Google+ El Malpensante

Ficción

Círculo virtuoso

Un cuento

 

Ilustración de Rafael Espinel

 

Harás desaparecer el mal.

Deuteronomio 17, 12

 

1. Alcanzó a llegar al edificio, pero sabía que esta vez había perdido la partida. Se había confiado, sí señor, se había confiado. Y ahora le tocaba asumir las consecuencias. Dar la cara. Etcétera. Más de uno iba a llevarse una sorpresa. Para empezar Pachito, el celador, que al verle de regreso en la puerta con la pistola todavía en la mano exclamó escandalizado:

–¡Profesor!

Efectivamente. Era mucho lo que iba a tener que explicar.

 

2. Había empezado varios meses atrás. Se había quedado a dormir fuera de casa, la razón carece de importancia, lo que cuenta es que eran las seis de la mañana y estaba lejos del paradero en el que en un cuarto de hora lo recogería el bus del colegio. Nada que no pudiera remediarse cogiendo un taxi.

Y paró un taxi.

Y se subió.

Y llegó a tiempo.

El incidente fue producto de una desgraciada combinación de coincidencias. En primer lugar, el taxista, que decidió que ese día el recargo por tarifa nocturna se extendía hasta las siete de la mañana, cuando ya la noche había muerto hacía un buen tiempo. En segundo lugar, su billetera, que la noche anterior, esa que según el taxista se prolongaba bastante más allá del amanecer, se había vaciado hasta dejarlo solo con lo que la carrera hubiera valido en condiciones normales, esto es, sin el recargo inexistente. En tercer lugar, el autobús escolar, que llegó al paradero con unos pocos minutos de antelación, suficientes para que todos los pasajeros pudieran contemplar la escena.

El taxista se negó a aceptar el billete que le ofrecía. Le dijo que se bajara o se lo ordenó, lo que les parezca más apropiado para un “bájese hijueputa”. El taxista descendió del vehículo después de él, su resolución era evidente en la fuerza con la que apretaba la varilla que llevaba en una mano, pero la llegada del autobús le hizo vacilar. Acusó al profesor de ser un ladrón. Maltrató a la madre del profesor como el alumno que acaba de enterarse de que ha perdido el examen. Y entre un insulto y otro volvía a alzar la varilla, amenazador. Como el profesor parecía haber quedado paralizado, el chofer del bus pitó dos veces para recordar su presencia tanto al potencial agresor, en caso de que estuviera pensando en serio utilizar la varilla, como a la potencial víctima, en caso de que quisiera emprender la huída. Los pitos tuvieron el efecto deseado. El taxista bajó la varilla y con un zarpazo se apoderó del billete que su cliente había seguido tendiéndole mientras se dejaba bañar por su saliva y sus vejaciones.

Todo podría haber terminado ahí, con el billete cambiando de manos, pero en realidad la historia del profesor y el taxista de la varilla acababa de empezar.

No contento con haberse cobrado su recargo en insultos, el conductor agarró con violencia a su cliente para recordarle con la mejor de las voluntades que llevarle la contraria a taxistas como él era perjudicial para la salud.

–Agradezca que estamos a plena luz del día –empezó a decir, sin importarle que con ello sus argumentos sobre el recargo nocturno perdieran la validez de la que había intentado revestirlos–. Si no estuviera este bus aquí, lo mato.

Dicho lo cual lo empujó contra el andén y se largó.

El profesor, que era incapaz de entender cómo un desacuerdo trivial había podido escalar hasta semejante punto, subió al autobús temblando. En otras circunstancias se habría limitado a pagar el recargo a sabiendas de que era un robo sencillamente para librarse del taxista, pero nunca se le hubiera ocurrido que alguien podía matarlo (o desear hacerlo) por lo que a fin de cuentas eran menos de cinco mil pesos.

La secretaria del colegio, que hacía su misma ruta, le ofreció una botellita de agua.

El chofer preguntó si podía arrancar ya o si prefería esperar un rato.

Alguien comunicó al resto de los pasajeros que el profesor se había orinado del susto.

Las risas se prolongaron durante el resto del día.

 

3. Pachito hizo lo que le pareció más apropiado: cerró muy bien la puerta, alertó a los celadores de las demás torres y marcó el número de la policía. Hubiera preferido que el profesor le contara qué había pasado, pues nunca le habían gustado los chismes incompletos, pero cuando fue a preguntárselo éste ya había desaparecido en el ascensor.

Poco después, con la policía al otro lado del teléfono, Pachito descubriría que no era el único al que le gustaban los chismes completos. Era imposible que la estación mandara una patrulla a las torres solo porque así lo solicitaba un celador desinformado. ¿Qué había ocurrido?

–Un atraco –intentó adivinar–. En el Parque de la Independencia.

La estación estaba a un par de cuadras, pero Pachito se temía que no iban a prestarle atención. Nunca lo hacían.

 

4.Soportó las risas lo mejor que pudo. Es lo que tiene ser profesor. En ese sentido, le gustaba repetirse que no fue la humillación lo que le llevó a actuar. En el principio no era la humillación sino el sentido de la justicia. Su sentido de la justicia.

Un par de horas después del incidente, en la sala de profesores, un compañero amigo que acababa de enterarse de lo ocurrido se le había acercado. Quizá quería hacerle algún chiste, pero al encontrarlo cabizbajo optó por decirle que no había que hacer caso a los estudiantes. Eso lo obligó a aclarar que su problema no eran las burlas de los estudiantes (o de sus colegas) sino la idea de que ahí afuera había un hampón impune disfrazado de taxista. Sin embargo, en lugar de solidarizarse con él, su compañero lo reprendió. En su opinión, en lugar de haberse negado a pagar el recargo injustificado, lo que debió haber hecho fue encimarle al costo de la carrera el reloj, la calculadora o cualquier otro objeto que pudiera servir para dejar contento al taxista.

–¡Dejarme robar! –exclamó indignado, pese a que con excepción de ese día eso era lo que había hecho siempre.

Sí. Dejarse robar. No dejarse robar había sido una soberana estupidez. Y su colega se lanzó a contar la historia de su primo Orlando, recién llegado de Buenaventura, al que un taxista había matado a tiros en la puerta de la casa de sus padres por atreverse a discutir la diferencia entre la tarifa que le habían dado en la centralita del Terminal de Transporte y la que el taxista pretendía cobrarle, la cual incluía, estamos autorizados a suponer, el recargo por dárselas de avispado siendo un recién llegado.

Trató de discutir la lógica de toda la conversación, pero fue imposible. Y cuando un par de colegas se sumaron a ella, ambos estuvieron de acuerdo en que la moraleja de la historia de Orlando era que no había que discutir con taxistas, y no que, por decir algo, había que acabar con ellos.

Ese mismo día, en la noche, animado por la indignación que había mantenido viva desde la mañana, visitó a su madre en la vieja casa del Quirigua, y con la excusa de que necesitaba unos papeles, se encerró en la que en otra época había sido su habitación, un cuarto que su madre mantenía tal como él lo había dejado con la esperanza, por completo infundada, de que algún día volvería a vivir con ella. Allí, bajo una de las baldosas de debajo de su cama, estaba la pistola de Picante, un amigo de la infancia convertido luego en adolescente mamerto, guardia rojo y, finalmente, atracador de bancos. Llevaba ahí escondida, ¿qué? ¿Diez, once años? Con el arma en la mano pensó de nuevo (llevaba tiempo sin hacerlo) en por qué nunca había regresado a buscarla. Tal vez había vuelto a la cárcel, tal vez estaba ahora en la guerrilla, o en los paras. Sus padres se habían marchado del barrio. Él nunca había querido preguntar. Ahora... bueno, ahora era irrelevante.

Ilustración de Rafael Espinel

 

5. La llamada de Pachito llegó a la estación en mal momento. Por lo general, un atraco en el Parque de la Independencia o en la subida de la Plaza de Toros o en el puente de la Quinta, no justificaba el envío de una patrulla a menos que hubiera muerto, sobre todo cuando cerca de allí había uno fresco y bien muerto. El parte sobre el posible atraco junto a las Torres del Parque se comunicó a la patrulla que había ido a investigar los tiros que los vecinos habían oído y el taxi abandonado que habían visto en la subida a la Circunvalar, en caso de que, después, los agentes pudieran pasar a echar un vistazo.

 

6. Su idea inicial era encontrar al taxista que había amenazado con matarlo y darle una lección. Como había olvidado (o el terror le había impedido) anotar la placa o cualquier otra seña, lo único que tenía era un recuerdo vago de la cara de su agresor y la certeza de que cuando tomó el taxi hacía poco que había salido de casa. (Ese detalle había formado parte de la discusión: no estaba dispuesto a pagarle recargo nocturno a un tipo que, se notaba a leguas en el pelo mojado y el rostro recién afeitado, acababa de iniciar su turno.) Empezó entonces tomando taxis en esa esquina, a las seis de la mañana como el primer día. Eso lo obligaba a salir de su casa mucho más temprano de lo que acostumbraba y, es evidente, a aumentar de forma significativa la parte de su presupuesto destinada al transporte: la justicia, se dijo a modo de consuelo, tiene un precio. Algo que le preocupaba era saber qué debía hacer si antes de dar con el taxista de la varilla daba con otro para el que el recargo nocturno se extendiera hasta las siete de la mañana: ¿debía cobrarse en ese hipotético taxista las amenazas del primero? Durante varios días la pregunta fue meramente retórica, y para resolverla redactaba y volvía a redactar la nota que pensaba dejar junto al cuerpo si la lección se le iba de las manos y el encuentro se desarrollaba según sus peores previsiones. Tan desconcertado le tenía lo mucho que estaba tardando en encontrar un taxista abusador que cuando por fin apareció uno, le pagó lo que le pedía diciéndose que no era el suyo. Sin embargo, antes de bajarse decidió informarle de que lo que había hecho era incorrecto.

–Ese recargo que me ha cobrado no se aplica a esta hora –dijo seguro de sí mismo, bastante más de lo que se había mostrado dos semanas atrás.

El conductor apenas lo miró de reojo sin decir nada.

Se habría contentado con esa advertencia, pero apenas puso un pie fuera del vehículo el tipo arrancó. Su intención probablemente era darle un susto, marcar su territorio con los gruñidos del motor y poco más. Por desgracia, al obligar a su pasajero a volver al vehículo lo único que consiguió fue acortar su esperanza de vida.

Enfurecido, sintiendo un repentino valor del que hasta entonces creía haber carecido, el profesor sacó la pistola, se la puso al taxista en la nuca y le obligó a devolverle el dinero que acababa de pagarle.

–Ahora vamos a llamar a la central y vamos a preguntar por el horario del recargo nocturno –dijo–. Cualquier tres catorce o lo que sea que se le ocurra agregar a la pregunta, se muere.

El taxista debió pensar que a esa hora y en semejante avenida no lo iban a matar, mucho menos por un miserable recargo, e hizo lo que quien empuñaba el arma le ordenaba. La central del Servicio Estrella dio la razón al pasajero. Luego hubo un disparo.

Lo primero que pensó fue: “Lo hice”.

Lo que vino luego fue más confuso. Dejó la nota que había preparado sobre el cuerpo, junto al valor exacto de la carrera, y abandonó el carro preparado para echar a correr. No obstante, los vehículos continuaban avanzando por la avenida como si nadie hubiera oído o visto nada. Y caminó, ¡caminó!, casi cien metros sin que su recién estrenada condición de asesino fuera advertida por los transeúntes, y se subió a una buseta sin que el conductor o los pasajeros repararan en las salpicaduras de sangre que tenía en la mano. Le hubiera gustado decirse que la justicia no solo era ciega sino invisible, pero era consciente de que eso habría sido engañarse. Nadie le había visto porque nadie había querido verle.

Para la próxima, tomó nota mentalmente, no podía confiarse a la afición nacional por mirar para otro lado.

 

7. La patrulla llamó a la estación para confirmar que junto al taxi abandonado había un hombre muerto, el conductor, de acuerdo con la licencia. Junto, no dentro. La escena sugería que estaban ante otro atraco con intimidación, resistencia y tiro al taxista, en lugar de ante un nuevo crimen del Mata y Paga, para empezar porque no había paga ni nota ni nada parecido. Sin embargo, los vecinos decían que después de los disparos habían visto correr calle abajo (“hacia la Quinta o la Perseverancia”) a un tipo vestido de saco y corbata, lo que coincidía más con la descripción del psicópata que con los habituales atracadores de la Perse. En la estación, el capitán Rendón consideró que ese último detalle era más significativo que el primero.

 

8. La muerte de Elías Mogollón fue noticia en la prensa, pero no en la televisión. En un primer momento pensó que así era mejor, pues lo que buscaba no era publicidad, sino justicia. Luego, cuando los periódicos lo apodaron el Mata y Paga y la noticia saltó a los noticieros, reconoció que quizá la publicidad fuera algo positivo. Con la difusión adecuada, razonó, su labor dejaría de ser necesaria después de un tiempo: un taxista enterado de que un abuso podía costarle la vida estaría menos dispuesto a aprovecharse de sus clientes.

Entre Elías Mogollón y su segunda víctima pasó casi un mes, pero luego desarrolló una especie de instinto para distinguir a los conductores más dispuestos a aprovecharse de él o de lo que él representaba, y perdió menos tiempo dedicado a recorrer la ciudad conversando con conductores honestos y trabajadores sobre el mal que el asesino de taxistas le estaba haciendo al negocio.

–Los taxistas estamos para prestarle un servicio al cliente –le explicó uno–, pero sin confianza mutua eso es muy jodido.

Los taxistas, se enteró, descreían de sus llamados a la honradez y el fin de los cobros injustificados. Para ellos, el Mata y Paga era un asesino desalmado, no un justiciero. Se trataba, por supuesto, de un error de comunicación, o, mejor aún, de pedagogía, que se sintió obligado a subsanar con notas cada vez más extensas y menos convincentes hasta que, derrotado, concluyó que lo suyo era la física, y por ende el lanzamiento de proyectiles, no la retórica.

 

9. La fuga del sospechoso hacia la Perseverancia despertó a la estación. El barrio era refugio de toda clase de rateros y traficantes de poca monta a los que era una pérdida de tiempo perseguir, pero el Mata y Paga era otra cosa: un premio gordo. “Se nos metió al rancho”, anunció el capitán Rendón a sus hombres, “y vamos a cogerlo sí o sí”. El capitán había seguido la historia del asesino de taxistas desde el que apareció muerto en el Parque Nacional, pero nunca le había convencido la teoría del justiciero. Y vio confirmadas sus sospechas cuando se descubrió que el arma que empleaba había sido utilizada hacía más de diez años en el asalto a una sucursal del Banco de Colombia en Fómeque. Su orden inicial fue crear un perímetro de seguridad lo más discreto posible y estar atentos a cualquier movimiento en el barrio. Por desgracia, discreción es una palabra casi desconocida por los cuerpos de seguridad, y entre quienes oyeron la orden se encontraba un soplón de la prensa que prácticamente vivía en la estación, José “El Pepino” Fernández.

Ilustración de Rafael Espinel

 

10. Entre sus colegas, en cambio, nadie dudaba de las intenciones del Mata y Paga.

En el salón de profesores el apodo había sido bienvenido desde el principio, y él disfrutaba escuchando las hipótesis de sus colegas sobre la identidad del justiciero que, psicópata o no, todos coincidían, estaba haciendo algo para castigar los abusos del transporte público. Y el primo del difunto Orlando, uno de sus principales admiradores, estuvo recortando las noticias sobre sus víctimas para clavarlas en la cartelera hasta que el padre rector decidió que eso era de mal gusto.

Los aplausos, sin embargo, estaban lejos de ser unánimes. Fue en el colegio donde tuvo que oír la teoría más inquietante sobre sus actos. La expuso la psicóloga de la institución, que la llamó la tesis del círculo vicioso. Cuando alguien hace algo que a todas luces es incorrecto, su primer mecanismo de defensa es decirse que lo incorrecto es en realidad correcto, y para demostrarse que es así tiene que volver a hacerlo. Una y otra vez. Para respaldar su tesis, la psicóloga sacó a relucir que el Mata y Paga se tomaba cada vez menos tiempo libre entre una víctima y otra.

–Quizá se ha vuelto más hábil para escoger a sus blancos –sugirió él, seguro de conocer mejor que nadie sus motivaciones.

–Probablemente eso es lo que se está diciendo –replicó la psicóloga.

Lo obvio habría sido preguntar cuándo se cierra el círculo vicioso o, mejor, si hay forma de salir de él, pero ésta fue una cuestión que nadie creyó oportuno plantear.

 

11. En la cadena recibieron la llamada del Pepino Fernández con la suspicacia habitual. Sospechosos de ser el Mata y Paga habían estado apareciendo con cierta regularidad desde que el psicópata había empezado a ser considerado un asesino en serie y no un simple atracador de gatillo fácil. Con todo, una vez que la exclusiva que pretendía venderles el Pepino fue confirmada por la radio, que empezaba a alertar de una concentración de taxistas “sedientos de justicia” en la Perseverancia, se tomó la decisión de enviar una unidad móvil en caso de que hubiera acción.

 

12. Se había prometido que daría por terminada su labor cuando encontrara al taxista de la varilla. Así, pensaba, el círculo vicioso se transformaría en círculo virtuoso.

El inconveniente era que su método inicial había convertido los alrededores de la esquina donde se había topado con él en una especie de Triángulo de las Bermudas en el que ningún taxista se atrevía a adentrarse: el lugar en que el Mata y Paga había subido al vehículo de sus tres primeras víctimas. Luego había optado por cambiar de escenario con frecuencia, pero eso solo había servido para alejarlo cada vez más de su presa, y el temor de que no iba a parar nunca a menos que consiguiera dar con ella empezó a socavar su prudencia.

Decidido a poner fin a su misión de una vez por todas, un sábado estuvo cogiendo un taxi tras otro de forma aleatoria desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde, momento en el que un conductor le señaló como la coincidencia de las coincidencias que ese mismo día, a las nueve o nueve y media, lo había recogido en el otro extremo de la ciudad. El taxista no vio en ello nada sospechoso, pero para él fue evidente que estaba corriendo riesgos innecesarios y de inmediato suspendió la búsqueda. Por ese día.

¿Por ese día?

Quizá, pensó, estaba enloqueciendo.

Derrotado, bajó del vehículo sin importarle qué tan lejos estaba de casa y caminó hasta el semáforo más cercano dudando de su anterior determinación. Tal vez el círculo vicioso era, como quería la psicóloga del colegio, una espiral suicida. La historia podía haber terminado ahí, con el asesino de taxistas convertido de nuevo en peatón inofensivo, pero, como es sabido, ocurre en ocasiones que la montaña viene a Mahoma cuando el profeta flaquea, en ocasiones en forma de una viga de concreto enorme cayendo desde un décimo piso, en ocasiones en forma de una mancha amarilla que frena en seco en el semáforo en rojo justo a tiempo para evitar dejarte paralítico. Esas casualidades afortunadas que son frecuentes en las novelas y las películas y que, en cambio, podemos pasarnos la vida esperando inútilmente que se produzcan.

El taxi frenó. El semáforo estaba en rojo. Él estaba en medio del paso de peatones. Tal vez se tambaleó. Tal vez se sintió mareado. Pero cuando el pito del taxi lo devolvió a sus sentidos, descubrió que tenía delante al taxista de la varilla. Y esta vez no olvidó tomar nota de la placa del vehículo.

El taxista de la varilla se llamaba Isaías Gutiérrez y dar con sus señas fue mucho menos difícil de lo que imaginaba. Una semana más tarde estaba apostado a pocas calles de su casa, que como había adivinado se encontraba en los alrededores del Triángulo de las Bermudas del Mata y Paga, y tan pronto lo vio acercarse levantó la mano para llamar su atención. Gutiérrez detuvo su vehículo varios metros delante, pero al ver que el profesor permanecía en su puesto retrocedió con cautela para echarle un ojo antes de permitirle abordar el vehículo. Un don nadie, debió pensar.

–Súbase –dijo.

Había preparado un breve discurso en honor de su última víctima. Nada muy distinto de las notas desabridas sobre la honradez que había ido dejando por toda la ciudad junto a los cuerpos de los demás taxistas, pero con un matiz especial: deseaba que antes de morir Gutiérrez comprendiera que él había sido el detonante (llamarlo “causa” habría sido excesivo) de los acontecimientos de esos meses. El taxista, sin embargo, se le adelantó. En determinado momento, detuvo el vehículo junto a un puente peatonal y le dijo que de ahí en adelante tendría que continuar a pie. Su destino estaba al otro lado del puente, eran cuatro o cinco cuadras, y él no iba a perder tiempo dando vueltas por ahí pudiendo recoger a un nuevo cliente en la avenida. El profesor se negó a bajar. Era él quien iba a pagar por el servicio y sería él quien decidiera cuándo y dónde se bajaría. En ese instante Gutiérrez quizá tuvo una oportunidad de redimirse, pero en lugar de ello lo que hizo fue echar mano de su solución universal.

–¿Quiere decírselo a la varilla? –preguntó con una sonrisa cínica mirándolo con desprecio por el retrovisor al tiempo que alzaba la mano derecha para mostrarle la herramienta.

Acostumbrado a lidiar con clientes obedientes, Gutiérrez ni siquiera creyó necesario darse la vuelta para mirar a los ojos al pobre güevón al que si no se bajaba, pensó, iba a meterle la varilla por el culo.

Acaso culo fue la última palabra que se encendió en su cerebro antes de quedar esparcido por el panorámico.

 

13. Al llegar a la Perseverancia (o acercarse: para ese momento era prácticamente imposible acceder al barrio), la unidad móvil se encontró con que la acción había empezado sin esperar a la llegada de Noticias Cuatro, “las noticias ahora”. Una maraña de vecinos del barrio, policías antidisturbios, agentes de civil y taxistas iracundos presagiaba un tumulto digno de boletín de última hora, y Laura Barragán, la periodista asignada a la unidad, tuvo que improvisar un flash informativo apelando al material que le tenía listo el Pepino. Fue Laura Barragán, en exclusiva para Noticias Cuatro, quien reveló al país que el Mata y Paga podía ser uno de los cuatro hampones, “con un amplio historial delictivo”, que habían pagado condena por un asalto a mano armada a la sucursal del Banco de Colombia de Fómeque. La periodista dijo cuatro (en lugar de tres) porque las prisas le habían impedido leer la nota que señalaba que Ernesto Bustamante, alias “El Cojo”, había muerto dos años atrás en la Modelo. Pero le encantó decir eso de “cuyos rostros ven en pantalla”. Así, pensó, como en las películas.

Ilustración de Rafael Espinel

 

14. Todo había empezado con el taxista de la varilla, y todo debería haber terminado con él. El cierre perfecto del círculo virtuoso.

Sin embargo, pese a haber cumplido con su misión seguía llevando consigo el arma, que, reconocía, le daba una sensación de seguridad a la que le costaba trabajo renunciar. Una sensación engañosa, porque se traducía en confianza, y era la confianza lo que, pensaba, lo había perdido.

Habituado a ser el que constituía un peligro, se había acostumbrado a subirse siempre al primer taxi que pasara (o al primero que se detuviera) despreciando las precauciones de otra época, algo especialmente peligroso si es de noche y no vives en el barrio más tranquilo de la capital.

Y paró un taxi.

Y se subió.

Y se dijo que iba a llegar a tiempo.

El incidente fue, de nuevo, una desgraciada combinación de coincidencias. Uno: el taxista tenía un cómplice esperándolo de camino a la Circunvalar. Dos: su cliente iba armado. Tres: la víctima y el atracador se conocían.

 

15. Los rostros que el país vio en pantalla eran una fotocopia borrosa de cuatro viejas fotografías de los archivos policiales. Eso no impidió que al menos una pequeña parte de eso que la periodista llamaba “el país” reconociera a los implicados. Un espectador del barrio Santa Fe identificó a Leonardo Montenegro, alias “Poca Lucha”, preso desde abril en una cárcel de Miami. Otro espectador, esta vez desde Manizales, identificó a su primo William Guillermo Álvarez, alias “Cochambre”, a quien tenía a su lado, jartando aguardiente desde las cinco de la tarde y que, por tanto, difícilmente podía estar en Bogotá matando taxistas.

Mientras los ciudadanos de bien colapsaban las líneas de la cadena, en la Perseverancia, a pocas cuadras de donde se encontraba la unidad móvil de Noticias Cuatro, Libardo Palma, una parte ínfima del país de la periodista, descartó usar el teléfono cuando le pareció evidente que no se iba a ofrecer recompensa alguna por los sospechosos. Existía la posibilidad de que la cosa cambiara, claro, pero en su negocio, reflexionó, era el momento lo que contaba. Por consiguiente, abandonó la cama envuelto en una cobija, subió al segundo piso de la vivienda y se detuvo frente a una puerta cerrada a la que dio un puntapié para no tener que sacar las manos de debajo de la cobija. Luego gritó para que se le oyera al otro lado:

–¡Picante! ¡Otra vez está en televisión!

 

16. Cuando el taxi se detuvo para que el atracador se subiera, lo primero que pensó fue que era el colmo que el chofer pensara recoger a otro pasajero. E incluso con el cañón del revólver delante de sus narices no atinó a pensar que lo estaban asaltando. De hecho, lo siguiente que se le ocurrió fue que lo habían atrapado. Por eso, su reacción instintiva fue huir. En lugar de entregar la billetera como le pedían u oponer al cañón del revólver el cañón de la pistola con la que se había cargado a una docena de taxistas por muchísimo menos de lo que éste y su cómplice se proponían hacerle, se lanzó a abrir la puerta, aun a riesgo de recibir un balazo en el intento. El forcejeo se inició antes de que hubiera alcanzado la manija, y desde el puesto del conductor el taxista, que veía por el retrovisor cómo el revólver se inclinaba amenazador en su dirección, se apresuró a llamar la atención de su compinche.

–¡Pilas Picante!

Picante. En el asiento trasero se produjo un terremoto del tiempo bien conocido por los físicos de la Universidad de Tralfamadore. Una calle del Quirigua. Partidos de fútbol en el cemento. La hermana de Lombana que estaba tan buena. Una mata de ají del bravo. Bromas en clase. Picante furioso porque lo llaman Picante. El mamerto que dictaba historia en noveno grado. ¡VenSeremos! Acné juvenil. Revolución se escribe con V de victoria. Picante orgulloso de que lo llamen Picante. Un tropel en la Nacional. Patadas en las pelotas dentro de la amenaza verde. Discusiones de cafetería. Amigos que no te convienen. Vete para la mierda. ¿Estás loco? ¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo? Un último favor. El último.

Sin preocuparse por encontrar un lugar apropiado para detenerse (a esas horas casi cualquiera lo era), el taxista frenó de inmediato para ayudar a su socio a reducir al hijueputa que les había salido gallito. Sin embargo, la frenada hizo desaparecer el revólver y eso alteró el equilibrio de fuerzas en el asiento trasero. Mientras Picante escapaba por una puerta, el taxista abría la otra para descubrir que el revólver había cambiado de mano y se había convertido en pistola.

Y la pistola le disparó.

 

17. Mauricio Pérez, alias “Picante”, alguna vez un candidato a líder revolucionario y para entonces un delincuente de bajísimo perfil dedicado a ejecutar atracos rápidos que no requirieran demasiada preparación y mucho menos inteligencia, sabía que no era el Mata y Paga y sabía que Palma lo sabía, pero quería garantías de que podía contar con su auxiliador si los tombos llegaban hasta allí y, sobre todo, si se anunciaba la recompensa en la que, sin duda, éste ya estaba pensando. Después de que el atraco se torciera, Palma había accedido a dejarle pasar la noche en su casa sin pedir explicaciones, pero fue menos incondicional cuando Picante le preguntó si iba a sapiarlo.

–Hermanito, en este negocio uno nunca puede decir de esta agua no beberé.

Lo que significaba: mejor váyase y no tentemos al destino.

Lo que a su vez significaba: entre más lejos de aquí lo cojan, mejor para ambos.

 

18. En la carrera hacia su edificio en ningún momento pensó en sí mismo como la víctima de un atraco que mata en defensa propia a un delincuente. Apenas se había detenido en alguna esquina oscura para recuperar el aliento y ni siquiera había atinado a guardar la pistola o deshacerse de ella. Había vuelto a ser un asesino que huía, pero uno que lo hacía habiendo dejado escapar a alguien que podía identificarlo con nombres y apellidos.

El exceso de confianza le había perdido, sí, y ahora Picante debía estar en la estación de policía de la Perseverancia, negociando algún beneficio a cambio de entregar al Mata y Paga.

En eso pensaba cuando vio a Picante en la televisión, perseguido por la policía y, según la periodista que narraba la cacería humana, un enjambre de taxistas enardecidos. Le costó entender que los perseguidores creían que Picante era el Mata y Paga.

Picante. El Mata y Paga.

Se oyó un disparo. La periodista chilló y desapareció de la pantalla. La cámara se tambaleó. Al primer disparo le siguieron otros dos. “¡Lo mataron, lo mataron!”, gritaba la gente. Cuando la cámara volvió a una posición inteligible, un antidisturbios estaba golpeando a (probablemente) un taxista. Contra un fondo de piernas y brazos y cabezas y bolillos y puños y zapatos, vio surgir de nuevo la cara de la periodista: los oficiales están llamando a la calma, la oyó decir. Nadie sabe quién ha abierto fuego. Pero el Mata y Paga ha muerto. Repito: el Mata y Paga ha muerto. Una exclusiva de Noticias Cuatro. Las noticias ahora.

 

19. Al capitán Rendón le gustaba ver sus teorías confirmadas. La prensa podía especular cuanto quisiera con llaneros solitarios y asesinos en serie para contentar a la “opinión pública”, pero él sabía que todo eso era carreta. La vida le había enseñado que lo que no es plata es mierda. O, para entendernos, que es la plata lo que mueve el mundo, desde los justicieros (y los jueces) hasta los atracadores, según su versión de la pirámide social, que más que una pirámide parecía un serrucho. El Mata y Paga nunca había conseguido engañarlo con sus noticas sobre la honestidad y demás blablablá hipócrita. A él nadie lo engañaba. No señor. Y, a ver, ¿cuántos en el cuerpo podían decir lo mismo?

Lo jodía, eso sí, que la puta pistola no hubiera aparecido, pues eso significaba que podía volver a aparecer.

Algún día.

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Luis Noriega

Radicado en España desde hace más de 15 años. En 2013, publicó su último libro 'Donde mueren los payasos'.

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