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Ensayo

La miseria del día siguiente

Traducido por Delia Juárez
Desde tiempos inmemoriales el guayabo ha acechado los despertares de la humanidad. Este sobrio perfil dibuja los muchos rostros y nombres de esa deuda insaldable y universal.

Ilustración de Diego Patiño

Entre las miserias impuestas a la humanidad, algunas son menores y sin embargo mientras duran son tan penosas que uno se pregunta cómo, después de tanto tiempo, no se ha encontrado la manera de aliviarlas. Es comprensible que los científicos no tengan una cura para el cáncer. ¿Pero para el resfriado común, el cólico menstrual? El guayabo es una de esas afecciones. Es un padecimiento que puede prevenirse: simplemente no bebas. No obstante, la gente ha encontrado a través del tiempo buenas razones para recurrir al alcohol. Uno de sus atractivos es su capacidad para desinhibir –para que podamos regañar al vecino o hacerle una insinuación a su esposa–. El alcohol también puede persuadirnos de que hemos encontrado la verdad sobre la vida, una experiencia reconfortante poco común en los momentos de sobriedad. A través del lente del alcohol el mundo parece más agradable (“bebo para que las demás personas parezcan interesantes”, decía el crítico de teatro George Jean Nathan). Por todas estas razones, beber alegra a la gente. Véanse Proverbios 31:6-7: “Dad... el vino a los de amargo ánimo. Beban y olvídense de su necesidad, y de su miseria no más se acuerden”. Funciona, pero luego, en la mañana, se presenta una nueva miseria.

Un guayabo llega al máximo cuando el alcohol que consumimos finalmente queda eliminado –o sea, cuando el nivel de alcohol en la sangre regresa a cero–. La toxina desaparece, pero no así el daño que provoca. Como todos sabemos, un guayabo implica una combinación de dolor de cabeza, estómago revuelto, sed, aversión a la comida, náusea, diarrea, tembladera, fatiga y una sensación general de desdicha. Los científicos no han descubierto todavía las razones de este conjunto de penas, pero han propuesto varias causas. Una es la abstinencia, lo que provocaría los temblores y también los sudores. Un segundo factor puede ser la deshidratación. El alcohol interfiere en la secreción de la hormona que inhibe orinar. De ahí las largas colas para ir al baño en los bares y las fiestas. La deshidratación dispara la sed y el letargo. Mientras eso sucede, el alcohol también podría estar induciendo hipoglicemia (baja de azúcar en la sangre), que resulta en atolondramiento y debilidad muscular, la sensación de que nuestros huesos son de gelatina. Mientras tanto, el organismo, para descomponer el alcohol, libera sustancias químicas que podrían ser más tóxicas que el alcohol mismo; esto produciría la náusea y otros síntomas. Finalmente, el alcohol produce inflamación, lo que a su vez da lugar a que los glóbulos blancos inunden el torrente sanguíneo con moléculas llamadas citocinas. Aparentemente, las citocinas son la fuente de los dolores y el letargo que, cuando un virus de gripa ataca nuestro organismo –y quizás, del mismo modo, el alcohol–, nos hacen permanecer en cama en vez de salir a trabajar, permitiendo que los glóbulos blancos utilicen la energía del cuerpo para combatir a los invasores. En una serie de experimentos con ratones a los cuales se les dio un inductor de citocina, éstos sufrieron cambios drásticos. Los machos adultos no socializaron con los nuevos machos jóvenes que se introdujeron en su jaula. Las madres descuidaron los nidos. Mucha gente sabrá cómo se sentían esos ratones.

Los síntomas del guayabo no solo son físicos, también ocurren en el plano cognitivo. Los enguayabados muestran tiempos de reacción retardados y dificultades con la atención, concentración y percepción visual del espacio. Un grupo de pilotos al que se le hizo pruebas simuladas de vuelo después de una noche de copas tuvo un desempeño bajo. Del mismo modo, algunos conductores de automóvil obtuvieron bajas calificaciones en pruebas simuladas a la mañana siguiente. Sobra decir que esto es un peligro y no solo para los que llevan el volante. Existen leyes contra los que conducen en estado de ebriedad, pero no contra los que manejan enguayabados.

Los guayabos también tienen un componente emocional. Kingsley Amis, quien era, en sus propias palabras, uno de los borrachos más grandes de su época, y quien escribió tres libros sobre la bebida, describía así “el guayabo metafísico”: “Cuando una inefable mezcla de depresión, tristeza (no son lo mismo), ansiedad, odio a ti mismo, sentimiento de fracaso y miedo al futuro comienza a corroerte, piensa que lo que tienes es que estás enguyabado... No has sufrido una lesión cerebral, no eres tan malo en tu trabajo, tu familia y tus amigos no se han unido en una conspiración de silencio obligado sobre la mierda que eres, lo que pasa es que todavía no logras ver la vida como realmente es”. Algunas personas no son capaces de convencerse de esto. Amis describió el principio de La metamorfosis de Kafka, cuando el protagonista descubre que se ha convertido en un insecto, como la mejor representación literaria del guayabo.

 

Lo severo del guayabo depende, por supuesto, de cuánto hayas bebido la noche anterior, pero no es el único factor determinante. ¿Qué consumiste en la fiesta además de alcohol? Si fueron otras drogas, el guayabo puede ser peor. ¿Y qué tipo de alcohol bebiste? Por lo general, las bebidas más oscuras como el vino tinto y el whisky tienen mayores niveles de subproductos (impurezas producidas por el proceso de fermentación o agregadas para reforzar el sabor) que las bebidas claras como el vino blanco, la ginebra y el vodka. Mientras mayor sea el contenido de subproductos, más horrible será la mañana siguiente. Luego están las características propias –por ejemplo, tu manera de beber–. Injustamente, los bebedores fuertes suelen tener guayabos más leves. También el sexo es importante. Una mujer que bebe a la par de un hombre se emborrachará más rápido que él, en parte porque tiene un menor porcentaje de agua en el cuerpo, y menos enzima deshidrogenasa alcohólica, la que descompone el alcohol. Al parecer, los genes también participan, así como tu banco genético. Casi el 40% de los asiáticos del este tiene una variedad menos eficiente de aldehído deshidrogenasa, otra enzima necesaria para procesar el alcohol. Por lo tanto, comienzan a sentirse en problemas después de unos cuantos sorbos –se sonrojan drásticamente– y se emborrachan con rapidez. Esto es un inconveniente para algunos hombres de negocios japoneses y coreanos que consideran una obligación beber con sus colegas occidentales. Luego se derrumban y tienen que hacer penosas llamadas por la mañana.

 

Los guayabos son, probablemente, tan antiguos como el consumo de alcohol, que data de la Edad de Piedra. Algunos antropólogos sugieren que la producción de alcohol antecedió a la agricultura; en cualquier caso, sin duda la estimuló, porque en muchas partes del mundo la cosecha de cereales se destinó a producir cerveza. Otros historiadores han especulado que la intoxicación por alcohol pudo ser uno de los desconcertantes fenómenos, como las tormentas, los sueños y la muerte, que impulsaron a las primeras sociedades hacia la religión organizada. Los antiguos egipcios, de quienes se dice que producían 17 variedades de cerveza, creían que su dios Osiris había inventado esta agradable bebida. Enterraban a sus muertos con provisiones de cerveza para su consumo después de la muerte.

El alcohol fue también una de las primeras medicinas de nuestros antepasados. En un artículo escrito en 1960 para The New Yorker, Berton Roueché cita a un importante físico alemán, Hieronymus Brunschwig, a propósito de la gama de enfermedades físicas curables con brandy: llagas en la cabeza, palidez, calvicie, sordera, letargo, dolor de muelas, úlceras bucales, mal aliento, senos inflamados, asma, indigestión, flatulencia, ictericia, hidropesía, gota, infecciones urinarias, piedras en el riñón, fiebre, mordeduras de perro e infestación de piojos o pulgas. Además, en muchas épocas y lugares, el alcohol era una de las pocas cosas seguras para beber. La contaminación del agua es un problema muy antiguo.

 

Algunos términos para designar el guayabo se refieren prosaicamente a la causa: los egipcios dicen que “siguen borrachos”, para los japoneses son “dos días de borrachera”, los chinos están “borrachos de la noche a la mañana”. Pero es en los idiomas que describen los efectos más que la causa donde se encuentra una verdadera fuerza poética. Los salvadoreños despiertan “hechos hule”, los franceses con una “boca de madera” o “dolor de pelo”. Los alemanes y los holandeses dicen que tienen un “gato”, que al parecer “gime”. Los polacos experimentan un “aullido de gatitos”. Mis favoritos son los daneses que sienten “carpinteros en la frente”. Así como los esquimales tienen nueve palabras para la nieve, los ucranianos tienen varias palabras para el guayabo. Y conforme a la regla los-judíos-no-beben, los hebreos no tenían una palabra hasta hace poco. Los expertos de la Academia de la Lengua Hebrea, en Tel Aviv, decidieron que se necesitaba un término, así que lo inventaron: hamarmoret, derivado de la palabra usada para la fermentación. (Hamarmoret recuerda el uso que hace de ella Jeremías en sus Lamentaciones 1:20, que la Biblia traduce como “Mis entrañas rugen”.) Hay una causa bioquímica para la abstinencia judía. Muchos judíos –el 50%, según una estimación– son portadores de una variante de gen para la enzima deshidrogenasa alcohólica. Por lo tanto, como los asiáticos del este, tienen una tolerancia baja al alcohol.

 

En cuanto a los remedios para el guayabo, son legión. Aunque hay algunos rasgos comunes. Uno de los más fieles en esta categoría es el Bloody Mary, pero los libros de consejos para curar guayabos –he leído tres, y no son todos– describen pociones más elaboradas. Un manual inglés, Cómo curar una resaca, de Andrew Irving (2004) tiene casi cien páginas de recetas que incluyen el Suffering Bastard (ginebra, brandy, jugo de lima, gotas amargas y Ginger Ale), el Corpse Reviver (pernod, champaña y jugo de limón) y el Thomas Abercrombie (dos Alka-Seltzers en un tequila doble). Kingsley Amis sugiere tomar Underberg, un digestivo con alto grado de alcohol (44°): “Vale la pena experimentar las leves convulsiones y las expresiones que provoca. Más adelante sobreviene un calor agradable”. Mucha gente, sin embargo, simplemente vuelve a consumir la bebida de la noche anterior. Mi informante ucraniano describió así su protocolo de la mañana siguiente: “Dos vodkas, luego un cigarro, luego otro vodka”. Una fuente japonesa sugiere ponerse un tapabocas empapado en sake.

Parecería que recurrir a alguno de estos remedios es tan solo un modo de volverse a emborrachar lo suficiente como para no notar el guayabo, pero según Wayne Jones, del Laboratorio Nacional Sueco de Medicina Forense, la bioquímica es probablemente más complicada que eso. La teoría de Jones es que el hígado, al procesar el alcohol, primero se ocupa del etanol, que es el alcohol en sí, y luego pasa al metanol, un ingrediente secundario de muchos vinos y licores. Como el metanol se descompone en ácido fórmico, que es altamente tóxico, es durante esta segunda etapa cuando el guayabo es más demoledor. Si en ese punto el organismo recibe más alcohol, vuelve al proceso inicial. Esto no eliminará el guayabo –el metanol (ciertamente ahora en mayor cantidad) te sigue esperando a la vuelta de la esquina– pero retrasa los peores síntomas. Incluso puede mitigarlos un poco. Por otra parte, ya te volviste a emborrachar, lo que dificulta asistir al trabajo.

En cuanto a las formas no alcohólicas de combatir un guayabo, existen tres categorías: antes o mientras bebes, antes de acostarte y a la mañana siguiente. Muchas personas aconsejan hacer una comida fuerte, con mucha proteína y grasa, antes o mientras bebes. Si no puedes hacerla, por lo menos bebe un vaso de leche. En África se come mantequilla de cacahuate con el mismo fin. La otra recomendación más frecuente antes-y-durante es tomar mucha agua. Quienes proponen esta estrategia dicen que pidas un vaso de agua con cada trago y que lo bebas de un  golpe antes de la bebida alcohólica.

Un antídoto reciente, tanto en Asia como en Occidente, son las bebidas deportivas, tomadas a la mañana siguiente o durante la fiesta. Actualmente, una bebida muy popular en los bares es combinar Red Bull, un refresco energético, con vodka o con el licor de hierbas Jägermeister (este coctel se llama Jag-bomb). Algunas personas dicen que el Red Bull mantiene a raya el guayabo, pero al parecer su principal efecto es mitigar el poder depresivo del alcohol, pues ocho onzas de Red Bull contienen más cafeína que dos latas de Coca-Cola. Según los fans, puedes bailar toda la noche. Según Maria Lucia Souza-Formigoni, una investigadora psicobióloga de la Universidad Federal de São Paulo, esto es cierto y peligroso. Después de tomarte algunos tragos mezclados con Red Bull, estás borracho pero no te das cuenta y por lo tanto podrías tener conductas peligrosas (manejar, irte a casa con un acompañante dudoso) en vez de pasar desapercibido en tu asiento. Los fabricantes de Red Bull han criticado la metodología del estudio de Souza-Formigoni y señalan que nunca han aprobado mezclar su producto con alcohol.

Ilustración de Diego Patiño

¿Se puede hacer algo antes de acostarse? A quienes consideran esta pregunta se les aconseja, una vez más, consumir litros de agua y también tomar vitamina C. Los coreanos beben un tazón de agua con miel, aparentemente para evitar la hipoglicemia. Entre los jóvenes una medida para controlar el daño es el antiguo método romano, inducir el vómito. El libro de Nic van Oudtshoorn, The Hangover Handbook (1997) menciona un emético: mezclar mostaza en polvo con agua. Si sientes “la cama loca”, debes dormir con un pie en el piso.

Ahora, para las penurias de la mañana, la recomendación número uno, además de beber más agua, es la comida grasosa. (Un profesor de filosofía estadounidense: “Desayuna en Denny’s”. Un adolescente inglés: “Cómete dos hamburguesas de McDonald’s. Tienen un ingrediente secreto para el guayabo”.) La comida picante, especialmente la mexicana, es popular, junto con huevos, como los desayunos de Denny’s. Otra cura a partir de huevo es el Prairie Oyster, que lleva vinagre, salsa Worcester-shire y una yema de huevo crudo, que debe tragarse completa. Otros dicen que se debe consumir azúcar. Un reportero del Times: “Bebe un six-pack de Coca-Cola”. Otros sugieren jugos de fruta. En Escocia hay un refresco llamado Irn-Bru, que según me cuentan sabe a plástico derretido. El Irn-Bru es anunciado por los escoceses como “tu otra bebida nacional”. También se usan mucho las bebidas con leche. Los adolescentes recomiendan licuados y malteadas. Mi contacto en Canadá dice que leche cortada. “También te la puedes untar en la cabeza”, agregó, “muy relajante”.

En el resto del frente internacional, muchas personas de Asia y el Oriente próximo toman té fuerte. Los italianos y los franceses prefieren café cargado. (Informante italiano: agregue limón. Informante francés: agregue sal. Estudiosos de las bebidas alcohólicas: aléjese del café, es diurético y le provocará más deshidratación.) Los alemanes comen arenque salado; los japoneses ciruelas en salmuera; los vietnamitas beben un jugo de calabaza. Los marroquíes dicen masticar semillas de comino; los andinos, hojas de coca. Un bailarín ex soviético me dijo: “Salmuera o un trago de vodka, o salmuera con un trago de vodka”.

Otro remedio tradicional para el guayabo son las sopas: menudo en México, mondongo en Puerto Rico, ikembe çorbasi en Turquía, patsa en Grecia, khashi en Georgia. El hecho de que todos los alimentos mencionados lleven tripas debe significar algo. Los húngaros prefieren una mezcla de calabaza y carnes ahumadas, llamada “sopa de guayabo”. La sopa de la mañana siguiente de los rusos, la solyanka, está hecha, por supuesto, con salmuera. Los japoneses confían tradicionalmente en la sopa miso, aunque hace un tiempo se puso de moda una sopa de verduras inventada y comercializada por un señor de nombre Kazu Tateishi, quien afirmaba que cura el cáncer y los guayabos.

Leí esta lista de remedios alimenticios a Manuela Neuman, una investigadora canadiense del daño hepático que causa el alcohol, y solo se rió con una: el six-pack de Coca-Cola. Muchas de las curas probablemente funcionen, me dijo, por su principio distractor: “Considera las comidas picantes, por ejemplo. Se distrae la función del organismo que pasa de lidiar con el alcohol a lidiar con los condimentos, que también son una toxina. Así que tienes nuevos problemas –con tu estómago, con tu esófago, con tu respiración– además del dolor de cabeza, o de tener que ir al baño cada cinco minutos”. Las comidas altas en grasas y en proteínas funcionan del mismo modo, dice. El organismo se vuelca hacia los alimentos y se olvida del alcohol por un tiempo, demorando así el guayabo y posiblemente aliviándolo. En cuanto a las diferencias entre todos los remedios alimenticios, Neuman dice que toda cura para el guayabo, como el resto de las prácticas culturales, depende del medio ambiente. Los chiles se consiguen fácilmente en México, la mantequilla de cacahuate en África. La gente utiliza lo que tiene. Neuman también señaló que las curas locales reflejarán las propiedades de las mezclas locales. Si los rusos prefieren la salmuera, probablemente tienen razón, porque su bebida es el vodka: “El vodka es un alcohol muy puro. No tiene los subproductos que encuentras, por ejemplo, en el whisky. Los subproductos también son tóxicos, independientes del alcohol, y tienen sus propios efectos. Con el vodka solo padeces los efectos del alcohol puro, y uno de los más importantes es la deshidratación. Los rusos beben mucha agua con el vodka y eso combate la deshidratación. La salmuera tiene el mismo efecto. Es salada, de modo que beben más agua, que es lo que necesitan”.

Muchas curas para el guayabo –las sopas, el desayuno grasoso– son alimentos que reconfortan, y eso, además de algunos ingredientes, puede ser su principal propiedad terapéutica, pero otros remedios suenan como si los hubieran ideado las brujas de Macbeth. Kingsley Amis recomendaba una mezcla de Bovril y vodka. También existe una cura de pan tostado-quemado. Esos productos sugieren que lo que algunos enguayabados buscan no es tanto el alivio como su satisfacción. Lo mismo puede decirse de ciertas recomendaciones no alimenticias como el ejercicio. Hay quien dice que debes hacer una rutina de cuarenta minutos, otros que debes correr unos nueve kilómetros –actividades que deben resultar muy poco atractivas para los enguayabados–. Otros procedimientos supuestamente efectivos son un suero intravenoso salino y la diálisis que, además de su poco encanto, no se consiguen con facilidad.

Hay otros remedios no ingeribles. Amazon vende un antifaz refrigerable, un inhalador de aromaterapia y una estatua de vinil de santa Viviana, la patrona de los enguayabados. Viene con su pedestal y una plegaria especial.

El remedio de botiquín más ampliamente usado es sin duda la aspirina. El Advil o ibuprofeno y el Alka-Seltzer –existe una fórmula especial para los guayabos, Alka-Seltzer Wake-Up-Call– son probablemente los que le siguen en popularidad. (El Tylenol o acetaminofén no debe usarse porque el alcohol aumenta su toxicidad para el hígado.) También se recomienda mucho la vitamina C y el complejo B, pero éstos son prácticamente remedios caseros. Las compañías farmacéuticas han ideado fórmulas más especializadas: Chaser, NoHang, BoozEase, Party- Smart, Sob’r-K HangoverStopper, Hangover Prevention Formula y otras. En algunas de éstas, como Sob’r-K y Chaser, el ingrediente principal es el carbono, que según los fabricantes absorbe las toxinas. Otras son compuestos de hierbas con ingredientes como ginseng, cardo lechal y extracto de nopal, alcachofa y hojas de guayabo. Éstos y otros remedios de botiquín refuerzan las sustancias bioquímicas que ayudan al cuerpo a combatir las toxinas. Casi ninguno de estos remedios tiene soporte científico. Manuela Neuman descubrió en pruebas de laboratorio que el extracto de cardo lechal, un ingrediente del NoHang y del Hangover Helper, sí protege las células del daño del alcohol. Un equipo encabezado por Jeffrey Wiese, de la Universidad de Tulane, probó el extracto de nopal, principal ingrediente del Hangover Prevention Formula en seres humanos y descubrió que la náusea, la boca seca y la aversión a la comida disminuían considerablemente, pero no así otros síntomas más comunes, como el dolor de cabeza.

 

Hace cinco años hubo agitación en la prensa por otro remedio de botiquín llamado ru-21 (Are you twenty-one: ¿tienes veintiún años?). Según los informes, esta maravilla de droga es producto de 25 años de una cuidadosa investigación de la Academia Rusa de las Ciencias, que la desarrolló para los agentes del kgb, quienes debían estar sobrios mientras emborrachaban a sus contactos y les sacaban información. Durante la Guerra Fría la fórmula fue un secreto de Estado, pero en 1999 fue desclasificada. ¡Por fin era nuestra! “una intriga comunista que los estadounidenses pueden dejar atrás”, decía el titular del Washington Post. “brindemos por nuestros camaradas rusos”, afirmaba el Plain Dealer de Cleveland. La información sobre el ru-21 era misteriosa. Si la fórmula había sido ideada para mantener clara la mente, ¿cómo es que tantos reportes decían que no suprimía los efectos del alcohol? Francamente, no podía funcionar de ambas maneras. Cuando le planteé la cuestión a Emil Chiaberi, un cofundador de la fábrica del ru-21, en California, respondió: “No, no, no. Es cierto que el ácido succínico –un ingrediente clave de ru-21– fue probado en la Academia Rusa de las Ciencias, así como por los laboratorios secretos que trabajaban para el kgb, pero no tuvo el resultado que esperaban. No mantenía sobrias a las personas, incluidos los agentes del kgb. En realidad, sí mejora tu condición un poco. En Rusia he visto a la gente desplomarse debajo de la mesa muchas veces –allá beben de otro modo– y si se toman unas cuantas de estas pastillas pueden levantarse y caminar, e incluso beber un par de tragos más. Lo que esos científicos descubrieron, en realidad por accidente, fue una manera de prevenir el guayabo”. (Como muchos otros remedios de botiquín, ru-21 funciona mejor si se toma antes o durante la hora de beber, no a la mañana siguiente.) Los asiáticos adoran el producto, dice Chiaberi. “Allá vuela de los anaqueles”. En Hollywood es muy popular: “En cada festival de cine –el Sundance, el Festival de Cine de Toronto– recibimos llamadas pidiendo que les enviemos ru-21 para sus fiestas. Así que también tiene el toque glamoroso”.

Muchos remedios para el guayabo –de hecho, muchas afirmaciones sobre el guayabo– no han sido comprobados. Jeffrey Wiese y sus colegas, en un artículo de Annals of Internal Medicine de 2000, informaron que en los 35 años precedentes fueron publicados más de 4.700 artículos sobre intoxicación alcohólica, pero solo 108 de ellos trataban del guayabo. Al respecto debe haber más información en los periódicos escolares –una buena fuente– que en la literatura científica. Y las investigaciones que se han publicado suelen ser deficientes. Un equipo de científicos que intentó revisar los artículos sobre el tema pudo reunir solo quince, de los que rescató únicamente ocho según su metodología. En años recientes se han hecho más estudios, pero históricamente no es un tema que haya tocado el corazón de los científicos.

No deja de ser curioso, pues aquel que descubriera una cura efectiva para la cruda ganaría un montón de dinero. Sin embargo, hacer la investigación es difícil. Las pruebas de laboratorio con muestras celulares son relativamente sencillas, como lo son las pruebas con animales, algunas de las cuales ya se han hecho. En un experimento con ratas que sufrían de guayabos artificialmente inducidos, 90% de los animales murieron, pero en un grupo al que primero se le dieron vitaminas B y C, junto con cisteína, un aminoácido contenido en ciertos remedios de botiquín, no hubo muertes. Los ensayos clínicos con seres humanos son complicados. Básicamente, lo que se hace es embriagar a un grupo de personas, aplicar el remedio en cuestión, y luego, a la mañana siguiente, calificar a partir de una serie de medidas en comparación con personas que consumieron la misma cantidad de alcohol sin tomar el remedio. Pero hay muchos factores que se deben controlar: el sexo de los sujetos, su salud general, su historia familiar, su experiencia con el alcohol, el tipo de alcohol que ingirieron, la cantidad de alimento y agua que consumieron antes, durante y después, y las circunstancias bajo las que bebieron, entre otras variables. (En su experimento con el extracto de nopal, Wiese y sus colegas pusieron música para que los sujetos pudieran bailar, como en una fiesta.) En un escenario ideal, la muestra debería ser muy grande.

Todo eso cuesta dinero, y a los investigadores no les sobra. Dependen de instituciones financieras –principalmente universidades, agencias gubernamentales y fundaciones–. En todas ellas, el financiamiento debe ser aprobado por un comité de ética que por lo general reprobará que la gente se embriague. Por una razón: temen que los sujetos de estudio se hagan daño. (Todos los estudios que revisé especificaban que las personas regresaban a sus hogares en taxi o limusinas después de su contribución a la ciencia.) Más aún, mucha gente piensa que quienes abusan del alcohol deberían sufrir al día siguiente –que el guayabo es un elemento disuasivo–.

Robert Lindsey, presidente del Consejo Nacional para el Alcoholismo y la Dependencia de las Drogas, me dice que no está seguro de eso. Su objeción al estudio sobre una cura para el guayabo fue simplemente que era una pérdida de recursos: “Quince millones de personas en este país son dependientes del alcohol. ¡Es una cifra asombrosa! Necesitan ayuda: no para evitar el guayabo, sino la causa del guayabo: la adicción al alcohol”. Robert Swift, un profesor de la Brown University, estudioso del alcoholismo, comenta que si mediante sus investigaciones los científicos pudieran proporcionar al público una mejor información sobre los deterioros cognitivos implícitos en la resaca, podríamos prevenir accidentes. Compara esta situación con la de las campañas que se oponían a la distribución de condones porque hacerlo aumentaba la promiscuidad. De hecho, la investigación ha demostrado que los condones gratuitos no tienen ese resultado. Lo que se logró fue reducir los embarazos no deseados y las enfermedades de transmisión sexual.

Ilustración de Diego Patiño

Los fabricantes de remedios de botiquín son sensibles al argumento de ser facilitadores, y su literatura suele prevenir sobre beber en exceso. No obstante, su mensaje puede ser desvergonzadamente ambiguo. Los creadores del NoHang, dicen en su página web lo mismo que te diría tu madre: “Se recomienda que bebas moderada y responsablemente”. Al mismo tiempo, te dicen que con NoHang “puedes beber toda la noche”. También proporcionan una lista de los diferentes empaques que contienen su producto: el Bender (12 tabletas), el Party Animal (24), el It’s Noon Somewhere (48). Entre los testimonios que difunden hay uno de “Chad S” de Chicago: “Después de reventarme todo el sábado, desperté el domingo sin guayabo. Debo haberme tomado unos veinte tragos”. Los investigadores se refieren al tema moral con más sinceridad. Wiese y sus colegas describen el daño hecho por los guayabos –según sus cifras, el costo para la economía estadounidense en ausentismo y bajo nivel laboral es de 148.000 millones de dólares al año (otras estimaciones son mucho más bajas, pero considerables)– y mencionan pruebas con pilotos aviadores que sin duda asustan a cualquiera. También dicen que no existe evidencia experimental que indique que aliviar el guayabo fomente la bebida. De modo más filosófico, Manuela Neuman asegura que algunas personas van a beber mucho de vez en cuando, sin entender razones, y que debemos tratar de aliviar el sufrimiento que eso causa. Esta explicación no parece haber hecho mella en las instituciones financieras. De las escasas investigaciones que he leído a favor de diferentes remedios, todas fueron financiadas, por lo menos en parte, por empresas farmacéuticas.

 

Es probable que una cura exitosa para el guayabo tarde en llegar. Mientras tanto, no es fácil simpatizar con los enemigos del alcohol, tan numerosos, por ejemplo en Estados Unidos, y que carecen de sentido del humor y, sobre todo, del sentido trágico de la vida. Parecen no saber que la gente quiere olvidarse de muchas cosas. En palabras del aforista inglés William Bolitho, “el camino más corto para salir de Manchester es... una botella de ginebra Gordon’s”, y si ese alivio es temporal los reformadores difícilmente encontrarán una mejor solución. También es cuestionable el énfasis moral en la sobriedad, pensando que beber es un error, un pecado, como si llegar a tiempo al trabajo o vivir cien años fuera el premio de la vida. Se olvidan de la relación del alcohol con la camaradería, con el hecho de compartir, con los brindis. Ésos también son asuntos morales. Incluso los guayabos están relacionados con satisfacciones sociales. Los estudiosos del consumo de alcohol describen las cosas malas que las personas hacen la mañana siguiente. Según Genevieve Ames y su equipo de investigación en el Centro de Investigación Preventiva, en Berkeley, los obreros enguayabados reciben más regaños de sus supervisores, se molestan con sus compañeros y se sienten desgraciados. Además de contarnos lo que ya sabemos, esos descubrimientos son parciales porque no nos hablan de las bromas que se hacen alrededor del garrafón de agua –del compañerismo, de la insignia de honor–. Sí, existen modos más seguros de obtener honores, ¿pero qué tan disponibles están para la mayoría?

Fuera de Estados Unidos hay menos dedos acusadores. Los escritores británicos, al recomendarte una cura, dirán que te hará sentir lo suficientemente bien como para que quieras echarte otro trago, y es muy probable que mencionen los beneficios de beber con moderación –como disminuir el riesgo de una afección cardiaca, del Alzheimer y demás–. La ficción inglesa tiende a retratar la bebida como un método para sobrellevar el día de un modo muy aceptable. En la serie de Jeeves y Wooster de P. G. Wodehouse, un guayabo es la ocasión de un momento feliz, cuando Bertie contrata a Jeeves. Bertie, después de “una larga noche”, está recostado en el sillón, agonizando, cuando Jeeves toca el timbre: “ ‘Me envió la agencia, señor’, dijo. ‘Me explicaron que requiere usted un valet’ ”. Bertie dice que hubiera preferido un agente de pompas fúnebres. Jeeves echa una mirada a Bertie, pasa junto a él y desaparece en la cocina, de donde regresa un momento después con un vaso en una bandeja. Contiene un Prairie Oyster. Bertie sigue: “Me habría aferrado a cualquier cosa que pudiera salvarme esa mañana. Me tragué la pócima. Por un momento sentí como si alguien... bajara por mi garganta con una antorcha encendida y luego todo se compuso repentinamente. El sol entró por la ventana, los pájaros trinaron en las copas de los árboles y, en general, la esperanza surgió una vez más. ‘Estás contratado’, le dije”. Aquí, el guayabo es una comedia, o al menos un asunto cotidiano. Así ha sido, probablemente, desde la Edad de Piedra, y así será todavía por un rato. 

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Es la crítica de danza de The New Yorker.

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