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El Malpensante

Literatura

La ambigua gloria de Pemán

Poco antes de morir, José María Pemán se convirtió en Gloria de las Letras Españolas. Pero, ¿qué diablos significa eso? Este ensayo, tomado del recientemente reeditado Paisaje con figuras, escudriña el largo camino hacia esa sospechosa versión del Olimpo.

 

Ilustración de Fernando Vicente

A los 84 años murió José María Pemán, en Cádiz, donde había nacido. Durante toda su vida escribió sin parar, en verso, en prosa, en broma, en serio, en largo, en corto. Docenas de obras de teatro, más de treinta ensayos y novelas, centenares de poemas, millares, o tal vez decenas de millares de artículos de prensa. Hace pocos meses, el rey Juan Carlos distinguió con la Orden del Toisón de Oro su larga vida de lealtad a la Corona. Premios, los tuvo todos: desde una flor natural en Sanlúcar de Barrameda hasta el Mariano de Cavia. Cargos, innumerables: desde el de diputado por Cádiz hasta el de presidente del Consejo Privado de don Juan de Borbón. Hijos, nueve. Nietos, a porrillo. Tierras. Casas. Honores. Y sin embargo nunca, pese a que su nombre fue propuesto en repetidas ocasiones, tuvo Pemán el premio Nobel de Literatura.

No es que el Nobel valga mucho. Pero Pemán lo codiciaba, hasta el punto de haber declarado con vanidosa modestia que para él valía tanto el haber sido propuesto como haberlo obtenido. Si no lo logró fue por motivos políticos, aseguran sus admiradores. Por insuficiencias literarias, mantienen sus detractores. Con respecto al Nobel, premio tan político como literario, unos y otros tienen razón. Pero en cambio, y exactamente por las mismas causas, José María Pemán llegó a ser indiscutiblemente una Gloria de las Letras Españolas.
 
No es un premio. No es un título. No es un oficio. Es algo que no existe en ningún otro país del mundo. Se dirá que Shakespeare esto, o que Goethe aquello, pero no es lo mismo. Lo de Gloria de las Letras Españolas es una especie de halo, de pedestal, de nube, que nadie otorga de manera oficial, que nadie hereda ni recibe de un modo claro, explícito: de pronto alguien lo ocupa, lo goza en usufructo, lo es. No se sabe por qué, pero se sabe; y él lo sabe, aunque tampoco pueda proclamarlo; la Gloria de las Letras Españolas excluye la jactancia; no es cosa que se pueda poner bajo la firma, entre paréntesis, ni en las tarjetas de visita. Pero ahí está. Ahí es. Tal vez es un destino.
 
Porque se llega a Gloria de las Letras Españolas al cabo de una larga vida, la madurez pasada, al ...

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Antonio Caballero

Es columnista y caricaturista de la revista Semana y autor de la novela 'Sin remedio'.

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