
Ilustración de Rafael Espinel
Harás desaparecer el mal.
Deuteronomio 17, 12
1. Alcanzó a llegar al edificio, pero sabía que esta vez había perdido la partida. Se había confiado, sí señor, se había confiado. Y ahora le tocaba asumir las consecuencias. Dar la cara. Etcétera. Más de uno iba a llevarse una sorpresa. Para empezar Pachito, el celador, que al verle de regreso en la puerta con la pistola todavía en la mano exclamó escandalizado:
–¡Profesor!
Efectivamente. Era mucho lo que iba a tener que explicar.
2. Había empezado varios meses atrás. Se había quedado a dormir fuera de casa, la razón carece de importancia, lo que cuenta es que eran las seis de la mañana y estaba lejos del paradero en el que en un cuarto de hora lo recogería el bus del colegio. Nada que no pudiera remediarse cogiendo un taxi.
Y paró un taxi.
Y se subió.
Y llegó a tiempo.
El incidente fue producto de una desgraciada combinación de coincidencias. En primer lugar, el taxista, que decidió que ese día el recargo por tarifa nocturna se extendía hasta las siete de la mañana, cuando ya la noche había muerto hacía un buen tiempo. En segundo lugar, su billetera, que la noche anterior, esa que según el taxista se prolongaba bastante más allá del amanecer, se había vaciado hasta dejarlo solo con lo que la carrera hubiera valido en condiciones normales, esto es, sin el recargo inexistente. En tercer lugar, el autobús escolar, que llegó al paradero con unos pocos minutos de antelación, suficientes para que todos los pasajeros pudieran contemplar la escena.
El taxista se negó a aceptar el billete que le ofrecía. Le dijo que se bajara o se lo ordenó, lo que les parezca más apropiado para un “bájese hijueputa”. El taxista descendió del vehículo después de él, su resolución era evidente en la fuerza con la que apretaba la varilla que llevaba en una mano, pero la llegada del autobús le hizo vacilar. Acusó al...
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Radicado en España desde hace más de 15 años. En 2013, publicó su último libro 'Donde mueren los payasos'.
Octubre de 2009
Edición No.102
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No. 208En la Manizales del siglo XIX, una intelectual debía sobreponerse a las pataletas de sus hijos y a la picardía de sus criadas para abrirse un espacio creativo en medio de las vicisitudes [...]