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Contra Onfray; Restauración urgente

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Contra Onfray

Leyendo la edición Nº 110 de El Malpensante encuentro un artículo al cual mis ojos no dan entero crédito: la entrevista a Michel Onfray (“Destruir el diván”). Me limitaré pues a hacer un par de aclaraciones que tal vez sean de utilidad para los lectores de la revista y, acaso también, para algún freudiano con ansias de desquite.

Dice el señor Onfray: “Los nazis hacen referencia a un libro que Nietzsche nunca escribió, La voluntad de poder, que es una obra falsa escrita por su hermana, ella sí nazi y fascista”.
 
No cabe situación más absurda. Si la hermana de Nietzsche hubiese redactado tal obra, estaríamos ante una de las mentes más brillantes que haya concebido el género femenino en su historia. La “pobre mujer” simplemente extrajo arbitrariamente algunos pasajes de lo que hoy se conoce como Fragmentos póstumos y los publicó bajo el nombre de La voluntad de poder. Es entonces una severidad inútil catalogar lo contenido en esas páginas como “falso”.
“La obra completa de Nietzsche –continúa Onfray– es antinazi: escribió que habría que fusilar a los antisemitas”. Evidentemente, pero también dijo de los judíos: “Gente del origen más bajo, en parte canalla, los expulsados no solo de la buena sociedad sino también de la respetable, crecidos al margen incluso del olor de la cultura, sin disciplina, sin saber, sin tener ninguna idea de que pudiera haber conciencia en cuestiones espirituales”.
 
Por otro lado, cualquier mortal que haya leído El anticristo sabe que en esa obra elogiable se encuentran bastantes referencias a los hebreos, y no precisamente halagüeñas. En este sentido, pretender que Nietzsche sea el autor indicado para atacar el antisemitismo sería como procurar que él mismo sea el adecuado para animar a los pesimistas.
 
“Olvidamos todo el tiempo –dice Onfray– que las referencias filosóficas que fueron reivindicadas por el nacional-socialismo no son de Nietzsche”.
 
La gaya ciencia propone la creación de una raza aria, el Zaratustra desarrolla la teoría del superhombre, y los mismos Fragmentos póstumos dicen cosas como las siguientes: “La prohibición bíblica ‘no matarás’ es una ingenuidad en comparación con mi prohibición a los décadents: ‘no procreéis’ es peor aún, es su contradicción... La ley suprema de la vida, formulada por Zaratustra, exige que no se tenga compasión con todo desecho y desperdicio de la vida”. Y también: “Si se quiere una determinada meta, se han de querer también los medios: si se quiere esclavos –¡y de ellos se tiene necesidad!– no se los ha de educar para señores”.
 
A cada cual lo suyo. Dígase lo que se diga, Nietzsche fue con todas las de la ley uno de los grandes sustentos filosóficos del nacional-socialismo. Negarlo, por más que lo tiente a uno el deseo de hacerlo, es un desvarío que linda con el delirio. De hecho, hilando más delgado, el patético opúsculo que se conoce de Hitler –quien para sorpresa nuestra sabía leer y escribir– se titula Mein Kampf (Mi lucha): una expresión casi patentada por el controvertido filósofo alemán.
 
Así las cosas, parece una baladronada hacer un “juicio de valor” a Freud basado en la siempre efectiva acusación de “antisemita”. Además, como se sabe, gran parte del psicoanálisis freudiano se construyó con base en la filosofía de Nietzsche. A juzgar por tales indicios, el título del libro de Onfray, El crepúsculo de un ídolo, suena un tanto risible y paradójico.
  
Anderson Benavides

Restauración urgente

Un extraño alivio se siente después de leer la entrevista al maestro Germán Téllez, publicada en la edición 110 de El Malpensante.

Alivio no por haber terminado de leer y al fin descansar de las punzantes conclusiones del arquitecto sobre el patrimonio en nuestro país, ni por respirar lejos del casi agobiante tema de Eldorado, ni por al fin sacar la cabeza de la corrupta e ignorante burocracia que hace que en Colombia –no solo en cuanto a patrimonio– las cosas se pudran o se derrumben antes de que alguien voltee a mirarlas.
 
Alivio por nada de eso, sino por todo lo contrario: porque respuestas como las de Téllez incomodan, pero también sacuden el polvo y recuerdan que la academia y los intelectuales tienen muchas batallas pendientes, y que valen la pena. 
Gonzalo Fernández

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