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Breviario

Oxímoron sexual

   

El sexo es sucio. Y lo es porque si fuera lo contrario no sería tan sabroso. Hasta los místicos, cuyo amor a Dios tiene el espíritu estremecedor de un orgasmo, pensaban que “lo turbio asiste en el disfrute de lo claro”. Es así porque la pureza del sexo radica en su impureza, en su esencia de cosa puerca que deviene placer. “Un cuento erótico que no sugiera la existencia de bacterias, es un cuento mal hecho”, solía decir D. H. Lawrence.

Esa suciedad alimenta nuestra imaginación, de la que algunos se avergüenzan porque si el sexo es sucio, la imaginación lo es más. La perversión está en la intención. De ahí que nos empeñemos en sublimar el acto con las palabras, en convertir lo que debe ser perogrullada en un oxímoron sexual. Porque si hubiera sexo limpio, nadie se dedicaría a singar. Que es el arte de meter y sacar. Claro que para que podamos dominar ese arte, hay que empezar por no tenerle miedo a las palabras. Que se trasmutan, pierden fuerza y encanto cuando son detenidas por pelos en la lengua.
 
Mi vecina anda en peleas tremebundas con el marido. Para desquitarse de una paliza que le propinó el tipo en junio, hace dos semanas se fue a un motel con un camionero. Me cuenta con incontrolable risita infantil que siempre tuvo fijaciones con los camioneros. “No sé, Eli, siempre imaginé que la tienen grande”. Y en efecto, el tipo que se levantó cuando hacía la compra en un mercado al parecer tiene entre las piernas uno de esos fenómenos de la naturaleza. Pero al contarme la aventura con el trípode con licencia para manejar equipos pesados, mi vecina acudió a un lenguaje astringido, despojado de contundencia. “Cuando me quitó la ropa, dijo así: Ahora te la voy a poner entre las piernas, y yo sentí que me faltaba el aire”.
 
A mí el morbo no me llamó tanto la atención como la forma de hablar de este particular camionero. Digo, porque a menos que el tipo en cuestión fuese poeta, ningún experto tras el volante de camiones va a decir “ahora te la voy a poner entre las piernas”. Tras dos o tres horas de conversación con mi amiga, logré sacarle lo que me pareció una descripción más o menos aceptable. “Sí, Eli, tenía un pingón más grande que mi brazo y cuando me lo metió por el culo, sentí que me hacía cosquillas en la garganta”. Ahora sí.

 

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Eliseo Cardona

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