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Ficción

Taxi Driver, sin Robert De Niro

Un cuento de Fernando Ampuero

© Geoff spear. Corbis

Aquella noche el motorcito que activa las plumillas del parabrisas estaba fallando y barría mal la llovizna. Pero yo alcanzaba a ver, o bien a imaginar. Se repetía más o menos la historia que ya conocía de cabo a rabo. Los dos borrachos se habían detenido en medio de la calle, indiferentes al tránsito vehicular. Efusivos abrazos, tambaleos y por momentos una firme juntada de cabezas que hacía pensar en dos toros que se alistan a trabar combate. Sin embargo, en vez de pelear, estos pobres tipos –facha atildada de oficinistas, quizá empleados bancarios– se limitaban solamente a reír y vociferar con gestos de cantantes de ópera.

Mientras tanto, con el auto estacionado a un lado de la calle, yo aguardaba en silencio. Los faros apagados, la mano en el contacto. Y una vez más me entraba la duda. Era difícil decidir si debía o no continuar con aquel feo asunto.

Mis recientes experiencias no habían sido lo que se puede decir buenas. Rentables sí, pero de ninguna manera buenas. Y en eso, de hecho, radicaba mi conflicto. Yo necesitaba ganar mucha más plata. Raulito, mi hijo menor, había nacido con uno de esos males que se dan uno en cada cien mil –debilidad de los músculos del cuello, lo cual le impedía mantener la cabeza en su sitio–, y requería terapia y medicinas. Si yo hubiera estado en el estudio, como un año atrás, no habría tenido tantos problemas. Mi empleo de ayudante de abogado rendía sus dividendos. Pero ahora no lo tenía –los picapleitos de la rama laboralista ya no encontraban clientes, pues al nuevo gobierno le importaban un bledo las huelgas y la estabilidad laboral–. Así que, desde entonces, le metía duro al taxi y, en los fines de semana, recurseaba con los borrachos.

Lo primero cayó por su propio peso, porque yo era dueño de un carro, un Pontiac viejo, y no tenía otra cosa que hacer. Trabajaba turnos de doce horas diarias, como si fuera auto alquilado. Lo otro, lo de los borrachos, se me reveló como una locura más en esta enloquecida ciudad y, pasado un tiempo, como una tentación. Un amigo taxista, el negro Raimundo, me puso al corriente del negocio.

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Comentarios a esta entrada

cristian velasquez

que buena pero me faltan dos paginas

Su comentario

Fernando Ampuero

Autor de cuentos y novelas, entre las cuales destaca la colección Malos modales y la novela Hasta que me orinen los perros.

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