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Crónica

La gripe

Una embajada de postguerra

La epidemia de influenza de 1918 arrasó con las vidas de millones de latinoamericanos. Entre cadáveres, menjurjes y boticarios, este desempolvado recuerdo de infancia del escritor peruano atraviesa los Andes en una carrera contra la muerte, que deja en pañales nuestra benigna y mediática gripa A.

Un policía usando tapabocas en 1918 © Hulton-Deutsch Collection. Corbis

Ciro Alegría Bazán nació hace un siglo –el 4 de noviembre de 1909– en la hacienda Quilca de la provincia de Huamachuco, en los Andes del norte de Perú. Al hacerse escritor cumplió con un destino que le había sido señalado en la pila bautismal, donde, por sugerencia de una tía, recibió el nombre de un personaje de La isla misteriosa de Julio Verne. Las páginas más importantes de su literatura se concentran en tres novelas que aparecieron a lo largo de poco más de un lustro: La serpiente de oro (1935), Los perros hambrientos (1939) y El mundo es ancho y ajeno (1941), esta última ganadora del Concurso Latinoamericano de Novela promovido por la editorial Farrar and Rinehart de Nueva York. De acuerdo con una nota autobiográfica, Alegría terminó la novela “al alba del día” en que cerraba la recepción de trabajos, y la entregó en la oficina respectiva con quince minutos de retraso.

La lucha indigenista se plasma en El mundo es ancho y ajeno con la redondez de un argumento prototípico: una comunidad india, acorralada por los hacendados que roban impunemente sus tierras, degusta la venganza que le sirve un joven caudillo, aunque, a la postre, éste termina acribillado por las balas del ejército peruano. Tal fue el eco que en Ciro Alegría dejaron las prédicas socialistas del historiador Luis E. Valcárcel, autor de un libro turbulento que marcó el curso de la literatura latinoamericana, Tempestad en los Andes (1927), cuyo augurio era la recuperación de la tierra por parte del indio. Imbuido del escepticismo de los otros cultores del indigenismo literario, Alegría evitó los finales apoteósicos y prefirió la maltrecha esperanza de libros cuyas soluciones tienen que ver con ríos salidos de madre, perros envenenados, indios en presidio y fabricantes de ataúdes en rebelión.

Cuando murió –en Lima, el 17 de febrero de 1967–, Ciro Alegría dejó pedazos de su vida narrados en notas periodísticas y otros papeles inéditos. Su última esposa, la poetisa cubana Dora Varona, armó con ellos el rompecabezas de unas memorias, Mucha suerte con harto palo (1976), reeditadas en Colombia pocos años después de su aparición en Perú. En uno de los artículos, particularmente expresivo, el escritor fija el recuerdo de un episodio andino tan nefasto como el azote de los terratenientes: una epidemia de influenza ocurrida en 1918. La narración oscila entre el regocijo de un diario de infancia y el dramatismo de una carrera a caballo contra la muerte. A pesar de tan ambiguo entusiasmo, los párrafos de la crónica dejan claro al lector del siglo xxi que sus días no son –por más que se obstine en pensar lo contrario– los más apocalípticos.

Introducción por Juan Carlos Orrego

 

La gripe de 1918 acabó con la vida de millones de personas. © Library of Congress

La gripe comenzó a flagelar al mundo después de la Primera Guerra Mundial. Antes habían existido otros males parecidos, pero la verdadera gripe hizo su aparición como una embajada de postguerra. Acaso a los hados no les pareció suficiente matanza la que hubo en aquella guerra, y a falta de bomba atómica, mandaron la gripe.

Si mal no recuerdo, a mi patria llegó por allá por los años 18 y 19. Yo era entonces un rapazuelo que cursaba la instrucción primaria en Trujillo. El colegio se infectó y para impedir que nos contagiáramos todos dieron cierto tiempo de vacaciones. A los mayores, la gripe llevábaselos por cientos. Los males nuevos son como los cuchillos nuevos: cortan bien. La enfermedad recién estrenada encontraba a la gente sin defensa ni práctica en la medicación. Había grande alarma...

Una de mis tías me llevó cierta vez a visitar a unas amigas que vivían cerca del cementerio. Aquella sala tenía ventana de reja. Apenas nos sentamos, comenzaron a pasar entierros, algunos lujosos, con carrozas haladas por mulas de gualdrapas negras y otros, muy pobres. “¡Ay, la gripe!, ¡ay, la gripe!”, chillaba la dueña de casa. Cuando terminó de pasar el cortejo del quinto féretro que vimos en una hora, mi tía me sacó de allí al trote, como si nos hubiera puesto en un riesgo especial ese desfile continuo de la muerte. A los pocos días, la señora chillona murió.

Los periódicos daban cuenta de los estragos del flagelo y publicaban consejos curativos. La infusión de hojas de eucalipto y las pastillas de eucalipto eran puntos fuertes de la terapéutica antigripal. Nada se sabía aún de antibióticos. La gripe podía más y por las calles seguían menudeando entierros y su prólogo piadoso, los párrocos que llevaban el Santísimo a los agonizantes. Con lúgubre solemnidad avanzaban a golpe de campanilla, tocada por un monaguillo seguido de cierto número de gente beata. El sonido de tal campanilla, destacado por el ancho silencio de las calles, impresionaba pavorosamente a los enfermos graves. Era como un anticipo del doblar funeral de las campanas.

Toda clase de menjurjes se inventaron para combatir la epidemia. © Hulton-Deutsch Collection. Corbis

Siendo que la ciencia médica poco lograba, prosperó la curandería. Un brujo llamado Ipanaqué hizo una pócima de yerbas que administraba a cuantos se la pedían, junto con algunos misteriosos conjuros. Muchos trujillanos “visibles” fueron sus clientes. El menjurje hacía sudar mucho, bajaba la fiebre y, seguramente, los conjuros alejaban a los maléficos espíritus rondadores. Ipanaqué era el mago del momento....

A decir verdad, la alarma frente al flagelo era cuestión de los mayores. Los niños tienen fama de sensitivos, pero en muchos casos no lo son. Recuerdo que mis amiguitos y yo hablábamos de la gripe como de una mala bruja a la que solo era necesario darle un buen calamorrazo...

Después de hacer barrizolas en la costa peruana, comenzó a trepar los Andes... Se había estado repartiendo por las cordilleras, llevada por arrieros y caminantes. Entre los campesinos corría una historia. La gripe era una mujer de traje y rebozo blancos, montada en un caballo igualmente blanco, que galopaba de noche por pueblos y campos, calladamente, como una nube, repartiendo el mal. Muchos la habían visto...

Yo iba a pasar los tres meses de vacaciones en Marcabal Grande. Queda lejos ahora que hay carreteras. Siete días duraba el viaje a caballo, desde Trujillo, en ese entonces.

Aquella vez, creo que a fines del 18, hice el largo viaje en compañía de mi primo Alberto, que era estudiante como yo, y el hijo de un domador de caballos, domador a su vez, llamado Juan. La misión de éste era la de cuidarnos y guiarnos. Sin su ayuda, niños como éramos Alberto y yo, seguramente nos habríamos perdido en los páramos de la cordillera y tampoco hubiésemos logrado vadear el ancho río Condebamba. Los tres montábamos excelentes caballos y al caer la tarde del primer día, ya estábamos al pie de los Andes, en donde terminaba el camino llano. Choloque se llamaba ese sitio. Un italiano apellidado Orsini tenía allí un hotelito y un alfalfar. Habíase casado con una mestiza indo-española y sus hijas eran chicuelas de extraña y magnífica belleza. Son productos de la raza cósmica. Trenzas rubias enmarcaban la tersa faz de arcilla pulida en la cual fulgían, como esmeraldas, los ojos vivaces. Orsini era amigo de mi padre y con las chiquillas habíamos hecho amistad. Solíamos pasar bonitas veladas en Choloque. Ellas sabían recitar, cantar y tocar un poco la guitarra. Pero aquella vez no estaban. Orsini, de miedo a la gripe, había mandado a toda su chiquillería lejos, al otro lado del río. El italiano, en una mezcla de español y napolitano, juraba que la gripe era cosa del diavolo. La señora Orsini estaba muy atareada, atendiendo a algunos pasajeros enfermos. Un arriero había muerto hacía dos días y Orsini no sabía qué hacer con sus mulas y cargas. Mala cara tenía el gringo y peor la puso cuando, a la hora de comer, Alberto apenas probó la sopa y comenzó a estornudar y lagrimear.

El pánico se extendió hasta los lugares más insospechados. © Underwood & Underwood. Corbis

El asunto ya no era para tomarlo a broma. Durante la noche me desperté varias veces. Oía que Alberto respiraba mal y se revolvía inquietamente. Toda la inconsciencia de niño que yo había prodigado frente a la gripe en Trujillo comenzaba a evaporárseme. Pero a ambos nos quedaba una buena reserva de la misma. Al amanecer, deliberamos “juiciosamente”. Lo indicado habría sido que regresáramos a Trujillo.

–Si estás mal, en la altura será peor –le dije a Alberto–. Dicen que el frío convierte a la gripe en pulmonía.

–Mi familia me espera –respondió.

–La mía también –añadí–. Y si te puedes mantener en el caballo hasta Otuzco, donde está tía Jacoba...

–Creo que podré –afirmó–. Vamos...

Salí a ordenar a Juan que ensillara y al poco rato nos marchamos.

Todo el camino era una empinada cuesta, en zigzags, o por rocosas laderas donde la senda estaba labrada a filo de abismo. A mediodía, el frío viento andino ya nos batía a firme. Nos rajaba los labios y la cara, efecto que produce en la piel que llega de clima menos frígidos. Figurábame lo que podría producir tal viento en el enfermo sistema respiratorio de Alberto. Nos detuvimos para comer la carne asada y el pan. Alberto no quiso comer y se tendió en el suelo, con la cara congestionada. Tosía roncamente. Llevábamos un anafe y aceptó un poco de té con ron. Cabalgó penosamente y, al caer la tarde, se puso peor. Montaba una yegua de sangre árabe llamada Champaña, muy briosa, y apenas podía manejarla. Estaba como atontado. Pasé adelante y dediquéme a tirar de la yegua. Ninguno de los tres decía media palabra. Solo tratábamos de avanzar. Negreaba ya la noche cuando llegamos a la ciudad de Otuzco.

Nuestra tía Jacoba era normalista, dirigía la principal escuela de niños de la ciudad y tenía una amplia casa. De rondón nos colamos, entre gran ruido de cascos sobre baldosas centenarias, hasta el patio. Las palabras de alborozo con que nos recibió la tía se le acabaron de golpe cuando Alberto, al desmontar, por poco se fue de bruces. Le ayudé a caminar. No podía ni sacarse las espuelas. Entre todos acostamos a un muchacho mudo y ya inconsciente, que terminó por cerrar los ojos y jadear como un moribundo. Parecía que la fiebre lo estaba quemando.

Felizmente no le dio pulmonía. Tardó más de una semana en vencer a la enfermedad. Como quedó harto maltrecho, nuestra tía Jacoba, con la debida prudencia, dictaminó que no siguiéramos viaje hasta que se repusiera completamente. A los dos o tres días, Alberto dijo que ya podía continuar y como la tía se opuso, nos escapamos mientras ella dormía.

Hay un tranco en que el camino vence el abra más alta de la cordillera, por esos lados, llegando a doce mil pies. Fue milagroso que el frío no matara a Alberto, débil como se hallaba. Comenzó a toser de nuevo y hasta escupió un poco de sangre. Le dábamos grandes cantidades de té con ron, cada tres o cuatro horas. Todos íbamos muy impresionados y nos sobrecogió encontrar un cadáver junto a una laguna de agua escarchada. Los cóndores le habían sacado ya los ojos y picoteado parte del rostro. Cerca del muerto no había ni alforjas. Tal vez cayó del caballo y éste se fue. El mismo Juan, que era un hombre fuerte, comenzó a enfermarse. Era buen conversador y nos entretenía contando cuentos chistosos. Cuando no hablaba, solía silbar con gran pericia. Fue silenciándose. Su cara se congestionó. Entonces, a los diez años de edad, tuve por primera vez en mi vida la impresión de lo que podía significar estar solo. Menos mal que a Juan la enfermedad se le agravó cuando estábamos descendiendo los cerros de la segunda cordillera. Lejos quedaban ya los páramos desolados. Allá abajo veíase el gran río de Condebamba y allá lejos, más alto, los techos de Cajabamba, la ciudad de Alberto.

Indispensable en las casas de la posguerra, un respirador © Hulton-Deutsch Collection. Corbis

Champaña, al contemplar la querencia, solo quería trotar. Mi caballo la seguía, animoso también. Juan cabalgaba el suyo medio jibado, tal si le hubieran dado de palos. Miraba con ojos de borracho.

Vadear el río Condebamba en esos días de diciembre, cuando comienzan las grandes avenidas y tienen como tres cuadras de ancho, no es cosa fácil. Juan, experto en la tarea, estaba que ni veía. Pero era valiente e hizo un último esfuerzo. Llegando junto al río, descabalgó y mojóse la cabeza y la cara como para ahuyentar a la fiebre y la nublazón. Luego cabalgó y nos dijo con voz cavernosa que lo siguiéramos ceñidamente. Entró entonces al agua, que estaba muy turbia, y era de ver cómo orientaba al caballo, siempre muy precisamente, por los sitios donde el río tenía menos profundidad. Solo una vez se equivocó y por poco cae en un brazo hondo, que lo habría arrollado, dejándonos a nosotros en medio río. Retrocedió a tiempo y tomó derecho, aguas arriba. A poco, el brazo hondo se amplió y pudimos cruzarlo. Como una hora de angustia nos tomó vadear el río.

Nos quedaban unas cuatro horas de camino hasta la pequeña ciudad. A Cajabamba le dicen Gloriabamba, por sus bellas casas antañonas y su campiña pródiga en árboles frutales y sementeras variopintas... Los habitantes de esta ciudad son, por lo general, alegres y simpáticos...

Al llegar a Cajabamba, donde mi primo tenía su familia, vimos que el panteón aledaño estaba repleto de enterradores. La pequeña ciudad albergaría entonces a unos cincuenta mil habitantes y ese día enterraron a treinta.

La casa de Juan estaba a la entrada del pueblo... Recuerdo la cara que puso su padre al verlo. Al viejo le temblaban las barbas de nieve.

Fuimos nosotros a la casa de Alberto. Su padre, mi tío Gerardo Falcón, era farmacéutico. Apenas si pudo abrazar al hijo porque debió regresar pronto a su botica, donde le esperaba la preparación de mil recetas contra la gripe. Alberto y yo descansamos en brazos de su madre y sus hermanas, nobilísimas mujeres de ese tipo hacendoso que dan las provincias. Resolvimos contarles solo a la ligera la enfermedad de Alberto y no decirles nada del riesgo en que había estado. Luego, supimos que en la ciudad y los alrededores la gripe mataba mucha gente. El alcalde había ensanchado el cementerio. Y corría un versecillo que decía, si lo recuerdo exactamente:

 Tomó don Juan Eleuterio,

 Alcalde de un gran pueblo agreste,

 Medidas contra la peste,

 Ensanchando el cementerio.

El alcalde no se llamaba así, pero le habían aplicado los versos sus rivales, y la gente, influenciada sin duda por el mal momento, los coreaba. Todo aquello era de un humorismo trágico.

Mi padre envío a un indio llamado Zenón, gran jinete y baqueano, para que me acompañara hasta Marcabal. Traía caballos frescos y en un día hicimos el camino...

La gripe había llegado ya. Cerca de la casa había una larga avenida de eucaliptos y mi padre, siguiendo los consejos del periódico, dispuso que un peón tumbara ramas. Provisto de un hacha, el peón pasaba el día echando al suelo medicina. Las gentes que acudían, muchas veces desde leguas, arrastraban sus ramas, hacían su infusión y quizás sí, quizás no, morían lo mismo.

El peón tumbador de ramas murió a su vez. Los sirvientes de la casa comenzaron a decir que, de noche, penaba en la avenida de eucaliptos. Allí estaba su alma como cortando ramas. “Chac, chac” sonaba el hacha. La gripe tenía ya su alma en pena. Mi padre púsose a observar en una noche de luna. El peón había dejado una rama a medio cortar colgante. Al soplar viento fuerte, chocaba con otra y producía ese ruido. Mandóse cortar la rama del todo y el alma, capaz de manejar hacha, dejó de penar.

El ramalazo gripal de 1918 mató a varios millones de latinoamericanos.

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Su comentario

Ciro Alegría

Vivió en Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico. Se le conoce por El mundo es ancho y ajeno, aunque escribió también La serpiente de oro, Los perros hambrientos y Duelo de caballeros.

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