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Coda

Estudio en escarlata

En medio de los centenares de artículos que se escribieron a propósito de la reciente muerte del sueco más famoso del siglo XX, no sobra echar un vistazo sobre una de sus películas más emotivas y coloridas: Gritos y susurros (1972).

© Vander Zwalm Dan • Corbis

 

“Es lunes, temprano en la mañana, y siento dolor”, escribe Agnes en su diario, mientras su voz en off nos repite las mismas palabras. Es la primera frase de Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972) y significativamente no es pronunciada, sino escrita y leída. Lo que decimos es reemplazado por lo que sentimos. Lo primero puede ser falso, circunstancial y ambiguo, lo segundo nunca lo es. En el mundo fílmico de Bergman el sentimiento es crucial: lo que sienten sus personajes es el alma de su cine, sea amor, hastío, soledad, incomunicación, frustración, deseo. Sin embargo, Gritos y susurros se centra en otra experiencia humana fundamental: el dolor.

No sólo se trata del dolor del alma atormentada, del dolor de ser, sino del dolor físico, de esa sensación que experimentamos desde que nacemos —cegados por la luz, ateridos de frío, reacios a abandonar el vientre materno— y que nos acompañará hasta nuestro último aliento. Seremos testigos, a veces contra nuestra propia voluntad, de los últimos dos días de la vida de Agnes (Harriet Andersson), una mujer consumida por un penoso cáncer. La veremos temblar de dolor, pedir ayuda a gritos, contraerse en un espasmo aterrorizante por lo real. Sus dos hermanas, Karin y Maria, están allí acompañándola en esa enorme y fría mansión de principios de siglo, pero son incapaces de confortarla. Las dos son almas habitadas por el egoísmo y no quieren escapar de ese caparazón que las rodea. Sólo Anna, la diligente mucama, imbuida de fe, caridad y compasión, cuida de veras a Agnes, y ella reclama —obnubilada— su presencia.
“La primera imagen siempre volvía: la habitación roja con las mujeres vestidas de blanco. A menudo algunas imágenes vuelven a mi mente con tozudez, sin que sepa lo que quieren de mí. Después desaparecen y reaparecen de nuevo y son exactamente iguales. Cuatro mujeres vestidas de blanco en una habitación roja. Se movían, hablaban al oído y eran extremadamente misteriosas. Justo entonces yo estaba ocupado en otras cosas pero, como volvían con tanta tenacidad, comprendí que querían algo”, escribió Bergman en

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Juan Carlos González A

Es editor de la revista Kinetoscopio y autor del libro "François Truffaut. Una vida hecha cine" (Panamericana Editorial, 2005).

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