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Música

Elogio de la parranda

Esta pieza del libro Un vallenato, 9 senderos, celebra las vigorosas gestas con que los parranderos enfrentan a la muerte, armados tan solo con acordeón, caja, guacharaca, trago y un desbordante humor.

Fotografías de Camilo Rozo

1.

Cada patio consagrado a la parranda es un espacio que la vida le arrebata a la muerte. Allí, en ese pedazo de tierra donde se encuentra emplazado el fogón de leña con el sancocho, pudo haber quedado una tumba cubierta de gladiolos. Más allá, donde se esparcen las sombras del palo de mango que cobija a los músicos, pudo haber estado un mausoleo gigante. Pero ya no hay caso: el patio es ahora posesión de los parranderos, y mientras ellos lo ocupen ningún intruso vendrá a construir un cementerio ni a fundar una asociación de ciudadanos afligidos.
Hay algo ostentoso en el gozo del parrandero. Se trata de una alegría tan desmedida que, en efecto, parece un alarde, una bravuconada. Es como si el parrandero creyera que la mejor manera de celebrar la vida es jactarse de ella. Al fin y al cabo, él podría estar muerto. Como no lo está, como no lo han matado ni las enfermedades ni los problemas económicos, levanta el pecho, engreído, para dar las gracias a su buena estrella. Quien sobrevive para contarlo, se gana también el derecho a cantarlo. Mucho de lo que se canta en estas circunstancias está inspirado en un viejo proverbio español:
El muerto a la sepultura
Y el vivo a la travesura.

La “sepultura” y la “travesura” siempre han sido antagonistas en la música popular de influencia hispana. Muchas coplas insisten en que lo contrario de estar muerto no es estar vivo, a secas, sino andar de parranda. ¿Qué es parrandear, finalmente, sino armar una gavilla para batirse contra la muerte? En su cotidianidad el hombre canta solo. En la parranda consigue quién le haga el coro, lo cual le genera una sensación de compañía que lo hace sentir menos vulnerable. La parranda congrega y, al congregar, fortalece. El hombre, animal de rebaño por naturaleza, creó esta nueva manada, la manada de los parranderos, para hacer respetar su comarca. Al agruparse en el festejo con otros seres de su misma especie, al demarcar su territorio con la melodía del acordeón, el parrandero se guarece tras una trinchera que le permite plantarse firme ante la temida muerte. Una vez resguardado...

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Alberto Salcedo Ramos

En 2011 obtuvo su quinto Premio Simón Bolívar por el artículo 'La eterna parranda de Diomedes'.

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