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Música

Confiésalo: tú te aburres tanto como yo

Traducción de Carlos José Restrepo

Tras ir a 1.500 conciertos durante 40 años, el autor se dispone por fin a decir lo indecible: la nueva música clásica es una tortura absoluta, a despecho de sus engreídos y desorientados seguidores.

Ilustración de Janus Kapusta

En una entrevista radial durante un entreacto en la Ópera Metropolitana de Nueva York, una famosa cantante decía hace poco que no entendía por qué los auditorios actuales se mostraban tan reacios a oír música nueva, cuando estaban más que dispuestos a asistir a encuentros deportivos de resultado incierto. La analogía es un dislate. Tras pasar la mayor parte del siglo pasado componiendo música que pocos supuestamente podrían entender, ni mucho menos disfrutar, los sumos sacerdotes de la música ahora eran vistos como víctimas inocentes de la falta de imaginación del público. Si de antemano éste no sabe si ganará Nadal o Federer, pero Wimbledon le sigue encantando, ¿por qué no se deleita cuando un percusionista enfurecido toca una serie de acordes brutales, fragmentados, en su marimba eléctrica? ¿Qué le pasa?

La analogía deportiva falla en razón de que, cuando España juega contra Alemania, todo el mundo sabe que el partido se jugará con un solo balón y no con ocho, y que el resultado será 1-0 o 3-2 o hasta 8-1, pero definitivamente no 1.600.758 contra Guau-Guau el Chalé se Comió mi Banana. El público no sabrá de antemano el resultado, pero al menos comprende las reglas del juego. 
Es innegable que las personas que llenan las grandes salas de conciertos del mundo son conservadoras y, en muchos casos, reaccionarias: se muestran reacias a correr la aventura con música que no hubiera sido grabada al menos una vez por Toscanini. Saben lo que les gusta, y lo que les gusta es Mozart. Hay algo infantil, de cuento de hadas, en su embeleso con los clásicos: la sordera de Beethoven, la tuberculosis de Chopin, la fijación de Brahms por Clara Schumann. Los compositores modernos, con sus historias más bien desconocidas, no pueden competir con todo ese drama y romanticismo.
En Nueva York, Filadelfia y Boston, los que van a conciertos han aprendido a no dormirse y aplaudir cortésmente durante las obras de Christopher Rouse y Tan Dun. Pero lo hacen sólo porque estas composiciones tienden a ser cortas y no muy terriblemente atonales; porque saben que será la ultima vez en la vida que tendrán que oírlas, y porque la platea ha hecho un pacto...

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Comentarios a esta entrada

Ale Ale

totalmente de acuerdo!!! al fin alguien lo dice en voz alta y no lo fusilan...

Su comentario

Joe Queenan

Es humorista y crítico literario. Publica en The Guardian, Spy y The New York Times Book Review.

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