hasta que oigas lo que tengo que decir. Es cierto que te he adorado con un sentimiento más romántico que el que un hombre normalmente siente por un amigo. Pero de alguna mane­ra debo decir que nunca he amado a una mujer. Supongo que nunca tuve el tiempo para ello. Quizá, como dice Harry, una grande passion sea el privilegio de aquellos que no tienen nada que hacer y es ese justamente el papel de una clase ociosa en una sociedad. Pues bueno, desde el momento en que te conocí, tu personalidad ha tenido el más extraordinario efecto sobre mí. Admito que te adoré con locura, extravagantemente, absurdamente. Sentía celos de que simplemente hablaras con alguien. Quería tenerte todo para mí. Sólo estaba feliz cuando estaba contigo. Cuando estábamos lejos, seguías estando presente en mi arte. Era ridículo y estaba mal. Todavía es ridículo y está mal y claro está que nunca te dejé saber que me sentía así, hubiera sido imposible. No lo hubieras entendido, yo mismo no lo entendía. Un día decidí pintar tu retrato. Esta debería ser mi obra maestra, y de hecho lo es. Pero a medida que trabajaba en la obra, cada pincelada y cada trazo de color parecían delatar mi secreto. Me volví temeroso de que el mundo no entendiera mi idolatría. Sentí, Dorian, que había dicho demasiado. Así es que decidí que la obra nunca fuera mostrada. Te molestaste un poco, pero a la larga te diste cuenta de todo lo que el a­­sunto significaba para mí. Harry, con quien hablé sobre el in­cidente, se burló de mí. Pero no me importó. Cuando el retrato estuvo terminado, me senté a solas con él y sentí que estaba en lo correcto. Luego de unos días el retrato salió de mi estudio y luego de que me liberé de la intolerable fascinación de su presencia pensé que había sido un tonto al pretender haber dicho muchas cosas en el retrato. En realidad pensé que no había dicho nada más allá del hecho de que eres un hombre apuesto y de que puedo pintar. Incluso ahora no puedo evitar sentir que es un error pensar que la pasión que uno siente en la creación se refleje realmente en la obra creada. El arte es más abstracto de lo que imaginamos. La forma y el color nos hablan sobre la forma y el color: eso es todo. A veces me parece que el arte oculta al artista mucho más de lo que él cree. Cuando recibí la oferta de París, decidí que tu retrato fuera la figura central de mi exposición. Nunca se me ocurrió que te pudieras rehusar. Pero veo ahora que tienes razón. El retrato no se debe mostrar. No debes estar molesto conmigo por lo que te he dicho, Do­rian. Como le dije a Harry en alguna ocasión: naciste pa­ra ser admirado y adorado”.
 
 
[Continúa el interrogatorio] ¿Quiere usted decirnos señor Wilde que este pasaje describe el sentimiento natural de un hombre hacia otro?
Describe la influencia producida por una bella personalidad.
 
¿Una bella persona?
No, dije una “bella personalidad”. Puede usted describirlo como quiera. Dorian Gray poseía una personalidad asombrosa.
 
¿Puedo suponer que usted, como artista, conoce el sentimiento que se describe acá?
Nunca he permitido que una personalidad domine mi arte.
 
Entonces nunca ha conocido el sentimiento que usted des­cribe.
No. La obra en cuestión es ficción.
 
Entonces, según lo que usted dice, usted no está en capacidad de saber si este es un sentimiento natural o no.
Creo que es perfectamente natural que cualquier artista admire intensamente y ame a un hombre joven. Es algo que sucede en la vida de prácticamente cualquier artista.
 
Pero repasemos algunas partes del texto frase por frase. “Admito que te adoré con locura”. ¿Qué dice a esto? ¿Ha adorado a un hombre joven con locura?
No, no con locura. Además prefiero el amor a la adoración ya que considero el amor una forma más alta de sentimiento.
 
Pero bueno, no nos enredemos en este tema. Mantengamos el nivel de la conversación un poco más “bajo”, ¿quiere?
Nunca he adorado a nadie excepto a mí mismo [se escuchan risas estrepitosas en el público de la sala].
 
Me imagino que usted piensa que lo que acaba de decir es muy inteligente.
Ciertamente no.
 
Entonces, ¿usted nunca ha tenido este sentimiento?
No. Toda la idea fue tomada de Shakespeare. Lamento decírselo, pero fue tomada de los sonetos de Shakespeare.
 
Creo que usted escribió un artículo para mostrar que los sonetos de Shakespeare sugieren formas de vicio que son antinaturales.
Muy por el contrario, escribí un artículo para mostrar que los sonetos de Shakespeare no sugieren eso. Me opuse a que semejante perversión se le imputara a Shakespeare.
 
“Te adoré extravagantemente”. ¿Esto quiere decir finan­cieramente?
¡Oh sí, claro, financieramente! ¿Cree usted que estamos hablando de finanzas? Debo confesar que no sé de qué está hablando usted.
 
¿De verdad no sabe de qué estoy hablando? Entonces espero hacerme entender muy claramente antes de que termine. “Sentía celos de que simplemente hablaras con alguien”. ¿Alguna vez ha estado celoso de un hombre joven?
Nunca en mi vida.
 
“Quería tenerte todo para mí”. ¿Alguna vez ha tenido este sentimiento?
No, lo consideraría una gran molestia, enormemente aburrido.
 
“Me volví temeroso de que el mundo no entendiera mi idolatría”. ¿Por qué se volvió temeroso de que el mundo supiera de su idolatría?
Porque hay gente en el mundo que no puede entender la intensa devoción, afecto y admiración que un artista puede sentir por una bella y maravillosa personalidad. Estas son las condiciones reales bajo las cuales vivimos y debo decir que las lamento.
 
Estas personas desafortunadas, que no poseen el alto entendimiento que usted posee, quizá puedan pensar mal de estas citas.
Indudablemente, hasta el punto en que ellas quieran. Pero como le digo, no me interesa la ignorancia de otros.
 
En otro pasaje Dorian Gray recibe un libro. ¿Era este libro un libro moral?
Pues no estaba bien escrito, pero sí me sugirió algunas ideas.
 
¿No tenía este libro una cierta tendencia?
Me niego a ser interrogado sobre la obra de otro artista. Es una impertinencia y una vulgaridad.

 

[El testigo admite que el libro en cuestión es una obra francesa, A Rebours, de Joris Karl Huysmans. El señor Carson insiste en su deseo de interrogar al testigo sobre la moralidad de este libro. Pero el señor Edward Clarke apela al señor juez Collins, quien prohíbe toda futura referencia a la obra. El señor Edward Carson procede entonces a leer otro extracto de la obra El retrato de Dorian Gray, citando la siguiente conversación entre el pintor y Dorian Gray].
 
 
“Creo que es mejor que sepas que en Londres se dicen las cosas más horrendas sobre ti, cosas que no me atrevería a repetir.
—No quiero saber nada de lo que se dice sobre mí. Me encantan los escándalos sobre otras personas, pero los que son sobre mí no me interesan. No tienen el encanto de la novedad.
—Pero te deben interesar, Dorian. Todo caballero debe estar interesado en su buen nombre. No querrás que la gente te considere vil y degradado. Claro que tienes tu posición y tu riqueza y todas esas cosas. Pero la posición y la riqueza no lo son todo. Yo, por mi parte, no puedo creer una sola palabra de estos rumores, al menos me cuesta trabajo aceptarlos cuando te tengo en frente. El pecado suele poder leerse en la cara de un hombre. No se puede ocultar. La gente habla de vicios secretos, pero un vicio no puede ser secreto. Si un hombre perverso tiene un vicio, éste se muestra en las comisuras de su boca, en la forma de cerrar los ojos, incluso en la forma de sus manos. Una cierta persona —no diré su nombre pero tú sabes de quién se trata— vino a mí el año pasado para que yo pintara su retrato. Nadie lo había visto antes ni se había oído hablar de él hasta ese momento, aunque he oído hablar de él mucho desde entonces. Me ofreció un precio exorbitante, pero me rehusé. Había algo en la forma de sus dedos que detesté desde el instante en que lo vi. Ahora sé que estaba en lo correcto y que es un personaje monstruoso. Pero tú, Dorian, con tu cara pura, brillante e inocente, con tu juventud maravillosa e imperturbada, no puedo pensar nada malo de ti. Aun así, te veo muy poco, ya casi no pasas por el estudio y para colmo de males, cuando estoy lejos de ti oigo hablar estas cosas horrendas. No sé qué decir. Explícame por qué, Dorian, un hombre como el duque de Berwick abandona la habitación cuando tú entras. ¿Por qué tantos caballeros de Londres se rehúsan a ir a tu casa o invitarte a la de ellos? Solías ser a­mi­go de lord Cawdor. Lo conocí en una cena la semana pasada. Tu nombre fue mencionado de repente en la conversación en relación con las miniaturas que prestaste para la exposición en Dudley. Cawdor frunció el ceño y dijo que a pesar de que tenías el más exquisito gusto artístico, no eras un hombre con quien una joven de mente pura debería estar, que ninguna mujer casta debería pasar un rato en la misma habitación contigo. Yo le recordé que eras mi amigo y le exigí que me explicara lo que quiso decir. Me lo dijo, me lo dijo frente a todos. Fue horrible. ¿Por qué es tan amenazante tu amistad para los hombre jóvenes? Tú eras el mejor amigo de ese muchacho atribulado de la guardia que se suicidó. Está también el caso de sir Henry Ashton que tuvo que abandonar Inglaterra con el nombre manchado. Ustedes eran inseparables. ¿Qué hay de Adrian Singleton y su trá­gico final? ¿Qué hay del único hijo de lord Kent y su ca­­rrera? Conocí a su padre ayer en la calle St. James. Estaba sumido en la vergüenza y el dolor. ¿Qué hay del duque de Perth? ¿Qué clase de vida tiene ahora? ¿Qué caballero se querrá asociar con él? Dorian, Dorian, tu reputación es infame...”.
 
 
[Continúa el interrogatorio] Ahora bien, señor Wilde, ¿no le sugiere este pasaje una cierta cantidad de vicio antinatural?
Describe a Dorian Gray como un hombre de una influencia muy nociva, pero no dice nada sobre la naturaleza de esa influencia. De hecho, yo no creo que una persona pueda influir sobre otra y así es evidente que no creo que haya una mala influencia en el mundo.
 
¿Un hombre nunca corrompe a un joven? ¿Acaso no puede hacerlo?
No, no lo creo.
 
¿Nada lo puede corromper?
¿Está usted hablando de la diferencia de edades?
 
No señor, estoy hablando de estricto sentido común.
Se lo repito, no creo que una persona pueda influir sobre otra.
 
¿No cree usted que seducir a un hombre joven y hacerle el amor probablemente lo corrompa?
No, no lo creo.
 
¿En dónde se estaba quedando lord Alfred Dou-glas cuando le escribió usted la carta que hemos comentado acá2?
En el Savoy. Yo me estaba quedando en Bab­bacombe, cerca de Torquay.
 
¿El objetivo de la carta era responder a algo que él le había mandado?
Sí, un poema.
 
¿Por qué un hombre de su edad habría de dirigirse a un hombre veinte años menor que él con el apelativo “Mi niño”?
Porque lo apreciaba, siempre lo he apreciado.
 
¿Lo adora?
No, pero siempre me ha gustado lord Alfred Douglas. Creo que es una bella carta. En realidad es un poema. Yo no estaba escribiendo una carta común y corriente. En este orden de ideas, me debería usted interrogar acerca de si El rey Lear o uno de los sonetos de Shakespeare son obras apropiadas.
 
Por favor, señor Wilde, conteste la pregunta sobre la carta sin tener en cuenta su valor artístico.
No puedo contestar independientemente del arte.
 
Supongamos que un hombre que no es un artista hubiera escrito esta carta. ¿Diría que la carta es una carta apropiada?
Un hombre que no es un artista no puede haber escrito esta carta.
 
¿Por qué?
Porque ninguna persona que no sea un artista puede escribir así. Una persona que no sea un artista simplemente no maneja el lenguaje de un hombre de letras.
 
Sugiero, señor Wilde, para efectos de su reputación, que no hay nada especialmente valioso desde el punto de vista literario en la expresión “esos labios rojos de pétalo de rosa que tú tienes”.
Eso todo depende de la manera en que se lea.
 
“Tu esbelta y dorada alma camina entre la pasión y la poesía”. ¿Es ésta una bella frase?
No si se lee de la forma en que usted la lee, señor Carson. Usted la lee muy mal.
 
No pretendo ser un artista, señor, y a decir verdad, cuando escucho su testimonio, me alegro de no serlo.
[El señor Edward Clarke]: No creo que mi colega deba hablar de esta manera. [Dirigiéndose al testigo]: Por favor señor, no critique la lectura de mi colega.
 
¿No es ésta una carta excepcional?
Debo decir que es única.
 
¿Es ésta la forma usual en la que usted escribe su correspondencia?
No, pero a menudo le escribí a lord Alfred Douglas, aunque no le escribía a ningún otro joven de la misma manera.
 
¿A menudo escribe cartas con el mismo estilo de ésta?
No me repito en materia de estilo.
 
[...] ¿Pero diría usted que la carta en cuestión es una carta ordinaria?
Todo lo que escribo es extraordinario. ¡Por favor!, no asumo la pose de ser una persona ordinaria, pregúnteme lo que quiera sobre el particular.

 

2. La carta a la que se hace referencia apareció el 4 de mayo de 1893 en la revista de lord Alfred Douglas. El texto de la misiva es el sigueinte:

"Mi niño,

Tu soneto es adorable y es una maravilla que esos labios rojos de pétalo de rosa que tú tienes hayan sido hechos tanto para la locura de los besos como para la música de una canción.  Tu esbelta y dorada alma camina entre la pasión y la poesía. Séque Jacinto, que amó a Apolo con locura, eras tú en los días de los antiguos griegos.

¿Por qué estás solo en Londres y cuándo partes para salisbury? Debes ir allá para enfriar tius manos en la penumbra gris de cosas góticas, para regresar acá cuando te plazca. Es un sito de amor, pero sólo le faltas tú. Ve primero a Salisbury.

Siempre tuyo, con un amor que no muere,

Oscar"

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Roberto Palacio F.

Es filósofo y autor de Sin pene no hay gloria(2008) y de Pecar como Dios manda. Historia sexual de los colombianos (2010)

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