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El Malpensante

Crónica

Encuentro en La Habana

Lejos de los grandes hoteles y casi en puntas de pie, como para no dejar huellas, el cronista penetra en La Habana de los cubanos. Entre ellos, un personaje le abre sus puertas para revelarle un nuevo rostro de la melancolía de la isla.

© Christina Simons. Corbis

Soy otro flâneur que camina sin rumbo por Camagüey, San Antonio o La Habana. Soy un azotacalles que odia a los turistas y se aburre en los museos. En La Habana, una caminata me lleva hasta la Catedral. Doy una vuelta y termino por sentarme en las escalinatas. Cae la tarde y desde el atrio de la iglesia veo pasar la gente: americanos de los tres continentes, blancos de Oceanía y Europa, cubanos atrapados en el rebusque:

–¿Quiere comer? –pregunta una negrita delgada.

–¡Amigo, lo llevo a un paladar! –grita un niño.

–Tengo Cohiba, ron Habana... –susurra un mestizo moreno.

Me parece ver a alguien conocido entre unos australianos. Considero la posibilidad de hablarle pero desisto: ¿para qué molestar? También soy latino y van a pensar que soy otro cubano bisnero. Los cubanos del desespero se pegan como gentiles sanguijuelas y bajo ninguna excusa se quieren soltar. En la entrada de la Catedral, un grupo de turistas pasa a conocer la iglesia y tras ellos aparece Camilo, el argentino que lleva veinticinco años exiliado en Austria. Lo conocí en el aeropuerto y durante el vuelo me comentó sobre el curso que pensaba tomar y sobre lo que luego quería hacer en La Habana:

–Esas mulatas –me dijo–, no hay nada como las mulatas. Ellas sí saben para qué lo tienen.

Tras lo cual peló sus dientes. Camilo es moreno y algo aindiado, tiene casi cincuenta años. La segunda vez que lo encontré fue en Colón, donde ni él ni yo –turistas al fin y al cabo– teníamos nada que hacer. Camilo salía de uno de los edificios. Le dio alegría verme, pero lo que le saltó a la cara parecía más un espasmo que una sonrisa. Me abrazó y con un guiño y su aliento a ron me dijo:

–Vos sos de los míos, ¿verdad? Esos europeos no saben lo que es vivir. Qué asco de rubias, qué asco...

Vi que empezábamos a llamar la atención de los cubanos y que dos niños detenían su juego.

–Sí –le respondí y traté de desprenderme de él.

–¿Cuántas llevás? –me dijo con su carita cansada.

Dudé un momento en responderle.

–No tantas como vos, seguro...

...

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Comentarios a esta entrada

Caroline Jordáo

Te felicito por la crónica. De hecho, real. Leía tus palabras y me acordaba de cúando estuve allá.

Su comentario

Julián David Correa

Es gerente de Literatura de la Alcaldía Mayor de Bogotá.

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