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El Malpensante

Breviario

Retrato del coleccionista como maniático

De cómo en la discografía de un coleccionista está escrita su biografía. 

© Mika. Corbis

Una colección es una historia de exclusiones. La reflexión pertenece al argentino Jorge Luis Borges, que no hablaba de discos sino de libros. Pero sus palabras, al menos para mí, adquieren mayor peso al hablar de una discografía. En verdad, ¿quién puede dudarlo? Solo aquellos que no han sido picados por el bicho de coleccionar. Un oficio gratificante que, ay, concierne a la fragilidad del ego. A las buenas bibliotecas, por mucho que muestren diferencias en sus contenidos, raras veces se las critica. En cambio las discografías dicen mucho más sobre el gusto de quien colecciona. Hablan sobre todo de su pasión. Porque aun entre gentes que coleccionan los mismos discos el gusto se siente con disparejo fervor.

Hay un tipo de coleccionista que se parte el alma imponiendo límites a su reino musical. No exagero: sus criterios operan como dogmas de una santa inquisición. Mi padre, que es dueño de una exquisita colección de discos de salsa neoyorquina, cerró la puerta y extravió la llave al morir el fenómeno de la Fania. Comenzó coleccionando en Nueva York para fortalecer su amenazada identidad puertorriqueña en la ciudad. Con la música, un negro boricua se buscaba a sí mismo en una selva donde el mestizaje aún no imponía su ética. Así coleccionó música de la llamada época pre-Fania, charangas, boogaloo, soul latino y, por supuesto, todo lo editado por el sello de Jerry Masucci. Pero he aquí que nadie puede hablarle de Gilberto Santa Rosa, por ejemplo, porque arquea las cejas y por lo bajo tilda al atrevido de soberano comemierda.

Mi hermano heredó su pasión de coleccionista. Y él también tiene lo suyo. Por ejemplo, no lo haga escuchar timba cubana porque al brother esa música le parece que tiene un golpe demás en la clave. (Dicho sea de paso, mi amigo Aurelio Moreno piensa exactamente lo mismo.) Para él, la música cubana de carácter bailable que no pasó por Nueva York se muestra en exagerados trazos, en una caricatura chillona, una estética charra (que para los cubanos equivale a belleza chea). Yo no le recrimino sus prejuicios porque se trata de un hombre que vive atornillado en una nostalgia que sabe separar el grano de la paja. Y en ese grano se descubren cosas extraordinarias, como el Camel Walk...

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Eliseo Cardona

Administra el blog de música Jazz www.bluemonkmoods.com.

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