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Triste tópico: la muerte de Claude Lévi-Strauss

La muerte reciente del célebre etnógrafo belga sirve como triste música de fondo para acompañar este recorrido por la antropología del siglo XX.

Levi-Strauss en Brasil, hacia 1936


A un mismo tiempo murieron octubre y Claude Lévi-Strauss. Desde entonces, necrológicas publicadas en muchos medios e idiomas han disparado salvas en honor de quien consideran el padre de la antropología moderna. Sin embargo, la antropología ya era moderna cuando Lévi-Strauss debutó como etnógrafo: lo era, en el mejor de los casos, desde los últimos años del siglo XIX, cuando Franz Boas dinamitó el método comparativo de los evolucionistas de poltrona; o, al menos, desde el momento –tercera década de la centuria que siguió– en que Bronislaw Malinowski estableció el decálogo de la vigente investigación de campo. El ilustre difunto quizá fue, más bien, el hijo por antonomasia de la antropología moderna. Como quiera que sea, lo que no puede dudarse es que, entre los estudiosos de la cultura nacidos en el siglo XX, Lévi-Strauss fue uno de los más perdurables e influyentes.

Gustave Claude Lévi-Strauss nació en Bruselas el 28 de noviembre de 1908, hijo de un pintor de grácil pincel y una taquimecanógrafa. Dieciocho años más tarde se matriculó como estudiante de derecho y filosofía, en el Panthéon y la Sorbona, hasta conseguir una diplomatura en estudios superiores. De modo que su formación como antropólogo, apenas esbozada en la formalidad del aula, se dio directamente entre las comunidades humanas; en concreto, en las selvas del chaco brasileño, las que visitó luego de posesionarse como joven catedrático de la Universidade de São Paulo en 1935. En ese primer viaje a América, Lévi-Strauss tuvo ocasión de tomar el pulso a esa paradójica comarca del mundo que sería el epicentro de su obra: fue detenido en Martinica por suspicacias políticas, y luego, al llegar a Brasil, la primera correspondencia que recibió lo invitaba a participar en el Carnaval.
 
El descubrimiento de las proporcionadas pinturas corporales de los indios caduveo y los rigurosos trazados urbanos de los bororo hizo posible el surgimiento, en antropología, de la teoría estructuralista. Muchos años después de que tomara sus notas en la libreta de etnógrafo amateur, Lévi-Strauss bromeó con la idea de que su paradigma teórico se había salvado gracias a la fortuita simetría de los primeros nativos que topó entre aquellos matorrales. Sin embargo, no puede ocultarse que el nacimiento de la compleja teoría debe mucho, también, a la amistad que el antropólogo y Roman Jakobson fundaron en Nueva York hacia 1943. Como un Virgilio, el ruso (o estadounidense) llevó al belga (o francés) por los caminos de la lingüística estructural, lo que permitió que éste diera con la luz que iluminaría todas sus formulaciones: la idea de que la cultura humana se dispone como un sistema de elementos en oposición.
 
En 1949, azuzado por Jakobson, Lévi-Strauss publicó su primer libro canónico: Les Structures élémentaires de la parenté. El grueso tratado estudia, hasta las más remotas implicaciones, lo que el antropólogo entendió como átomo básico del parentesco humano: el grupo formado por un hombre, su mujer, sus hijos y su cuñado. Antes de Lévi-Strauss, A. R. Radcliffe-Brown había dibujado los mismos monigotes con excepción del cuñado, lo que omitía el principio básico de la vida social: que un hombre toma la mujer que otro, intimidado por la culpa del incesto, no puede hacer suya. Puesto en marcha con el impulso de una bola de nieve, el libro va desde las más juiciosas reflexiones hasta una frenética esgrima de diagramas y ecuaciones: acaso lo que intuitivamente, veinte años atrás, Malinowski había calificado como manifestaciones de cierta “demencia antropológica”.
 
Los excesos también tentaron a Lévi-Strauss en la obra que siguió a la Biblia del parentesco: Tristes tropiques (1955). Allí, en uno de los cuarenta capítulos, intenta someter a sus obsesiones estructuralistas lo que no es más que inaprensible acontecimiento: una puesta de sol. De todos modos, la confesión de su derrota es gallarda: escribe, sin amargura, que la noche “se introduce como por superchería”. A un mismo tiempo manual de etnografía, memoria de investigación, manifiesto teórico, homilía humanista, libro de viajes y novela –incluso fuente de novelas, si se piensa en Maíra (1976) de Darcy Ribeiro–, Tristes tropiques es nítida encarnación del contemporáneo deceso de los géneros y es, sin que quepa duda, el mejor libro de su autor. Con aguda sensibilidad revela los pormenores de pueblos insospechados que, a un mismo tiempo, son materialización fiel de la condición humana. Una pregunta justa, más o menos rabiosa, se siembra no lejos de la última página: “¿No era culpa mía y de mi profesión suponer que hay hombres que no son hombres?”. No es casual que Lévi-Strauss considerara a Joseph Conrad como el gran novelista del siglo XX.
 
Durante las dos décadas que siguieron a Tristes tropiques,Lévi-Strauss se concentró en explorar los rudimentos básicos del pensamiento humano. Por esa senda, con maestría, echó por tierra los prejuicios que escaparon a la purga efectuada por los modernizadores de la antropología. En La Pensée sauvage (1962) estableció que no hay salvajes sino un modo salvaje, universal, de pensar; en Le Totemisme aujourd’hui (1962) borró la idea de que el totemismo era una religión incipiente y lo elevó a la categoría de sistema de clasificaciones conceptuales, equiparable, quizá, con el que hoy dispone que haya cardenales y azulejos en la MLB. Finalmente, en su serie Mythologiques (1964-1971), después de hincar el diente sobre 813 mitos americanos, llegó a la idea de que el raciocinio humano está integrado por nociones básicas dispuestas en pares de oposición, nacidas todas ellas del dilema fundamental que, tres siglos atrás, trasnochó a Shakespeare: el ser o no ser, la conciencia simultánea de saberse vivo y mortal.
 
Las últimas tres décadas de la vida del antropólogo significaron la explosión de temas que le venían en la sangre –reflexiones sobre el arte, legítima impronta de su padre– y una activa participación como humanista en conferencias y otras actividades de divulgación. Allí se va lanza en ristre contra las interpretaciones esencialistas de la noción de raza y, como Boas –cuya muerte repentina presenció en un almuerzo navideño de 1942–, sabe que la cultura dispone trucos que en su superficie se antojan biológicos. Pero también, por aquellos años, retoma para modificar su tono de analista del parentesco y mitógrafo, y sin ecuaciones que pretendan calcular la derivada de una función del pescado podrido entre los indios del Canadá, plantea un álgebra simple y pedagógica que explica, por ejemplo, las conexiones de talante higienista entre el perezoso y la Luna en los mitos suramericanos; o dirá, como en Histoire de Linx (1991), que son propias de los amerindios las concepciones bipolares, y de ahí su modo dualista de entender la Conquista. Reflexiones de este tenor han llevado a críticos como Serge Gruzinski a quejarse de lo que parece el más claro efecto del pensamiento levistraussiano: producir un mundo-naranja que solo puede entenderse partido en mitades.
Discreto y quisquilloso, Lévi-Strauss vivió sus últimos años escondiéndose de homenajes y contestando entrevistas a regañadientes; emitiendo, con palabras sacadas a la diabla, opiniones acres contra la posmoderna antropología subjetivista: esa que concibe que no todo es concreto y que, más que las cosas culturales en sí mismas, corresponde al investigador observar al observador. Lévi-Strauss prefería pensar la vida humana como una vida de hormigas, y a través de sus explicaciones minuciosas llevar –o devolver– la ciencia del hombre al seno de las ciencias exactas y naturales.
 
Prendado de la simetría, el antropólogo murió a menos de un mes de cumplir 101 años. Su familia protegió la intimidad del último momento, y por eso el día exacto de la muerte se pierde entre el 30 de octubre y el 1 de noviembre. La misma incertidumbre ha hecho provocador el fin de otros grandes como Cervantes, el Inca Garcilaso y Molière.

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Juan Carlos Orrego Arismendi

Es profesor en la Universidad de Antioquia.

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