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El Malpensante

Coda

Quiltro

1.m. Bol. y Chile. Perro y, en particular, el que no es de raza

Chandosos, sarnosos, quiltros, abundan por toda Lationamérica. La autora viaja hacia el pasado para volver a contar los perros de su infancia.

 

Teníamos un quiltro llamado Piti. Una quiltra. Debe haber sido 1975 o 1976. Vivíamos en Santiago de Chile. En la noche dejábamos empacada la citroneta y bien de madrugada, todavía oscuro el cielo, partíamos por la carretera. Era a fines de diciembre. Nos despedíamos de la Piti con pena, como si no la fuéramos a ver más, y nos subíamos al auto. La citroneta se llamaba Pascuala. Mi padre solía bautizar sus autos. El anterior se había llamado Chicho, igualito al apodo de Allende. Pero esos tiempos ya habían pasado. Mi padre conducía a la Pascuala rumbo a Buenos Aires, donde vivían sus propios padres, su hermana, su cuñado, sus sobrinos, sus amigos de infancia. A eso de las seis de la mañana la Pascuala ya enfilaba por la Panamericana Norte hacia Los Andes y luego los Caracoles y el Cristo Redentor –dale, Pascuala, dale– y Uspallata y San Luis y luego la pura pampa, y en nuestras cabezas de hermanas casi mellizas aparecía la Argentina de nuestros padres como algo demasiado lejos y demasiado añorado. Horas y horas adentro de la citroneta blanca con provisiones y unas ventanas chiquitas pero suficientes para ver cómo iba cambiando el cuadro, cómo despuntaba el día y las nubes se ponían gordas y espesas mientras nos alejábamos del Chile pascuero.

Con mi hermana poníamos unas mantas en el suelo del asiento trasero para hacer una especie de cama matrimonial, y ahí nos instalábamos a contar perros. Quiltros en la carretera. Cerca de las ciudades era fácil. Siempre aparecían perros por las esquinas, echados bajo algún árbol, durmiendo la mona, moviendo la cola con vaivén rumbero. El problema era en la pampa. Un perro en la pampa es casi peor que una aguja en un pajar. Un quiltro, por favor. Que alguien suelte un quiltro, que detrás de ese espino levante la pata un quiltro, ladre, jadee, aparezca un perro cualquiera. Llevábamos cuatrocientos cuarenta y dos perros, y de repente nos quedábamos cien kilómetros con el marcador igualito. Y entonces una de las dos inventaba: ¡Cuatrocientos cuarenta y tres! Mentira, ¿dónde? Ahí atrás, mira. Te lo juro. Ah, qué pena, ya no se ve. Papá, no manejes tan rápido. ¿Y cómo era? Común y corriente: un quiltro.

Quiltro, la palabra quiltro, siempre me pareció tan viva, tan franca. No sólo por l...

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Alejandra Costamagna

Es autora de Últimos fuegos y Dile que no estoy.

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